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viernes, 14 de marzo de 2025

La tapadera (1976)

 Hoy no voy a hablaros de La tapadera de 1993, la que dirigió Sydney Pollack, sino de otra tapadera algo anterior, dirigida por Martin Ritt, antiguo represaliado por el comité de actividades antiamericanas que tanto daño hizo. Ambas pelis llevaron el mismo título en España, pero la protagonizada por Tom Cruise se llamó en inglés "The firm" (Algo así como la empresa queriendo definir al bufete de abogados), la protagonizada por Woody Allen se tituló "The Front", que quizá sí fuera una traducción algo más ajustada.


Aunque al protagonista lo encarna Woody Allen no es una peli dirigida por él. Esta es una de las pocas veces en que Allen no ha actuado en una peli que no fuera suya. Su personaje se llama Howard Prince y es un tipo algo buscavidas que sobrevive como cajero en un bar. Se dedica a apostar y a dar sablazos a su hermano. Howard tiene un  buen amigo que es un brillante guionista. El guionista es bastante famoso, se llama Alfred Miller y tiene éxito. Lo malo es que estamos en la mojigata Norteamérica de los años 50. Durante aquella época gazmoña hubo un senador de apellido McCarthy que se dedicó a enarbolar una caza de brujas sobre cualquier persona que oliera a progresismo sin ser necesariamente comunista. 

Alfred, el escritor y su amigo Howard, la tapadera.

Como suele ser habitual, en las profesiones artísticas suele darse con frecuencia una sensibilidad palpable del sentido crítico  y eso, en aquella época, y, por desgracia en la nuestra aunque aún no hayamos tocado fondo, significó que gente reaccionaria e hipócrita por lo muy cristiana, pero sin los valores propios, se dedicara la vida a amargar la misma a tantos artistas. El comité de actividades antiamericanas, nombre pomposo donde los haya, prohibió a miles de personas poder ganarse la vida. Hasta en pelis de la época franquista como en Bienvenido, mr. Marshall, queda retratado este comité, concretamente en el sueño agitado del señor cura. La censura era un mal que está de vuelta. Aprovecho para hacer un guiño a pelis que tratan el tema como "Buenas noches, y buena suerte".

Heckie Brown (Zero Mostel) actor que lo tuvo todo y que está en horas muy bajas.

Volviendo a la historia de Howard Prince, éste acuerda con su amigo, el escritor Miller, hacerse pasar por autor de los guiones del segundo, para poder comer los dos. Y Prince, que ve el negocio, empieza a sumar guionistas censurados para ir viviendo bien como un gran escritor aunque no sepa ni escribir la lista de la compra.

El impostor se despide de su chica hacia un sombrío destino.

El impostor va subiendo hasta que la situación se hace insostenible. El asco a la delación y el tener miedo a todo se plasman en el papel del actor célebre que un buen día deja de tener las puertas abiertas de todas partes. Quizá las escenas de Hecky Brown (Zero Mostel, otro actor que estuvo en la lista negra) sean de lo más logrado de esta peli.

Hacía mucho que no volvía a ver esta peli tan cargada de ironía y, tal y como está el patio, me da bastante angustia que este clima de puritanismo rancio, miedo y delaciones vuelva a ponerse de moda. A modo de curiosidad, los títulos de crédito del final empiezan desde el director, el guionista y algunos actores indicando el año en que fueron incluidos en la lista negra del comité de actividades antiamericanas. 


Saludos y parabienes,

Juli Gan.

viernes, 15 de enero de 2021

A propósito de Allen


El primer adjetivo que me viene al teclado para definir esta autobiografía de Woody Allen es “deliciosa”. El título es brillante y la prosa, ah la prosa, igual de chispeante y genial que la de “Como acabar de una vez por todas con la cultura” y la de sus guiones, sobre todo los que hablan de su infancia, como Annie Hall o Días de radio.

He escrito “el primer adjetivo” porque es el que mejor encaja con la primera parte de estas memorias, ligeras y refrescantes como un helado caro, cuando todavía no se han topado con el asunto; el asunto por antonomasia, el escándalo, el affaire. Ahí el tono cambia y el relato se hunde, navega durante demasiadas páginas por zonas abisales y luego reflota. Vuelve a recuperarse hacia el final, cuando Allen retoma aspectos de su vida profesional y personal que lo llevan a sus chistes impecables de siempre. Pero durante la parte central del libro, al hablar de los años duros de su enfrentamiento con Mia Farrow, ahí ni una broma, porque, en realidad, no tiene ni pizca de gracia.

También hacia el final Allen se disculpa ante sus lectores por haber dedicado tantas páginas de su libro affaire (sí, definitivamente lo voy a llamar así; me resulta menos crudo). No debería. Por desgracia, ocupó y ocupa una buena parte de su biografía y ha incidido notablemente sobre su vida laboral. Menos líneas habrían dado pie a que alguien pensara que no quería entrar de lleno. Y no es así. Lo hace. Se mete de cabeza y hasta el fondo. Pero quizá no de manera adecuada.

Yo a Allen le he comprado y le compro casi todo siempre. Le compro que es un maldito genio, que Manhattan es el mejor lugar del mundo para vivir, que …, que me subyuga con su prosa deslumbrante,  Pero, sin embargo, no pago una suma elevada por su su versión del affaire. ¿Es creíble? Sí. ¿Es posible? También. Entonces, querida Noemí, ¿por qué no la adquieres íntegra y sin fisuras como adquieres su filmografía casi entera?

Pues porque resulta demasiado sesgada y demasiado tópica. La puedo resumir así: Farrow está chalada, el juez era corrupto y el investigador, un mentecato que se dejó encandilar por la diva locuela y su halo hoollywoodiense.

En lo del juez y el investigador no voy a entrar ahora. Pero lo de la señora desequilibrada que denuncia falsamente por culpa de sus delirios y su maldad añadida no lo trago, señor Allen. Es un argumento viejo como el mundo, tan manido y tan típico de la historia de la misoginia, que no puedo sino tomarlo con todísimas las reservas.

Así y todo, repito: ¿podría ser que todo fuera cierto? Sí. Podría ser. No puedo moverme en otro ámbito. No puedo salir de ese “podría ser”. No sé ni sabré nunca lo que realmente pasó. Ni yo ni mucha otra gente que cree tener las ideas clarísimas.

Una de las razones que puede tener Allen para querer abordarlo es precisamente que nunca antes se había pronunciado públicamente al respecto, cuando, del otro lado, las acusaciones se han producido literalmente en prime time. Todo el mundo podría comprender que el viejo Woody tuviera ganas de dar por fin su versión. Pero esta razón no la aduce en ningún momento.

Antes de dejar de hablar del affaire, quiero decir que en casi todo momento mantiene Allen la elegancia al tratarlo. Solo se le resquebraja un par de veces, lo cual en casi ciento cincuenta páginas no es nada.

Pero el affaire no lo es todo. Afortunadamente. También trata Allen asuntos cinematográficos y lo hace muchas veces de manera llamativa. A ver cómo me explico. Llaman la atención ciertas formas de referirse a personas que han colaborado en sus películas. Llama la atención lo que dice y lo que no dice, cierto laconismo y ciertos silencios clamorosos.

Son unos cuantos asuntos. Enumero algunos, no todos, en plan lista.

Sin abandonar del todo el affaire, vemos que este nos da algunas claves sobre sus películas; por ejemplo, que el juez corrupto de Irrational man estaba inspirado en el que dirimió sus asuntos legales contra Farrow.

A dos gigantas de Hollywood como Charlize Theron y Melanie Griffith las despacha con un “son buenas actrices”. Eso es todo, amigas.

Más ruidoso es todavía el silencio que guarda Allen respecto a Leonardo DiCaprio y Anthony Hopkins, que ni los nombra. Repito: ni los nombra.

Y, para terminar, es muy tolerante Allen consigo mismo cuando habla de esas pelis “turísticas” que se ha visto obligado a rodar en Roma, París, Londres, Nueva York, Barcelona o Donostia. No muestra resquemor alguno, ni amargura ni arrepentimiento. Y no se lo reprocho. Simplemente lo constato.

 

Woody Allen:

A propósito de nada. Autobiografía

Traducción de Eduardo Hojman

Alianza 2020

 

Este es un artículo de Noemí Pastor