viernes, 25 de septiembre de 2020

Roma, ciudad abierta (1945)

En medio de la destrucción puede nacer arte. Aún coleaba la segunda guerra mundial cuando en enero de 1945 Roberto Rossellini comenzó a rodar “Roma, ciudad abierta”. La capital italiana había sido liberada apenas seis meses antes, en junio de 1944 y en agosto, el director italiano ya se lanzaba  a crear el guión junto a otros colaboradores, entre ellos, Federico Fellini.


Cartel con los protas Magnani y Fabrizi.

La historia es simple. Durante la ocupación, la resistencia partisana se mueve esperando la ayuda americana.  El comandante Bergmann(Harry Feist)  pretende cazar al ingeniero comunista Manfredi (Marcelo Pagliero), uno de los líderes de la resistencia. Manfredi busca refugio en casa de un camarada, Francesco (Francesco Grandjacquet), donde vive la enérgica Pina (Anna Magnani), madre de un niño travieso al que sermonea el párroco, don Pietro (Aldo Fabrizi). Para cazar al ingeniero, la mejor manera es su novia, Marina (Maria Michi), una actriz morfinómana.



La historia no está basada en personas reales concretas, pero sí se basa en historias de la lucha anónima contra el dominio alemán y la connivencia de los fascistas italianos. Como suele ser habitual en las luchas contra un enemigo común, gentes de ideologías contrarias  como Manfredi, comunista y don Pietro, párroco católico, confraternizan admirablemente.




Los protagonistas indiscutibles de la peli, tal y como rezan los títulos de crédito son Aldo Fabrizi (Don Pietro, el párroco) y Anna Magnani (Pina,  la enérgica mujer que encabeza el asalto a las panaderías). 

Punto álgido de sus carreras artísticas.

Ambos actores estaban en su época de esplendor. Anna Magnani era una soberbia actriz que se comía la pantalla.  La escena en la que sale corriendo hacia el camión que se lleva a Francesco es bien conocida. Aldo Fabrizi era un cómico que formó dúo con Totó en innumerables pelis. En esta cinta, en cambio, Fabrizi hace el papel de cura que colabora con los partisanos y también tiene su punto dramático, sobre todo en los últimos momentos de la cinta.


Pina corre tras el camión de prisioneros.

La peli advierte al principio que cualquier parecido a la realidad es pura coincidencia pero, también es cierto que se basan en historias de la lucha clandestina contra esos malvados nazis. A los colaboradores nativos, tan de Mussolini,  los deja de lado, por si acaso. Primero están los varones, claro, ya lo dicen los niños de la peli, que reconocen que una mujer puede ser valiente, pero para eso hay roles quellevan milenios. Así tenemos a  los esforzados hombres-héroes:  Manfredi, Francesco y hasta don Pietro;  Pina, la valiente mujer que asalta panaderías, es una heroína, sí, pero porque tiene coraje y valor. Marina y Lauretta (Carla Rovere), las actrices, son débiles mujeres (Marina) o tontas de remate (Lauretta).  

La brava mujer del pueblo lucha contra todos los enemigos.

Y luego, claro, están los malos malísimos. El comandante Bergmann, un refinado criminal uniformado que va de científico que se queja de lo que gritan los italianos cuando los torturan. Se queja al jefe de la policía, un italiano fascista que transige con lo que manda el alemán. Bergmann es un tipo, como he dicho, refinado, de buenas maneras, casi podríamos decir que un pelín afeminado. Al menos, juega con la idea de la maldad homosexual, tan al gusto de la época. Donde esto queda reflejado de una manera patente es en el papel secundario de la mala, malísima. Vestida de negro, su primera aparición es tras una cortina de humo, como un ser del averno, y cae sobre Marina. 

Bergmann e Ingrid, los malísimos de ¿La cáscara amarga?

Ingrid (Giovanna Galletti), oscura nazi y traficante de morfina, insinúa ser la lesbiana terrible a la que hay que tener miedo. Tan mala como la madrastra de Blancanieves.  Esa idea subliminal de la maldad homosexual en Bergmann y , sobre todo, en Ingrid, es chocante quizá en nuestra época, pero muy pedagógica en otros tiempos. No perdían el ídem.

 

Manfredi y Marina, una pareja en dificultades.

Se dice que esta de Rossellini, primera de la trilogía sobre la guerra que rodó, junto a Paisà  (1946) y Germania, anno zero (1948), es la peli que inauguró el llamado neorrealismo italiano junto a cintas como “el ladrón de bicicletas” de Vittorio de Sica (1948). Estas cintas en las que la crudeza de la vida se plasma de manera protagonista, para contrarrestar, quizá, el estilo fascista que remarcaba  historias heroicas alejadas de la realidad.  Algo sabrían directores como Rossellini que, durante el fascismo, rodaban historias, en su caso, documentales,  tal y como las marcaba el Mussilini way of life.

Francesco intenta escapar.

No se puede decir que esa idea de rodar tanto en amplios planos exteriores fuera una idea preconcebida. Lo que ocurría realmente es que no había estudios donde rodar, ya que, hasta esas envidiables instalaciones de Cinecittà, creadas por Mussolini para competir con Hollywood,  se habían reconvertido en campo de prisioneros nazi  y todo su material y archivos fueron rapiñados y transferidos  a  Berlín. Para acabarlo de arreglar, la aviación aliada la destrozó durante los bombardeos.  Así que rodar planos de guerra en una ciudad machacada por las bombas reales le daba una pátina de realidad impagable, al igual que pasó en la Viena destrozada en la que rodó Carol Reed su “el tercer hombre”.

Escena final.

De las ruinas de la guerra sale la primera de las muchas películas de ese cine italiano que tanta aceptación tiene en España, quién sabe si porque su cultura y sus maneras son tan propias del mismo mar que baña sus costas.


Juli Gan.

viernes, 18 de septiembre de 2020

Fuego en el cuerpo


Esta peli, de 1981, de Lawrence Kasdam, cuyo título original es Body Heat, ha sido y es uno de mis films favoritos de siempre, desde que en su momento lo vi en alguna sala de cine seguro que hoy ya desaparecida. Un noir muy noir que homenajea a los americanos de los años 40 y 50, a la vez que se separa de algunos de sus tópicos.
Aunque hay quien lo califica de thriller erótico, Fuego en el cuerpo es una obra de factura clásica, con todos los ingredientes del noir de antaño, un neo noir podríamos decir. Rinde homenaje sin disimulos al noir clásico y le añade un toque erótico bastante más explícito, más setentero u ochentero. En cuanto al sexo explícito, parece ser que una primera versión del film contenía bastantes más escenas eróticas, pero fueron eliminadas “prudentemente”.
Sorprende enormemente que Fuego en el cuerpo sea el primer film que dirigió Lawrence Kasdam, porque me parece una obra muy madura, muy bien elaborada, como de culmen de una carrera, no de comienzos.
Kasdam luego hizo otros filmes (destaco Silverado y El turista accidental), pero opino que ninguno estuvo a la altura de Fuego en el cuerpo, ni siquiera Grand Canyon, aunque casi todo el mundo dice que es su obra maestra.
El mismo Kasdam declaraba en 1981 a la revista Time que había pretendido que Fuego en el cuerpo tuviera “la intricada estructura de un sueño, la densidad de una buena novela y la textura de la gente normal en circunstancias extraordinarias”. Sin duda lo consiguió. 
Fuego en el cuerpo se desarrolla en el sur de Florida, en una localidad costera durante una ola de calor y ese calor en los cuerpos, ese fuego, ese sur, esa temperatura siempre alta, esos sudores tienen un papel protagonista en el desarrollo de la trama y, por supuesto, en la ambientación.
No menos protagonistas son, por descontado, los humanos, la pareja de personajes. Junto con la
ambientación pegajosa de la que hablaba antes, lo mejor del film.
Empezaremos por él. Ned Racine. Un abogado de medio pelo. Un guaperas mujeriego que va de fucker y de duro castigador, pero que resulta ser bastante inepto, todo fachada,  un parramplas y un sinfuste, que habría dicho mi abuela. Una escena al comienzo del film nos da una pista de lo inconsistente que es este tipo: sale a hacer running  y, en cuanto para un poquito, se fuma un cigarro.
En su apellido, Racine, quiero ver una referencia al dramaturgo francés del sigloXVII y a su concepción del amor como pulsión trágica que lleva a la destrucción. Sí. Kasdam con esto también nos estaba dando pistas.
Y luego está ella. Ella. Matty Walker. Kathleen Turner reinventando, recreando, engrandeciendo a la femme fatale del género negro. Me voy a soltar la melena con los adjetivos: genial, brillante, sexy como el rock-and-roll, gloriosa y sublime hasta la escena final, que dejo también para el final de este articulito.
Me apetece mucho en este momento detenerme un poco a hablar de Kathleen Turner, de su físico imponente, de su hermosa voz de barítona y de su carrera interpretativa, que ejemplifica a las mil maravillas qué sucede con las actrices en Hollywood una vez superado cierto límite de edad que hay quien sitúa cruelmente hacia los 35 años. Me apetece mucho, pero no lo voy a hacer, porque es un temazo tan gordo que me da para otro articulito; y para otro más; y para un tercero también.
Fuego en el cuerpo fue un gran éxito de taquilla. Salvo honrosas excepciones, como la de Pauline Kael, la crítica tampoco la trató mal. La comparó con musts como Chinatown (para mí Fuego en el cuerpo es superior; Chinatown siempre se me ha atragantado) y Perdición, alabó las interpretaciones, incluidas las de grandes secundarios como Richard Crenna, Ted Danson y un jovencito Mickey Rourke, y reparó, cómo no, en los ecos clásicos de la trama y en su aliento pesimista propio de los ochenta.
Y, como os prometí, remato este artículo con la última escena de la peli. Bueno, no: empiezo con la anteúltima. Ned Racine, encarcelado, recibe en su celda un paquete de correo; contiene el anuario de instituto que confirma sus peores sospechas sobre Matty Walker. El anuario, además, muestra una fotografía de Matty adolescente y, al pie, este texto: “Apodo: Vampiresa. Ambición: Ser rica y vivir en un país exótico”.
Y ahora sí: vamos con la escena final. Matty Walker mira al mar desde una tumbona en una playa tropical junto a un volcán. Un joven que habla portugués le acerca una bebida. Matty no sonríe. Sigue sin dejarnos entrever qué guarda en la cabeza ni en el alma.

Noemí Pastor

viernes, 10 de julio de 2020

Trigonometry




Se acaba de estrenar en HBO la miniserie británica "Trigonometry"(2020) dirigida por Athina Rachel Tsangari y Stella Corradi.
La serie gira en torno al poliamor y arranca con la historia de amor de una pareja : Gemma y Kieran.
Gemma( Thalissa Teixeira ) regenta una cafetería y Kieran ( Gary Carr) es sanitario pero debido a que tienen dificultades económicas para llegar a fin de mes, deciden alquilar una habitación en su casa, en el oeste de Londres.


Así conocen a Rai ( Ariane Labed)una ex profesional de la natación sincronizada que decide alquilarles esa habitación, hecho que cambiará por completo la vida de los tres.


La miniserie con 8 capítulos resulta un interesante estudio de los triángulos amorosos ya que refleja todos los estadios emocionales por lo que pasan los tres integrantes en lo que poco a poco se irá convirtiendo en una relación estable y poliamorosa.


Resulta como poco estimulante ver cómo de forma coherente y honesta  se ponen en cuestión muchas de las creencias más estandarizadas socialmente en torno al amor y las relaciones , porque estos sentimientos románticos hacia  su inquilina no surgen de una crisis previa de pareja sino que confluyen con una química potentísima entre Gemma y Kieran, que ya existía antes de que Ray apareciera en escena.

Muchas de las situaciones emocionales de pareja se ven reflejadas en los tres integrantes de la relación, como por ejemplo, los celos o las dudas en torno a si es oportuno tener encuentros sexuales a dos bandas una vez se ha establecido el vínculo sentimental entre los tres.


Los actores están francamente bien, resulta todo fluido,fruto de evolución sentimental que se gesta en medio de muchos altibajos y resistencias.
Tal cual la teoría de Freud, ello, yo y superyó entran en conflicto en cada uno de los personajes, sometiéndoles a todo tipo de tensiones a nivel individual ,originadas por el deseo contenido y creciente, aderezado por las buenas formas británicas que todavía generan más interés en el espectador, aunque para mí sin duda, es la naturalidad con la que todo se desarrolla , tan normal resulta que te hace plantearte si tú misma serías capaz de vivir una historia así.

No desvelaré aquí el desenlace, para eso tendríais que darle una oportunidad, pero sí me gustaría dejar en el aire algunas cuestiones que esta miniserie me ha sugerido, como por ejemplo:

¿tiene futuro el poliamor en nuestras sociedades postmodernas?


porque está claro que no tod@s estamos hechos para este tipo de estructuras relacionales que irrumpen y forman parte de un compendio diverso de nuevos modelos de familia, pero ¿seremos capaces de convivir con estas fórmulas? sólo el tiempo tendrá la respuesta...
Feliz verano zinéfil@s,

Troyana



viernes, 3 de julio de 2020

Cancela, cancela, cancela

En los últimos días, y a una velocidad de vértigo, hemos visto como se están levantando juicios contra productos de entretenimiento, como películas o series. Y es que el movimiento #BlackLivesMatter ha renacido con fuerza y justicia, y al igual que el #MeToo, ha levantado una polvareda que ha traspasado las fronteras del mismo. Con la rapidez que lleva, no sabemos cómo será dentro de una semana, pero a fecha de hoy, querría dejar unos pensamientos respecto a la justicia social que vemos, y como afecta al mundo del espectáculo. 


Tal y como he dicho, en un breve periodo de tiempo, hemos pasado de querer poner avisos a Lo que el Viento se Llevó para explicar su contexto, a borrar de catálogos online episodios acusados de mofarse de personas negras como Community o Las Chicas de Oro, pasando incluso a cribar algún episodio del Hotel Fawlty o de Little Britain.

Podemos llegar incluso a entender a algún actor de doblaje diciendo que no quier doblar a personajes que no son de su raza, pero si lo que vemos son Los Simpsons, no sabríamos muy bien a qué se refiere.

Y es que el contexto es realmente importante, y parece que en el 2020, hay que aclarar obviedades, tipo el agua moja o el fuego quema. En un principio, ya no estamos como en el momento del estreno de la epopeya de Margaret Mitchell en Atlanta, que vetó la presencia de una de sus estrellas (Hattie MacDaniel) por el color de su piel, al ser un cine de blancos exclusivamente. La sociedad ha avanzado, y a veces, el obligar a poner “carteles” o “hacer advertencias”, la infantiliza, por no hablar de ciertos sectores, que siempre encuentran algo malo en todos lados, viviendo en una paranoia y psicosis constantes.

No niego que el mundo sigue teniendo injusticias, y para ver esto, sólo hay que encender el telediario, pero una cosa es eso, y otra es que creamos que la mejor manera de hacerlas desaparecer, es a través de su borrado y eliminación. Porque en la lucha por la evolución de la humanidad, sólo a través de la reflexión y la historia, podemos avanzar, para no repetir pasos anteriores.


La clave es que el conocimiento nos hace libres, y esto nos permite pensar. Y muchas veces, las películas y series son metáforas al respecto. Se usan sus imágenes y diálogos y a través de ellos, se expresan ideas de los creadores. Y aquí empiezan los problemas. ¿Son las ideas correctas? Porque muchas veces no lo son para un determinado grupo de personas: el macarthismo se dedicó a golpear cualquier atisbo de comunismo, el código Hays a corregir la moral americana y nuestra censura convirtió a dos amantes en hermanos en Mogambo por ser tan torpe de no ver el fallo que estaba cometiendo.

Aunque la censura nos parece una cosa del pasado, de sociedades dictatoriales o demasiado afectadas por el qué dirán, actualmente, estamos empezando a ver grupos de presión que, bajo el mandato de esta corrección política, de la inclusión o diversidad, están pidiendo la desaparición de episodios sin control (el caso de Community bajo la acusación de "blackface" es tan ridículo, que es evidente que se ha empezado una cruzada sin siquiera haber visto al enemigo). Así, el mensaje se pierde.

Pensemos en otro caso: sabemos que los orcos del Señor de los Anillos, son una representación del mal con su evidente falta de belleza, frente a los protagonistas, más bellos, atractivos y parecidos al espectador. Y no, nadie ha pedido respecto por los orcos (aún), pero Frodo y sus compañeros han salido mal parados en este momento de corrección: que si no hay personas de otras razas, que si faltan mujeres... Es entonces, cuando la historia debe plegarse a los dictados de la tendencia política del momento.


Esto, en mi opinión, es un error. ¿Hay que ser diverso? Por supuesto, pero no podemos cambiar las historias por el hecho de incluir a este o aquel grupo, lo que hay que hacer es también contar historias diversas, con diferentes orígenes y protagonistas, sobre todo en momentos de crisis imaginativas, porque al final, todas llaman de forma universal al ser humano, independientemente de su origen, raza o sexo. Se pueden hacer interpretaciones (Ran como el Rey Lear a la japonesa, por ejemplo), y eso es también válido, y si la perspectiva de la obra lo acepta, incluir a un actor aunque no sea el esperado (el magnífico Samuel L. Jackson como Nick Fury en el universo Marvel o Keanu Reeves y Denzel Washington como hermanos en Mucho Ruído y Pocas Nueces), pero no se puede cambiar un personaje de forma intrínseca sólo por el hecho de querer corregir o meter una cuota. 

Otro gran problema es el humor, lo más criticado ahora. La comedia es un arte refinado, que puede ser crítica o no, y muestra a través de la risa el mundo, provocando la reflexión y activación del pensamiento, venciendo a los miedos. Es por ello, que la mutilación de series de comedia se presenta como más trágica. Se nos quita el derecho a la carcajada, se nos invita a la seriedad del grupo que ve maldad incluso donde no la hay. Se quiere controlar la libertad y restringir emociones. Aquí os dejo unas palabras de John Cleese al respecto:


No quiero acabar este artículo sin hablar de que sólo se puede interpretar a la raza, género, etcétera, que se tiene originalmente. Todos hemos visto a Tilda Swinton cambiar y no podemos quejarnos. De igual manera, Rock Hudson, homosexual en la vida real, es un encanto de pareja romántica para Doris Day en las películas de interpretaron juntos. Según la teoría actual, no deberían haber interpretado lo que no les correspondía. Pero todos sabemos que al ver la película, que eso es absurdo. Hay casos flagrantes como Mickey Rooney en Desayuno con Diamantes, pero, como todo, hay que ver cada caso.


Concluyo diciendo, que las películas y las series son una forma de arte, y en un principio, no deberían tener responsabildiad moral por las causas sociales. Las personas detrás de ellas, pueden estar denunciando a través de su obra, o por otro lado mostrando una fantasía de puro entretenimiento, pero es a ellos a quienes les corresponden tomar las decisiones. El público, debería tener la inteligencia y conocimiento suficientes como para saber que el modo de vivir de Escarlata O'Hara no era el más correcto, a la vez que estar disfrutando de su historia, o entender que algo que se hizo hace 60 años es diferente a lo que ocurre hoy en día. 

De cualquier manera, la solución no es esconder ni destruir. En fin, ¿cuál es tu opinión sobre el tema?

Carmen Romero

viernes, 26 de junio de 2020

El demonio vestido de azul


Todavía no han abierto los cines, al menos en mi ciudad, y mientras languidezco esperando ese momento tan ansiado, veo pelis antiguas que tengo guardadas. Con motivo del movimiento #blacklivesmatter me acordé de esta película del año 95. Se proyectó en el Festival de San Sebastián y estuvo nominada a la Concha de Oro, aunque no ganó. En aquellos años nuestros hijos eran pequeños y solo íbamos a ver una película en todo el festival, el día de mi cumpleaños. Era el regalo que me hacían los innumerables invitados que teníamos en casa en época festivalera. Eso te llevaba a ver pelis fantásticas o bodrios terribles, no había mucha elección posible con solo una sesión. Tenía muy buen recuerdo de El demonio vestido de azul, ya sabéis que siempre me ha gustado el género negro. Gracias a esta película descubrí dos cosas: lo buenas que son las novelas de Walter Mosley y lo guapo que es Denzel Washington (que encabeza la lista de hombres con los que me quiero casar, que ya empieza a ser interminable). Creo que es la primera película de cine negro que he visto con protagonistas negros. Como mucho salía uno tocando la trompeta en un club de jazz, o una criada en las casas de los ricos. En realidad, el cine sigue siendo blanco, muy blanco.

Walter Mosley me ha proporcionado muchas horas de disfrute con sus novelas protagonizadas por Easy Rawlins, un detective negro que protagoniza novelas muy hard boiled, que incluyen siempre un fondo sobre el racismo, aparte de la trama de investigación que desarrolle cada una.  
Ay, esas camisetas Ocean...
Me encanta cómo describe el color de la piel de los personajes: café con leche oscuro, canela, marron claro o ámbar oscuro. Pensaba que las había leído todas, pero al preparar esta entrada me he dado cuenta de que me faltaban Rubia peligrosa y Beso canela, asunto que ya estoy resolviendo. La acción transcurre desde 1939 a finales de los 60, en el caso de El demonio vestido de azul en 1948. En esta historia Easy Rawlins ha vuelto de la II Guerra Mundial y malvive como puede. A través de un amigo lo contratan para encontrar a una mujer blanca que era novia del aspirante a alcalde. La única pista que tiene es que le gustan los clubs de jazz. La investigación va a ser mucho más peligrosa de lo que aparentaba porque va a destapar asuntos muy feos. Nuestro Denzel está estupendo con esas camisetas Ocean que solo él puede llevar dignamente y Don Cheadle está espectacular en el personaje secundario de Ratón.
Denzel Washington y Jennifer Beals
Es un personaje que suele aparecer en las novelas de la serie de Easy Rawlins, un auténtico psicópata que por alguna razón es muy amigo del protagonista. Creo que era imposible encontrar a un actor más apropiado para ese papel. La música de Elmer Bernstein encaja a la perfección con las imágenes y la película tiene ese poso melancólico de las buenas historias negras.
Como ya os he dicho muchas veces, soy una taruga que necesita 25 películas para enterarse de quién es un director. Al mirar la ficha en Filmaffinity pensé: “¿Carl Franklin? ¿Quién es Carl Franklin? ¿He visto algo más de este señor?”.
Qué vergüenza, este director afroamericano ha dirigido episodios en casi todas las series que me han gustado en los últimos años. Se ha dedicado más a la televisión que al cine y, entre otras, ha dirigido (para que os hagáis una idea): Roma, House of cards, Por trece razones y Mindhunter.  Además, es actor y ha participado en cosas tan variadas como Alf, Lou Grant, Hulk o Canción triste de Hill Street. Por si fuera poco, es guionista y es el autor del guion de Un demonio vestido de azul y alguna otra de sus películas. En fin, que voy a escribir cien veces su nombre a ver si se me queda.

Hay directores afroamericanos, como Spikee Lee, que hacen de la causa de la lucha contra el racismo el centro de sus películas. No es el caso de Carl Franklin. Algunas de sus historias inciden especialmente en este tema, pero no todas. En palabras del propio director: "Mi origen étnico es un plus, una herramienta. Me da municiones en términos de la forma en que veo el mundo. Hay ciertas historias en la comunidad negra que nos informan a todos".
Bueno, con esto os dejo dos buenas recomendaciones para el verano: las novelas de Walter Mosley y seguir atentamente la carrera de Carl Franklin.


viernes, 19 de junio de 2020

Unorthodox (Poco ortodoxa)

Esta es una miniserie de cuatro capítulos que nos llega desde la plataforma Netflix basada en la historia autobiográfica de Deborah Feldman titulada "Poco ortodoxa: El escandaloso rechazo a mis raíces hasídicas" que la editorial catalana Lumen está a punto de sacar, si no lo ha hecho ya.




Sinopsis:

Esther Schwartz, Shaphiro desde el matrimonio, es una joven casadera del barrio judío ultraortodoxo de Williamsburg, Nueva York. Plegada a las estrictas normas de su comunidad ha sido educada para casarse mediante matrimonio concertado. Tiene idealizada su vida desde muy niña pero desde que se casa empieza a darse cuenta de que esta vida no es la que quiere, así que asfixiada por las normas inflexibles y por el machismo feroz de su comunidad decide huir a Berlín ya que tiene derecho a esta nacionalidad por su madre, que también huyó de la misma comunidad ultraortodoxa.

 Mi gran boda hasídica.

Leyes talmúdicas y tradiciones de antes de ayer.

El barrio de Williamsburg, que se puso de moda con los hipsters, es un barrio que queda al norte de Brooklyn, en dicho enclave existe una populosa comunidad ultraortodoxa judía llamada Satmar. Originaria del imperio austrohúngaro, y a pesar de la moda eterna que lucen sus adeptos, esta comunidad fue creada por un tal Joel Teitelbaum a comienzos del siglo XX.

 Eso de tapar a la esposa está en todas las religiones "del libro".


Esty, que es como llaman a Esther de manera familiar es una muy joven mujer educada para ser esposa y madre cuya lengua materna es el yiddish, que es el idioma que se habla en el barrio. El yiddish es una lengua emparentada con el alemán, con trazas de hebreo y alguna otra lengua eslava propia de la comunidad askenazí, o judía noreuropea. Ella quiere a su familia y quiere pertenecer a su comunidad, pero siente que no encaja en ese ambiente opresivo así que decide huir y es aquí donde empieza la aventura de una chica sola que viaja al extranjero sin maleta y sin conocer gran cosa del mundo exterior.

Esty renaciendo en el lago Wannsee. Un renacer en un nuevo mundo.

La serie:

Basada en las propias vivencias noveladas de Deborah Feldman, se ha desarrollado un guión apasionante encabezado por la propia escritora. La dirección corre a cargo de Maria Schrader, a la que hemos visto actuando en algunos de aquellos europuddings (Series para ensalzar la cinematografía de la UE) como Camino de Santiago donde aparecía el artisteo europeo, como Massimo Ghini, Joaquim de Almeida, la propia Shrader y viejos dinosaurios yankees como Anthony Quinn, Charlton Heston o Robert Wagner, aunque quizá sea más conocida por ser una de las dos protagonistas del film  "Aimée y Jaguar" basada en una trágica historia lésbica en plena segunda guerra mundial. El libro era bastante bueno, la peli era soporífera.


Una mujer casada no debe lucir el cabello propio para no excitar a los animales que codician una propiedad privada.

Unorthodox, sin embargo, no tiene nada de infumable. Son cuatro capítulos de casi una hora cada uno que van narrando la huida de Esty desde su hogar de Nueva York hasta esa desconocida Berlín. A modo de flashbacks vamos conociendo a Esty y su vida en Williamsburg: Sus clases de piano a escondidas, la importancia de su abuela que la crió al ser abandonada por su madre, que vive en Berlín  y se aferra a ella aunque la han enseñado a despreciarla, su boda, las reglas que ha de seguir, su malestar...

Sus primeros pantalones y encima jeans ajustados.


Alterna la historia lineal con estos flashbacks donde conocemos a Yanki (Yakov Shaphiro), el joven marido, que permite que su madre se meta en la vida del matrimonio, a Moishe, primo de Yanki, un arrepentido que huyó de la comunidad y ha vuelto dispuesto a hacer lo que sea para que le sea perdonado su pecado de deslealtad. Lástima que la parábola del hijo pródigo sea cosa del nuevo testamento cristiano y no aparezca en el talmud. Moishe es un oscuro personaje del que se sirven para intentar devolver a Esty a su casa. También aparece Leah, la madre de Esty, que huyó en su día y que es rechazada por una comunidad fanática. Para fanáticos el rabino, que no duda en sugerir a Moishe la plena aceptación de la comunidad si recupera a Esty como sea, aunque nadie piense en el propio parecer de la interfecta.

Moishe. Fijaos en los peots (Tirabuzones), son cortos porque se deshizo de ellos al romper con la comunidad. Ahora, arrepentido, vuelve a dejarse crecer el pelo de las sienes.

El reparto:

El elenco principal está formado por actores israelíes como la propia Esty  (Shira Haas) que han tenido que realizar gran parte de su interpretación en un idioma que no es el propio, como es el yiddish, si excepuamos el caso de Jeff Wilbusch (Moishe), que sí lo tiene como idioma materno propio de su barrio de origen en Mea Shearim, famoso barrio ultraortodoxo de Jerusalén. Eli Rosen, que interpreta al rabino, es quien formó al resto del elenco para hablar en yiddish y el que asesoró en cuestiones de cultura hasídica a las guionistas.

Leah Mandelbaum, la madre de Esty. También huyó como ahora su hija y vive con su novia, que encima es una shiksa (mujer gentil) y se atreve a vivir entre los goyim (gentiles).

El resultado es una miniserie que nos acerca algo al mundo que rodea a esta comunidad ultraortodoxa shatmar. Es una historia muy eficiente y está rodada con fuerza y valentía. Sus actores están magníficos y una de sus virtudes es que, a pesar de que no cierra la historia del todo, no lo echas en falta. Una miniserie intensa pero bien contada.

De la shiksa Juli Gan.



viernes, 12 de junio de 2020

Hunters




—Mamá, ¿tú eres una superheroína?
—Hija, soy una mujer negra en los Estados Unidos de América. Ninguna superheroína me llega a la suela del zapato.

Este extracto de un diálogo de Hunters ilustra lo que más me gusta de la serie: la mirada ácida sobre la pretendida perfección democrática de los Estados Unidos en la década de 1970. También me ilustra uno de sus hilos conductores: las constantes referencias a tebeos, series televisivas y elementos de la cultura popular de la época. Ya sabéis: la nostalgia siempre funciona.
Pero comencemos por el principio y hagamos las presentaciones.
Hunters es una serie de Amazon, de producción propia, muy recientita, pues se estrenó en febrero de 2020. De momento solo tiene una temporada, pero, si el mundo vuelve algún día a parecerse mínimamente a lo que era, tendrá una segunda.
Lo primero que me viene a la cabeza cuando pienso en esta serie, es que es hija de su tiempo. Es lo que vengo entendiendo por una serie “modernita”, de las que se llevan ahora, con todos sus ingredientes; a saber: gran estrella de Hollywood (Al Pacino, que el pasado 25 de abril cumplió ochenta añazos), magnífica puesta en escena, estupenda dirección artística, ambientación setentera tarantiniana, nostalgia televisiva, mucho tebeo, fantasía, superhéroes,  James Bond,  Batman, malos de Spectra, violencia presuntamente refinada, mal gusto deliberado, atrevimientos narrativos, piruetas de guion, revisiones históricas…
A esto añade Hunters unos protas, los buenos, no tan buenos y unos malos malísimos, de opereta, nazis diabólicos. Agrega, además, unos durísimos flashbacks sobre el holocausto, escenas que transcurrieron en Auschwitz de las que te hacen desviar la vista de la pantalla, seguidas de episodios de humor grueso, números musicales en rosáceos parques de atracciones o narraciones oníricas sobre el amor más allá de la muerte.
Esta mezcla delirante descoloca bastante al principio. Luego ya te vas haciendo al tono y te lo tragas.
Voy un poco con el argumento. En la década de 1970, en Estados Unidos, los nazis están por todas partes, poco a poco van escalando a posiciones de poder con el objetivo de instaurar el Cuarto Reich.  Ante esta amenaza, el millonario Meyer Offerman, superviviente de los campos de exterminio, organiza una cuadrilla galáctica de cazadoras y cazadores de nazis. No parece, pues, casual que esta serie haya sido gestada cincuenta años después de la gloriosa década de 1970, en un momento de efervescencia de movimientos supremacistas y de la extrema derecha por casi todo el mundo.
Porque no todo es tebeo en Hunters. El personaje de Pacino está levemente inspirado en Simon Wiesenthal, un arquitecto judío de Austria que pasó cuatro años en campos de concentración y que en la década de 1970, ya asentado en los USA, creo el Centro Simon Wiesenthal, que desde entonces se dedica a dar caza a los nazis que huyeron de Alemania y se infiltraron cómoda y lujosamente en los Estados Unidos y colaboró con el Departamento de Justicia de Estados Unidos en la búsqueda de estos criminales de guerra. Simon Wiesenthal aparece como personaje en Hunters, interpretado por el gran Judd Hirsch.

También el personaje de Ruth Heidelbaum, la abuela de Jonah, el otro prota junto a Pacino, tiene una conexión con lo real, pues está inspirado en la verdadera abuela de de David Weil, el creador de la serie, que fue la única superviviente de su familia tras pasar por Auschwitz y Bergen-Belsen.

Algunos de los nazis “cazados” por Pacino y sus secuaces tampoco han nacido de la imaginación de los guionistas. Por ejemplo, Wernher von Braun, “el hombre del espacio”, existió de verdad. Perteneció a las SS y en la Segunda Guerra Mundial trabajó para el ejército de Hitler en la construcción de cohetes y misiles. Luego se rindió al ejército aliado y los norteamericanos, a través de la operación Paperclip, lo ficharon para la NASA.
En la serie a Von Braun le limpian el forro los cazadores de nazis; en la realidad, murió de cáncer a los sesenta y cinco años en su estupenda casa de los suburbios residenciales de Washington.

Para terminar, os repito lo que más me ha gustado de Hunters: cómo se pitorrea del patrioterismo americano, cuando hace sonar el himno nacional durante discursos de nazis reciclados en honrados políticos que se han cargado a toda su familia, niñitos incluidos, y se llevan la mano al corazón henchido de amor a los yueséi. Aquí tengo que citar a ese monstruo de la interpretación especializado en personajes extremos que es Dylan Baker.
Dylan Baker, honrado padre de familia que invita a barbacoas en su jardín
Y, por supuesto, como os decía antes, me chifla la caña que le mete al racismo, a ese fascismo básico subyacente en los USA que parece enraizado ensu ADN, a pesar de las continuas proclamas de libertad e igualdad, con referencias directísimas a los nuevos fascistas: esos angry white men que siguen ahí, quizás ahora más activos que nunca, cuya ira se prende tan fácilmente.