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viernes, 22 de mayo de 2020

Charada


No se puede estar más elegante
El otro día pusieron Charada en la 2. Hacía tiempo que no veía una película en la tele porque, o no me van bien los horarios, o no soporto los anuncios. Al ser la 2 no había anuncios, lo que me animó a quedarme. Por supuesto, la había visto más de una vez antes, pero es de esas pelis que se pueden repetir. Escribí una vez en este blog una entrada que se llamaba “yo quería ser Lauren Bacall”, pero, para decir la verdad, siempre tuve el corazón partido entre ser Lauren Bacall y ser Audrey Hepburn. Y, desde luego, necesito el guardarropa de Audrey en casi todas las películas.
Charada es una película amable que mezcla una trama romántica y una de intriga. Aunque hay varios muertos, estos parecen atrezo; te da lo mismo que haya dos que diez, total, todos son malos…
Esos sombreros pill box...

El argumento, por si queda alguien sin verla, es el siguiente: Audrey es Regina, una mujer rica que durante unas vacaciones en una estación de esquí decide divorciarse porque no está enamorada de su marido. En esas mismas vacaciones conoce a un hombre atractivo (Cary Grant) que parece interesarle. Al volver a París se encuentra su apartamento vacío. El marido ha huido llevándoselo todo. El desconocido atractivo aparece y se ofrece a acompañarla a un hotel.
Hay que ser guapa para
 soportar la pañoleta
Al día siguiente, Regina se entera de que su marido ha sido asesinado y un agente de la CIA (Walter Matthau) le cuenta que su marido formaba parte de una banda y estaba implicado en un robo durante la Segunda Guerra Mundial. El motivo de su asesinato es que se había quedado la parte del botín de sus compinches. Estos están empeñados en recuperarlo y la CIA pretende impedirlo. El agente le dice que el dinero debe estar en su poder, aunque ella no lo sepa, y que corre peligro. Ahí comienzan las aventuras: los de la banda, empeñados en conseguir el dinero; el misterioso desconocido miente más que habla y cada día se presenta con un nombre nuevo; Audrey, vestida de Givenchy, huye por París al ritmo de música de Henry Mancini. Por supuesto, todo acaba bien, como debe ser.
¿Por qué no tengo este abrigo?

La película está dirigida por Stanley Donen, director de películas tan famosas como Un día en Nueva York, Cantando bajo la Lluvia, Siete novias para siete hermanos (esa siempre la ponían las monjas de mi colegio) o Dos en la carretera (esta ganó la Concha de Oro del Festival de San Sebastián en 1967).
Cary Grant es Cary Grant, no seré yo quien diga nada en su contra, pero ¿no había alguien con una edad más apropiada para el papel? Vale que estamos acostumbrados a que en el cine (y en la vida) los hombres puedan ser mucho mayores que sus parejas, pero a mí me chirría un poco la diferencia. Que conste que el propio Cary Grant no lo veía claro. Ya había renunciado al papel protagonista de Vacaciones en Roma porque le parecía que había mucha diferencia de edad y sugirió algunos cambios en el guion de Charada que reforzaran el personaje de Audrey Hepburn.
...Ni este apartamento.

¿Qué decir de Audrey Hepburn? Pues, como siempre, está encantadora, guapísima y el vestuario es para morir de emoción. Es todo de Givenchy, y destacan sobre todo los abrigos, trajes de chaqueta y sombreros tipo Jackie Kennedy. Incluso con atuendos tan poco favorecedores como un pañuelo en la cabeza atado a la barbilla, está divina. Por lo visto, en determinado momento de su carrera, Audrey Hepburn exigía que el contrato de sus películas incluyera que el vestuario estaría a cargo de este modisto. No me extraña, a mí alguien me hace un vestido como el del principio de Desayuno con diamantes y no me separó de él en la vida. De momento seguiré con Amancio, pero no descarto tener algún día diseñador de cabecera.
París es otro punto de atracción: desde el maravilloso apartamento vacío del inicio, hasta la persecución por el metro, pasando por el recorrido en el bateau mouche. Es una ciudad muy fotogénica y te dan ganas de visitarla viendo la película. Sobre todo, con esa banda sonora de Henry Mancini. Estuvo nominada al Óscar, pero no lo gano. Es probable que el hecho de llevar tres años seguidos obteniendo el galardón tuviera algo que ver…
Cuando se fumaba en las pelis

He leído en Wikipedia que existe otra versión de esta película que se llama La verdad sobre Charlie y que se estrenó en 2002. No me sonaba de nada y me ha parecido atrevido hacer una versión de Charada. Las comparaciones, ya se sabe. De todas formas, la dirigió Jonhatan Demme que es el director de Philadelphia y de El silencio de los corderos, o sea, igual no hay que desecharla (aunque en filmaffinity le dan un 4,2).
En resumen, si queréis un rato agradable de evasión y disfrute de esta situación que nos ha tocado vivir, aquí tenéis un buen título. Me han entrado ganas de volver a ver Cómo robar un millón y Arabesco, a ver si las localizo.

viernes, 9 de junio de 2017

Encadenados

Hay algo más importante que la lógica: es la imaginación" 



Esa fue la máxima que guio a Alfred Hitchcock en todas sus películas. En todas utilizó grandes dosis de imaginación para presentar sus historias de la forma que más tensión (suspense) pudiera causar a su público; con razón se le conoció como "El mago del suspense".


“Encadenados” (“Notorius”, es el título original), de 1946, fue uno de los grandes éxitos de Alfred Hitchcock, tanto de crítica como de público (costó dos millones de dólares y dejó ocho de beneficio).

Las claves del éxito de una de las mejores películas de Hitchcock (indudablemente, una de las mejores de las que rodó en blanco y negro) fueron: dos estrellas consagradas, Ingrid Bergman y Cary Grant, como la más atractiva y compenetrada de las parejas protagonistas; unos secundarios de lujos, Claude Rains y Leopodine Konstantin, como perfectos malvados; y un “Mac Guffin” impecable…

Hitchcock se formó en el cine mudo británico, donde comenzó su carrera en 1922. En 1929 dirigió la primera película hablada del cine británico, “La muchacha de Londres”, y en la década siguiente se consagró como el director más popular del cine británico. Desde el inicio de su carrera destacó por su capacidad narrativa, su forma de entender el suspense mediante la complicidad con los espectadores y por la gran fuerza visual de sus películas (se atenía al principio de que “Si una película es buena, el sonido podría irse y la audiencia todavía tendría una idea perfectamente clara de lo que pasa”).

No le importaban la motivación ni el contenido, sólo el resultado final. Tampoco le interesaban los ensayos previos, porque cuando empezaba la película ya tenía sobre el papel como iba a ser cada plano (decía que lo contrario era como si un músico compusiera la música ante la orquesta). Trabajaba tan en conexión con los guionistas y con los los directores artísticos que convertía los guiones en una especie de cómic de lo que finalmente serían las películas.

En 1939 David O. Selznick, el mítico productor estadounidense, lo reclutó para Hollywood, y Hitchcock inició su etapa americana con un éxito clamoroso, “Rebeca” (1940), la única de sus obras que consiguió ganar un Oscar a la mejor película.

“Enviado especial” (1940), “Matrimonio original” (1941), “Sospecha” (1941), “La sombra de una duda” (1943), “Náufragos” (1944), “Recuerda” (1945)… la carrera de Hitchcock pronto se afianzó en Estados Unidos.

A partir de 1943 empezó a trabajar en una historia que le había proporcionado Selznick, un relato corto y anticuado, “La canción de las llamas”, sobre una joven actriz que, a solicitud del gobierno, se acuesta con un espía para sonsacarle información.

A principios de 1945, partiendo de ese embrión, Hitchcock tenía ya las bases del guión para una película interpretada por Ingrid Bergman, la gran estrella con la que acababa de lograr un importante éxito en “Recuerda”, y Cary Grant, con el que ya había rodado “Sospecha”.

Sin embargo, el inicio del rodaje se fue retrasando porque Selznick estaba inmerso en la producción de “Duelo al sol”, la película con la que pretendía lograr dos objetivos primordiales para él: revivir el inmenso éxito de “Lo que el viento se llevó” y convertir en gran estrella a su amante, Jennifer Jones.

A Hitchcock la demora no le importó; le permitía seguir perfeccionando el guión junto a Ben Hecht, el guionista, mientras cobraba un sueldo considerable. Finalmente, Selznick, que no quería distraerse de “Duelo al sol”, vendió la película (todo el paquete: director, actores, guión…) a la RKO. Si Hitchcock, que había mantenido discrepancias con el muy controlador Selznick durante el rodaje de “Recuerda”, pensó que así se iba a librar de las continuas injerencias del productor, se equivocó: Selznick impuso su criterio en diversos aspectos: en dar mayor importancia al papel de su amigo Grant, en que la película tuviera un final feliz, aumentar también la relevancia de la suegra dominante...

En realidad, la película, una historia de amor, sexo y espionaje, parte de planteamientos sencillos: un triángulo amoroso (con el aditivo de la suegra envenenadora) y tres elementos esenciales de suspense: unas botellas que esconden uranio, la llave de la bodega donde se guardan y una taza de café.






Y aquí es donde entra en juego el “Mac Guffin”, que es el nombre escocés que Hitchcock utilizaba para designar al pretexto argumental que permite avanzar a la trama y que, como le explicó a Franćois Truffaut en las entrevistas que dieron lugar al libro “El cine según Hitchcock” (publicado en 1966), es algo que “debe ser de una gran importancia para los personajes de la película, pero nada importante para mí, el narrador”.

El “Mac Guffin”de “Encadenados” es  uranio escondido en unas botellas. Un simple pretexto para crear el suspense que sustente la trama; ¿quién ha visto la película y no se ha sentido angustiado mientras Grant busca entre las botellas sin advertir, al contrario que el espectador, que una de ellas va a caer al suelo? Pues eso… un pretexto. Porque lo qué ese grupito de nazis pudiera hacer en Brasil con unos gramos de uranio queda absolutamente ignorado, tanto por Hitchcock como por el espectador.

Sí es interesante señalar que Hitchcock eligió su “Mac Guffin-uranio” un año antes de Hiroshima y las preguntas que hizo a un científico sobre el asunto le pusieron en el punto de mira del FBI durante un tiempo.

Ingrid Bergman está perfecta en el papel de Alicia Huberman, la joven de vida licenciosa reclutada por un agente del FBI (Grant) para seducir nuevamente a un antiguo enamorado (Claude Rains como Alex Sebastian). Esta película fue uno más de los grandes éxitos que la Bergam obtuvo en la década de los 40 (“El extraño caso del doctor Jekyll”, “Casablanca”, “Por quién doblan las campanas”, “Luz que agoniza”, con la que consiguió el Oscar a la mejor actriz, “Recuerda”, “Las campanas de Sta. María”...). En varios de ellos encarnó a mujeres en situaciones límite, al igual que en “Encadenados”, lo que le permitía lucir sus grandes dotes interpretativas con todo tipo de emociones: miedo, angustia, amor...

Era la gran estrella femenina del momento y tenía a Hollywood a sus pies cuando, hastiada de los cauces previsibles por los que discurría su carrera, decidió, después de rodar su tercera y última obra con Hitchcock ("atormentada", 1949),  tomar un nuevo camino profesional que tendría insospechadas repercusiones personales. Pero eso ya es otra historia.



A Grant, “Encadenados” le consiguió lo que llevaba tiempo buscando y ya había rozado con “Sospecha”, su anterior trabajo con Hitchcock: liberarse del encasillamiento como actor de comedias ligeras. Su trabajo en “Encadenados” es excelente: de una manera sobria y realista interpreta a un hombre dividido entre el deber y el amor. En realidad, su personaje, T.R. Devlin, tiene una evidente parte oscura (el cinismo con el que empuja a Alicia Huberman a los brazos de Sebastian para luego espetarle: "Un hombre no le dice a una mujer lo que ha de hacer, lo decide ella”), que según Marc Eliot, en su estupenda biografía del Grant, también estaba presente en la misma personalidad del actor y que Hitchcock aprovecho hábilmente en la película.

A Claude Rains, “Encadenados” le supuso una nueva nominación al Oscar como mejor actor secundario (premio que ya había obtenido por su papel en “Casablanca”). El triunfo de “Encadenados” se debe, en gran medida, a la grandeza de su actuación. Es uno de los mejores malvados de toda la filmografía de Hitchcock, que era muy consciente de que sus películas dependían en gran medida de elegir bien al actor que interpretaba ese tipo de papel.



Solterón, inmerso en una relación edípica con su madre (y hay que señalar que la Konstantin, realmente, sólo tenía cuatro años más que Rains), el personaje de Alex Sebastian, desesperadamente enamorado de la joven y hermosa Alicia, se gana incluso las simpatías del espectador, a pesar de que, finalmente, el miedo y, sobre todo, el despecho le conviertan, de la mano de su madre, en un envenenador.

La gran diferencia de estatura entre Rains y Bergman favorecía esa sensación de amor no correspondido de Sebastian a Alicia; aunque, como Hitchcock le explicó a Truffaut, esa desigualdad supuso también un reto técnico: para mantener a los dos actores en el encuadre, era necesario que Rains se subiera, en los planos cortos, en unas calzas y, en los planos panorámicos, tuvieron que recurrir a un falso suelo para disminuir la gran diferencia de estatura entre Bergman y Rains.

“Encadenados” nos ha dejado, gracias también a la gran pericia de Ted Tetzlaff, el director de fotografía, algunas de las escenas míticas de la historia del cine: la cámara bajando desde las arañas del techo hasta la llave escondida en la mano de Alicia; Sebastian besando la mano en la que Alicia oculta la llave; la enloquecida carrera en coche de Grant y Bergman (en las cuatro películas que Grant hizo bajo las órdenes de Alfred Hitchcok hay un viaje en coche semejante)… Y un larguísimo e intermitente beso que logró de esta manera, con las pequeñas interrupciones, burlar al Código Hayes.
Sí, “Encadenados” puede no ser la mejor película de Hitchcock , pero sigue siendo, en su elegante sencillez, una maravillosa película. No sobra ni un fotograma; todo está perfectamente ajustado para conducir al espectador allá donde Hitchcock pretende. Toda la historia está centrada en lo que se ve en la pantalla, porque el resto no le importa.

Es una de las películas más hermosas y sobresalientes en la prolífica y deslumbrante carrera de un director que gozó siempre del favor del público y al que, desde los años sesenta, gracias fundamentalmente a los críticos franceses de “Cahiers de cinéma” (con especial mención a Chabrol, Rohmer y, sobre todo, a Truffaut), se le comenzó a reconocer como un gran creador. En definitiva, como uno de los más grandes cineastas que ha habido.

Yolanda Noir







viernes, 2 de septiembre de 2016

Arsénico por compasión o la grandeza de lo menor.


“La cebolla nos hace llorar. Pero aún no se ha inventado el vegetal que nos haga reír”  

Quien pronunció esta frase, Frank Capra, tenía motivos sobrados para saber la gran verdad que encerraba. Él, maestro del cine sentimental, era muy consciente de que conmover hasta las lágrimas al espectador suele ser más fácil que lograr arrancarle una franca carcajada.


En 1934, con el estreno de “Sucedió una noche” (la primera película que ganó los cinco principales Óscar), Capra había inaugurado un nuevo subgénero, la “screwball comedy” (algo así como “comedia zigzagueante”), centrada en unos protagonistas tan opuestos en caracteres que ello daba lugar a las más disparatadas e ingeniosas vicisitudes y diálogos. En los años siguientes Capra seguiría haciendo estupendas comedias a las que iría añadiendo un tono cada vez más moralizante: “El secreto de vivir” (1936), “Vive como quieras” (1938), “Caballero sin espada” (1939) y “Juan Nadie” (1941).


Sin embargo, cuando estaba avanzando con firmeza por ese camino de la comedia moralizante, sentimental y optimista (camino que culminaría en 1946 con “¡Qué bello es vivir!”), Capra hizo un quiebro sorprendente para crear otro subgénero, la comedia negra, con una obra que algunos consideran menor en su filmografía, pero que realmente es muy grande porque consigue eso que no está al alcance de ningún vegetal: hacer reír.



Y todo gracias a que Capra asistió una noche a una obra teatral que estaba teniendo mucho éxito en Brodway: “Arsenic and Old Lace”,  e inmediatamente vio las posibilidades que tenía de adaptarse al cine y, además, de una manera rápida y barata (los decorados se limitaban prácticamente a una vieja casona).



Las negociaciones con el autor de la obra, Joseph Kesselring, un antiguo cantante y actor,  fueron fáciles y en octubre de 1941 se inició el rodaje, si bien la película no se podría estrenar hasta 1944 para no perjudicar a la obra de teatro.

Rapidez y agilidad, parecen ser las grandes características de  “Arsenic and Old Lace”: Kesselring la escribió en tres semanas, Capra la rodó en sólo ocho y, más que rápido, trepidante es el desarrollo de la hilarante trama.

En realidad, lo que más le costó a Capra fue encontrar al protagonista para su película, aunque finalmente tendría la suerte de conseguir a Cary Grant.


En 1941 Grant ya había triunfado con grandes comedias  como “La pícara puritana” (1937), “La fiera de mi niña” (1938), “Vivir para gozar” (1938) e “Historias de Filadelfia” (1940); pero ese año su carrera dio un importante giro al protagonizar “Sospecha”, bajo las ordenes de Hitchcock. En esa película, Grant realizó una magnífica interpretación, tan generalmente alabada que le hizo desear explorar papeles fuera de la comedia. Esas eras sus intenciones hasta que se encontró con Frank Capra.


 De ese encuentro habla Marc Eliot en su magnífica biografía de Grant. Según Eliot,  Capra era “tan buen vendedor como cineasta” y aunque previamente había ofrecido el papel de Mortimer Brewster a Bob Hope, a Jack Benny y a Ronald Reagan, que por distintas causas lo rechazaron, le dijo a Grant que “él era el único actor que daba la talla para el papel”.

Y Grant aceptó el que luego consideraría, bastante injustamente, el peor papel de su carrera. Eliot dice que aunque Grant “sentía un gran aprecio por Capra («un hombre encantador, encantador”) consideraba que el humor de la película no «es de mi estilo… demasiados gritos histéricos y equívocos exagerados». En realidad odiaba todo lo relacionado con la producción. Creía que los decorados eran malos, demasiado oscuros y teatrales; los actores secundarios —excepto Jean Adair, por quien sentía un cariño especial— demasiado histriónicos y los gags, demasiado forzados”.

Esa era la opinión de Grant, pero no la de muchos espectadores para los que “Arsénico por compasión” fue y sigue siendo uno de los más inestimables regalos que se le concede al ser humano, el de la risa.



Sí... quizás Capra, que se había formado en el cine mudo, obligó a Grant a sobreactuar… Pero Grant no tuvo en cuenta que unas cuantas muecas de más pueden estar muy justificadas si te pones en la piel de Mortimer Brewster: un popular crítico teatral que, recién casado con la hermosa hija de un clérigo (Priscilla Lane estupenda también como la angelical y desconcertada Elaine Harper), descubre que las dos ancianas y encantadoras tías que le han criado son las más dulces y enternecedoras asesinas en serie que imaginarse pueda… y que uno de sus hermanos es un peligrosísimo psicópata… y el otro un perturbado, aunque éste inofensivo, que se cree Theodore Roosevelt…


Con semejante familia y el temor a transmitir esos genes a una posible descendencia ¿no haríamos todos alguna que otra mueca?

“La locura corre por las venas de mi familia. Mejor dicho, galopa”, dice Mortimer en un momento dado. Y eso es la película: una locura de situaciones descacharrantes, de equívocos, sustos y sorpresas, hasta la culminación en un final feliz, como no podía ser menos en una película de Capra.

El fin de la película, divertir al espectador, se logra plenamente y justifica cualquiera de los excesos interpretativos que tanto molestaron a Grant.


Quedará para siempre como incógnita el saber si la película hubiera mejorado, o empeorado, con los nuevos planos  que Capra pensaba rodar durante el montaje, porque justo en ese momento los japoneses bombardearon Pearl Harbour, Capra se fue a la guerra y Grant se quitó parte del mal sabor de boca que le había producido su papel donando su salario a las Victimas de la Guerra y a la Cruz Roja.

En cuanto al severo juicio que Grant realizaba de su compañeros de reparto, excepto de Jean Adair (y ésta se salvaba porque una vez, siendo Grant un desconocido acróbata que trabajaba en un teatro de Nueva York, cayó enfermo y la Adair, que trabajaba en el mismo teatro, le estuvo visitando cada día hasta que se recuperó), también parece bastante injusto.

La verdad es que si la canadiense Jean Adair,  está impecable como Martha Brewster, incluso mejor lo está Josephine Hull como la saltarina tía Abby. Ambas eran, fundamentalmente, actrices de teatro (la primera sólo llegó a hacer 5 películas y Josephine Hull sólo seis aunque con “Harvey” consiguió el Óscar a la mejor actriz de reparto) y estaban triunfando en Broadway con la versión teatral de “Arsénico por compasión” cuando Capra logró que ambas aprovecharan unas vacaciones de la obra teatral para representar los mismos papeles en su película.


Capra intentó también conseguir a Boris Karloff, que en el teatro interpretaba al hermano psicópata de Mortimer (figurando, en un derroche de ingenio, que se había operado para parecerse a Boris Karloff), pero no lo logró. A cambio tuvo a Raymond Massey que puso el contrapunto perfecto, con su alarmante e inexpresivo rostro desfigurado, a las muecas de su odiado hermano Mortimer.


Y un secundario de lujo, de gran lujo, fue Peter Lorre como Dr. Herman Einstein. Grandísimo actor mediatizado por su peculiar físico, descubierto para el cine por Fritz Lang que le dio el papel de asesino psicópata en la genial  “M, el vampiro de Düsseldorf“, Lorre bordó su papel,  inspirado en la historia de Joseph. P. Morán, un médico alcohólico que durante la Gran Depresión se había dedicado a atender a peligrosos gánsteres, cambiándoles el rostro y eliminando sus huellas dactilares.


Además del buen reparto (a pesar de lo que sobre éste opinara Grant) otra gran baza con la que contó Capra, fue la colaboración como guionistas de Julius y Philip Epstein (guionistas también, por ejemplo, de “Casablanca”) y del compositor Max Steiner que logró enfatizar con su música la carga humorística y satírica de la película.

Capra supo hacer muy buen uso de las excelentes cartas con las que contó para rodar “Arsénico por compasión” porque, además y más allá de su capacidad para explotar los sentimientos humanos, era un gran director. Por ejemplo, su dominio de la cámara y el claroscuro queda bien patente en la estupenda escena en que el doctor Einstein mantiene una conversación en la escalera con la silueta del terrorífico Jonathan Brewster.

Quizás a muchos espectadores actuales, ahítos de comedias televisadas, le cueste entender la novedad y la transgresión que supuso en su momento esta película de puro humor negro. Especialmente viniendo de un director que lograría sus mayores  triunfos con películas moralizantes que escenificaban el llamado “sueño americano”. El sueño que compartió ese niño siciliano emigrado a los 6 años a los Estados Unidos, donde triunfaría hasta llegar a conseguir 3 Óscar, y con cuya obra cumbre ,“¡Qué bello es vivir!”, lograría incluso que su nombre fuera delante del título de la película (y así tituló Capra su muy recomendable biografía “El nombre delante del título”).



Paradójicamente, la carrera de Capra cayó en picado a partir de "¡Qué bello es vivir!". Después de ella sólo hizo otras cinco películas, la última de 1961, treinta años antes de su muerte. Una pena, porque, seguramente, si le hubieran dado la oportunidad, habría seguido explorando con éxito nuevos caminos cinematográficos.

Sí, Capra logró con “Arsénico por compasión” una maravillosa obra “menor”… si es que alguien puede considerar un logro menor hacer reír a innumerables personas durante varias generaciones…




Yolanda Noir



viernes, 12 de febrero de 2016

Atrapa a un ladrón

-Oiga, en este trabajo no se suelen hacer las cosas con honradez. No lo olvide.

"Atrapa a un ladrón" Alfred Hitchcock
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Un hábil y sigiloso ladrón está sembrando el pánico entre la alta sociedad y los millonarios turistas que pueblan la Riviera Francesa. El principal sospechoso es John Robie, un veterano ladrón que fue indultado tras luchar en la Segunda Guerra Mundial junto a la resistencia francesa y que vive retirado apaciblemente en una hermosa villa.

Con el fin de demostrar su inocencia Robie no tendrá más remedio que atrapar al ladrón él mismo, para lo que se pegará a una millonaria americana que ha llegado a Francia de vacaciones con su hija, esperando que ellas sean el próximo objetivo del delincuente. Pero no lo tendrá nada fácil, pues deberá llevar a cabo su plan huyendo de la policía, enfrentándose al verdadero ladrón y persuadiendo a la hija de la millonaria, que está totalmente convencida de que él es el culpable de los robos.

Quiero empezar diciendo que no he visto todas las películas de Alfred Hitchcock, pero sin duda prefiero aquellas más ligeras como "Crimen perfecto" o "La ventana indiscreta" a esas otras de corte más denso y sombrío como "Vértigo" o "Psicosis", pese a que algunas de las primeras sean consideradas "obras menores".


Ese es el caso de "Atrapa a un ladrón", aunque con el filme que os traigo se entiende el calificativo. Y es que la intriga es flojita y las persecuciones y escenas de acción resultan sosas, de manera que terminan primando los diálogos (obra de un guionista que escribía comedia para la radio) y la historia de amor, magistralmente levantada por Cary Grant y Grace Kelly.

No es nada habitual que en una peli de Hitchcock los actores estén por encima de la trama, pero aquí lo son todo y sería totalmente imposible imaginar "Atrapa a un ladrón" con otra pareja que no fuese Cary Grant y Grace Kelly. Y aunque no sea la película más recordada de ninguno, sí marcó un antes y un después en la vida de ambos.

Cary Grant tenía 51 años y estaba pensando retirarse del cine cuando Hitchcock le llamó para esta peli. Grant se llevaba bien con el director (algo milagroso, que sólo se entiende pensando que debía llevarse bien con todo el mundo) y aceptó, lo cual le animó a seguir haciendo pelis, participando años después en "Con la muerte en los talones", que a día de hoy es uno de sus filmes más recordados y que probablemente no hubiera filmado nunca sin haber hecho antes la de hoy.

La que se retiró tras "Atrapa a un ladrón" fue Grace Kelly. Sólo habían pasado tres años desde que se dio a conocer en "Solo ante el peligro", pero aquí ya era toda una estrella. "Atrapa a un ladrón" fue la tercera película seguida que grababa con Hitchcock y con 24 años y un Oscar recién ganado por "La angustia de vivir" parecía que su meteórica carrera no tendría techo.

Pero precisamente mientras rodaba "Atrapa a un ladrón" conoció al Príncipe Raniero, casándose con él pocos años después, retirándose del cine para desgracia de sus fans y del propio Hitchcock, que intentó sustituirla incansablemente con una retahíla de actrices rubias en todas sus películas, desde Kim Novak a Tippi Hedren, a quien contrató descaradamente por su parecido con Kelly.

Personalmente me gusta mucho "Atrapa a un ladrón" y siento que sería una peli mucho más recordada si tuviese alguna escena de acción memorable, como la de la avioneta de "Con la muerte en los talones".
La pena es que esa escena estaba en el guión. Cuando Cary Grant es perseguido por la policía en el mercado estaba pensado que hubiese un desfile en la calle, un carnaval, y el protagonista se escondiese en una carroza, dentro de la cabeza de una enorme figura de Neptuno. La carroza perdía el control y acababa estrellándose en alguna parte. Tenía buena pinta, pero la secuencia costaba 30.000 dólares y el director decidió prescindir de ella, quedando así la persecución por las peligrosas carreteras de Mónaco como la escena más trepidante del filme, dejando además la siniestra casualidad de que fue precisamente en esa carretera donde la pobre Grace perdió la vida 28 años después.

Así, quedan para el recuerdo el carisma (y el culazo, hay que decirlo) de Cary Grant, la belleza de Grace Kelly, las mordaces frases de Jessie Royce Landis y una intriga ligerita, con bastantes altibajos, pero con todo el encanto de sus protagonistas.




Doctora

viernes, 20 de febrero de 2015

Lo sentimos, pero no da la edad para el papel

La entrada de  sobre El Orgullo de los Yankees,  comentaba Juli Gan lo extraño que le resultaba ver a un Gary Cooper ya en los cuarenta, haciendo de estudiante, y eso me ha dado pie para esta entrada, así que gracias por la idea.

No descubro nada si digo que muchos actores, especialmente grandes estrellas, han interpretado papeles cuya edad superaban de largo. De hecho ya se ha convertido en un cliché que en las películas o series que transcurren en un instituto, los alumnos son actores que pasan de los veinte, a veces sobradamente.

Creo que podemos afirmar que es ya un chiste recurrente recordar los treinta años que tenía Olivia Newton-John cuando encarnó a una inocente estudiante en Grease, aunque eran pocos si se tiene en cuenta los treinta y cuatro (sí, 34) de Stockard Channing en aquella época, sin que a nadie le chocara demasiado su famosa Rizzo.

Aunque francamente creo que si algo se puede decir de Grease es que es una película que no se toma muy en serio a sí misma, algo que me parece que la beneficia en mucho, y que poco o nada pretendía resultar verosímil.

Como nota curiosa, el tema de estudiantes interpretados por actores que ya no pasan ni por repetidores, no es nuevo ni mucho menos, y un caso que recuerdo con especial cariño es el drama médico de los cincuenta "No serás un extraño", además de por ser una película de lo más curiosa, porque aparecen como estudiantes de medicina Robert Mitchum, más cerca de cumplir los cuarenta que los treinta y Frank Sinatra que tenía dos años más.

Vamos, que cumplió los cuarenta acabando Medicina. Y es que ya se sabe que Medicina es una carrera difícil. Sobre todo si eres Frank Sinatra.

Lo bueno es que la época en la que se rodó nos ahorra la penosa imagen de ambos vestidos de jovencitos ya que al parecer en aquella década aún era normal que los estudiantes llevaran traje y corbata, con lo cual aún parecen menos estudiantes, aunque por lo menos conservan la dignidad. Algo por otra parte fácil, si eres Robert Mitchum.

Aquí les tenemos junto a nada menos que ¡Lee Marvin! preocupados por quién les va a pasar los apuntes, foto cortesía de este interesante blog, cuya entrada al respecto os recomiendo.


Pero no me voy a fijar en esos casos tan numerosos en que la edad del actor resulta un problema, sino en los que curiosamente pasa desapercibida dicha diferencia.

Primer y llamativo ejemplo, El hombre que mató a Liberty Balance, James Stewart tenía la friolera de 54 años cuando interpretó al recién licenciado que llega al Oeste. Claro que es fácil olvidarse de la edad de nadie, cuando estás viendo una obra maestra interpretada por tan gran actor ¿Verdad?

Lo curioso es que es casi imposible olvidarse de la horrible caracterización de "anciano" del mismo personaje al principio de la película. Y eso que su edad se acercaba más a la del maduro senador que a la del joven idealista del flashback. Como se puede ver en esta fotografía.


La relación de la edad entre dos actores también puede ser un problema, o no serlo en absoluto, a pesar de lo inadecuada. A mí por lo menos jamás me han llamado la atención Cary Grant y Jessie Royce Landis cuando interpretaron a un hijo y su madre en "Con la muerte en los talones", siendo ella tan solo ocho años mayor que su hijo de la ficción.

Que ella tuviera sesenta y tres  años no sorprende mucho, pero es que Grant, que andaba por los cincuenta y cinco podía pasar por alguien de "cuarenta y pocos" sin ningún problema.

Pero es que Cary Grant... era mucho Cary Grant.


Esos mismos ocho años son la misma diferencia de edad que tenían Marisol y su primera (y casi única) madre de ficción María Mahor.

Pepa Flores tenía doce años aunque aparentaba bastantes menos y la pobre María Mahor era una jovencita de apenas veinte años (demasiado joven para el reparto de Grease), pero peinada y vestida con ese look de pelo abultado (o moño bajo) y falda de mezclilla con la que se castigaba a las pobres españolas de finales de los cincuenta, podía aparentar unos cuántos más.

Para rizar el rizo, la segunda (y penúltima) madre cinematográfica de Marisol fue la inefable Isabel Garcés en "Rumbo a Río", que algo difícilmente hubiera podido ser madre a los cuarenta y seis años de la estrella infantil, aunque no tanto de María Mahor, a la que sacaba treinta y ocho años.

Y es que Marisol no tenía suerte con sus padres de ficción, nunca le vivieron los dos, o bien era huérfana absoluta, o había perdido a su padre o madre. En todo caso, a los dos no se los dejaron vivos ni en un solo título de su época infantil, que yo recuerde, y que recuerden en esta web, de donde por cierto he sacado la foto de la primera película de la malagueña.

Claro que menos suerte tuvieron ambas "madres", ya que la Mahor tuvo que soport... digo colaboró con Joselito ese mismo año 1960 (no empezó bien la década) y la pobre Isabel Garcés sufrió en sus carnes los gorgoritos de casi todos los niños cantores de este país: además de coincidir con Marisol varias veces, también tuvo la fortuna de compartir plató con Pili y Mili y de paso, con la más crecidita Rocío Durcal.

Aunque es posible que ningún niño cantor pudiera asustarla después de ver el increíble logro de cantar (o así) sin mover ni un solo músculo de la cara de Sara Montiel en "Mi último tango", no confundir con "El último tango en París", aunque sí se puede confundir con "El último cuplé", porque básicamente era una copia descarada únicamente pensada para explotar el sorprendente éxito de la Montiel intentando pasar por cantante, algo infinitamente más increíble que una niña de ocho años pueda tener un hijo.

Pero así es la magia del cine.


Nota: He calculado las edades atendiendo a los datos de IMDB
Nota 2: Me ha gustado el tema, volveré a atacar!

viernes, 25 de noviembre de 2011

Tú y yo

Se trataba de un hombre elegante, un gentleman, como se decía en su época. Un hombre atractivo, de mirada pícara y símbolo de la masculinidad en el cine. Es decir, el hombre perfecto: Cary Grant.

Perfecto en la pantalla, pero simplemente humano en la vida real. Tuvo problemas con el alcohol y con el LSD, se casó cinco veces e incluso se ha hablado mucho sobre su larga amistad con el actor Randolph Scott, con el que convivió durante doce años.

El próximo día 29, se cumplen 25 años de su desaparición, así que es un buen momento para recordar sus películas. Su larga carrera está llena de grandes clásicos, principalmente de la comedia [La fiera de mi niña (1938), Historias de Filadelfia (1940)] y del suspense [Encadenados (1946), Con la muerte en los talones (1959)] pero yo hoy me he quedado con la parte más romántica de Cary Grant.




Título original
An Affair to Remember
1957

Director
Leo McCarey

Guión 
Leo McCarey, Delmer Daves

Música 
Hugo Friedhofer

Fotografía
Milton R. Krasner

Productora
Twentieth Century Fox Film Corporation

Duración 
119 minutos

Reparto
Cary Grant, Deborah Kerr, Richard Denning, Neva Patterson, Cathleen Nesbitt, Robert Q. Lewis, Charles Watts, Fortunio Bonanova

Sinopsis
Un elegante playboy y una bella cantante de un club nocturno se conocen a bordo de un lujoso transatlántico y surge entre ellos un apasionado romance. Aunque ambos están comprometidos (ella es la amante de un magnate y él se va a casar con una rica heredera), establecen un pacto antes de abandonar el barco: encontrarse en el Empire State Building en un plazo de seis meses si siguen sintiendo lo mismo el uno por el otro.



El director y guionista estadounidense Leo McCarey, había realizado la primera versión Love Affair en 1939, protagonizada por Charles Boyer e Irene Dunne, a la que la mayoría alaba como la mejor versión de las tres realizadas sobre el mismo guión. Recibió seis nominaciones a los Premios Oscar, sin poder lograr ninguno debido a una gran competidora: Lo que el viento se llevó (1939), que no tuvo rival. La tercera y última versión fue Un asunto de amor (1994) de Glenn Gordon Caron con la pareja de moda entonces Warren Beatty y Annette Benning pero que fue un absoluto fracaso. Por lo único por lo que esta película merece visionarse es porque se ha convertido en el último trabajo cinematográfico de la gran e inigualable Katharine Hepburn.


El director Leo McCarey destacó especialmente en los años 30 y 40 dentro de la comedia. Incluso impulsó el éxito de Stan Laurel y Oliver Hardy como pareja cómica y cuya primera película él escribió. Posteriormente dirigiría a otros grandes cómicos, Los Hermanos Marx en Sopa de ganso (1933), pero el reconocimiento le llegó con dos películas con estilo diferente: Las campanas de Santa María (1945) y, sobre todo, Siguiendo mi camino (1944) que se llevó 7 Premios Oscar incluyendo película, director y actor (Bing Crosby).

El papel principal de Tú y yo se adapta perfectamente a Cary Grant: un hombre que tiene a todas las mujeres a sus pies y que vive de ellas sin el menor escrúpulo. Es por ello, que es una persona popular a la que la gente reconoce fácilmente al verlo constantemente reflejado en las, entonces llamadas, notas de sociedad. 

En un viaje transatlántico, Nickie (Cary Grant), se cruza de forma casual con Terry, una hermosa mujer a la que interpreta una Deborah Kerr [De aquí a la eternidad (1953), Quo Vadis (1951)] en su mejor momento. Es atractiva, inteligente, elegante y tiene chispa. Ambos comienzan una relación de amistad de la que en poco tiempo todos empiezan a murmurar. Terry, comprometida en matrimonio, decide que no quiere ser el centro de las murmuraciones y decide que cada uno vaya por su lado. Esto da lugar a una serie de encuentros casuales y conversaciones de complicidad en voz baja, que son la base de éxito de la película, que aunque se trate de una historia de amor -o desamor-, tiene unos diálogos ágiles que ya forman parte de la historia del cine.


Ante el final de la travesía, y como consecuencia de esta atracción pero ante la imposibilidad de que un vividor deje de serlo y comience a ganarse la vida, deciden darse seis meses de tiempo para recapacitar sobre su situación. Si después de seis meses siguen pensando en un futuro juntos, se encontrarán en el piso 102 del Empire State Building de Nueva York. 


Cary Grant y Deborah Kerr habían trabajado juntos en La mujer soñada (1953) y repetirían en Página en blanco (1960). La química entre ellos es perfecta. Está llena de gestos y miradas cómplices, que parecen fluir con una naturalidad asombrosa. Tanto es así, que el director llegó a aceptar las improvisaciones de ambos actores sin el menor problema. Pocas veces se había visto una sintonía igual en pantalla.


Una secuencia, que transcurre en unos pocos segundos, y es una de las que me gusta especialmente, tanto por la ternura como por la complicidad que transmite, es la que intentaré describir a continuación:


Al final del viaje, los dos personajes desembarcan en el puerto de Nueva York donde los esperan sus respectivas parejas. Terry recibe un abrazo de su prometido a uno de los lados de las escalerillas de desembarco. Mientras están abrazados, Nickie pasa junto a ellos. Se detiene un instante mirando a Terry, pero ella le hace señas para que no se pare y continúe su camino. Con un rápido movimiento, Nickie, se lleva los dedos de la mano hasta sus labios para a continuación depositar su beso sobre la mano de ella, que en ese momento rodea la espalda de su prometido. Al sentir este gesto, ella rompe el abrazo y se lleva la mano a los labios recibiendo así el último de sus besos.



Entre los secundarios encontramos a Richard Denning [Mentira latente (1950), El capitán Panamá (1952)], que interpreta al prometido de Terry, Neva Patterson, rica heredera y prometida de Nickie. Pero la que realmente destaca, a pesar de su breve intervención, es Cathleen Nesbitt [Tú a Boston y yo a California (1961)] en su papel de la anciana Janou, la tierna abuela de Nickie, que desde el final de su vida es la primera en ver en Terry a la mujer perfecta para su díscolo nieto.


Espléndidas fotografía, muy saturada de colores vivos, vestuario y una banda sonora compuesta por Hugo Friedhofer -galardonado con el Premio Oscar por Los mejores años de nuestra vida (1947)-. Pero es la canción que da el título original a la película ‘An affair to remember’, con música de Harry Warren y letra de Harold Adamson y del propio McCarey la que se convirtió rápidamente en el éxito de la época en su versión de Nat King Cole [escuchar canción]. En la película Deborah Kerr fue doblada por Marni Nixon (que también doblaría a Audrey Hepburn o a Natalie Wood).


En su estreno, el 2 de julio de 1957, Tú y yo, fue alabada por la crítica y el éxito de público no se hizo esperar. Recibió cuatro nominaciones a los Oscar (fotografía, música, canción, vestuario) pero no logró ninguno al tener grandes competidoras, entre ellas, El puente sobre el río Kwai (1957).

Según el American Film Institute, Tú y yo, ocupa la quinta posición en la lista de las 100 mejores historias de amor y Cary Grant el actor que ha protagonizado más películas, con un total de seis, incluidas en esta misma lista.

 

Como anécdota para aquellos que no sean aficionados al Cine Clásico, diré que en 1993, se realizó un homenaje a esta película en Algo para recordar de Nora Ephron, con Tom Hanks y Meg Ryan, los cuales tenían una cita en el rascacielos estadounidense. Durante la primera semana en cartel, se vendieron dos millones de copias del clásico Tú y yo en Estados Unidos.

Quizás Tú y yo sea un clásico antiguo, pasado de moda, ñoño y poco real, pero aquello que nos muestra sigue estando totalmente de actualidad. ¿O no?