lunes, 9 de octubre de 2017

65 Festival de cine de San Sebastián


Quizás os preguntéis por qué, con toda la gente que sabe de cine en este blog, yo que no escribo más que tonterías parece que voy de festival en festival. La respuesta es que la vida es injusta y que supongo que el resto de chicas de Zinefilaz no han pedido acreditación. Bueno, el caso es que mi hija y yo creamos el blog niu de mones con la única misión de conseguir acreditarnos para el festival de Donostia y desde entonces andamos comentando todas las películas que vemos porque le hemos cogido afición a esto del blog.
Voy a intentar haceros un resumen de esta 65 edición del festival y resaltar las películas que más me han impactado. Hay mucha gente que, año tras año, cogemos vacaciones para poder disfrutarlo a tope y tenemos amigos que vienen de otras ciudades, amigos que hemos hecho en las colas y nos vamos juntando y separando según la selección de las películas. Creo que es la semana más intensa del año, meterte en tantas historias, desayunar con una película francesa, hacer el aperitivo con una rumana, tomar café con una chilena y luego compartir cervezas y bocadillos con los amigos para aconsejar “esta no te la pierdas”, “esa es un rollo”. Es como vivir veinte vidas en unos días. Te da la oportunidad de ver películas que luego no estarán en la cartelera o disfrutar antes que nadie de joyas de otros festivales.
Ver a Darín de cerca es
otro aliciente
El festival, para los que no hayan estado, consta de varias secciones:
La sección oficial, con las películas que entran a concurso; Perlas, que incluye películas premiadas en otros festivales; Nuevos directores, donde puedes descubrir talentos desconocidos; Horizontes latinos, películas realizadas total o parcialmente en latinoamerica, o de directores de alguno de esos países; Zabaltegi es una sección abierta que incluye cortos, largos, documentales o animación; Culinary zinema presenta películas relacionadas con la gastronomía que en algunos pases se acompañan de una cena; Savage cinema se compone de películas de deporte y aventuras, de ficción o documentales; Zinemira es una muestra de cine vasco; Made in Spain presenta películas españolas del último año; y por último, cada año hay una retrospectiva dedicada a un director, en esta ocasión a Joseph Losey.
Úrsula Corberó,
protagonista del corto de
Isabel Coixet
Comprenderéis que cuando tienes el programa en las manos te entra un ataque de ansiedad. Empiezas a marcar en fosforito las películas que quieres ver, a intentar cuadrar horarios, a pensar que si renuncias a comer y a dormir a lo mejor consigues ver la mitad de lo que quieres. Con los años me he ido relajando. Me apetece disfrutar de la ciudad y los amigos, ir a alguna rueda de prensa, asistir a algún coloquio y ver las que pueda. Suelo ser poco arriesgada, película rumana de tres horas me da un cierto miedo. A veces me aventuro por la foto del folleto o la sinopsis y así he visto maravillas y espantos de Lepanto. Este año se me ha escapado Muchos hijos,
Isabel Coixet
presentó su corto
La llave
un Mono y un Castillo
de Gustavo García Salmerón, que según todos los que la han visto es divertidísima. Estad atentos porque igual es un estreno que pasa desapercibido.
Y vamos con mis recomendaciones:
The Disaster Artist, de James Franco, ganadora de la Concha de oro, es una divertida historia sobre el rodaje de The room, a la que se ha llamado “la peor película de la historia”. James Franco dirige y protagoniza. Está genial en el personaje de Tommy Wiseau.
El autor, de Manuel Martín Cuenca. Y tengo que reconocer que iba con miedo porque su anterior película, Caníbal, no me gustó. Es la historia de un hombre que quiere ser escritor contra viento y marea y ante la falta de inspiración decide espiar a sus vecinos. Antonio de la Torre borda el papel de profesor de un taller de escritura. Quizás le sobran 15 o 20 minutos, pero está muy bien (¿por qué todo el mundo hace pelis tan largas?, 90 minutos era una medida ideal).
Le sens de la fête, de Olivier Nakache y Éric Toledano. Otra comedia, impensable hace unos años en la sección oficial donde todo eran historias dramáticas y terribles. Los directores son los de Intocable y Samba, de manera que iba bien predispuesta. No me defraudó. Vemos una boda, que debería ser idílica, desde el punto de vista de todos los que trabajan: el organizador, cocineros, camareros, músicos. Un grupo heterogéneo que debe intentar que todo sea perfecto, aunque las cosas se complican.
Tres anuncios en las afueras de Ebbing, Misuri, de Martin MacDonagh. No había visto nada de este director pero la película había recibido premios en Venecia y Toronto (aquí también ha conseguido el premio del público) y no me sorprende. Me ha encantado, es una historia original, bien contada, con unos intérpretes magníficos (Frances McDormand se sale en el papel de madre que quiere vengar el asesinato de su hija). Para mí lo mejor del festival.
Jusqu’a la garde, de Xavier Legrand. Este ha sido el festival del cine francés, he visto un montón de pelis francesas. Esta aborda la violencia de género y el sufrimiento que puede generar en un niño. Quizás no es un tema original pero está muy bien tratado y con un clima de tensión creciente que te encoge el alma.
The Florida Project, de Sean Baker. Una historia de perdedores que viven al lado de Disneyworld. La mirada de los niños le aporta un punto muy bonito.
Call me by your name, de Luca Guadagnino. Pese al título es una producción italo-francesa. Una preciosa historia de amor, del descubrimiento de la sexualidad de un joven de 17 años y de un verano de esos que se recuerdan toda la vida.
Ex Libris- The New York Public Library, de Frederick Weisman. Es el tercer documental que veo de este director y todos me han encantado. Dura 197 minutos y ya sabéis que yo no soy de ese típico público estoico que aguanta rollos largos y aburridos. No es nada pesada, es apasionante y tuvimos la suerte de tener un coloquio con el director.
Os juro que ese señor que no se ve
es Frederick Weisman
Bueno, con lo escueta que soy, me he enrollado muchísimo. Para terminar os voy a desaconsejar dos películas: Mademoseille Paradis de Barbara Albert que me aburrió soberanamente y Sollers Point de Matt Porterfield que no cuenta nada que no hayan contado antes mil veces y con más interés.

Mi minuto de glamour con Eneko Sagardoy,
protagonista de Handia

viernes, 6 de octubre de 2017

Éxtasis y yo. La apasionante historia de Hedy Lamarr

Hedy Lamarr fue una famosa actriz de la época en que los estudios de cine hollywoodienses mandaban con poder omnímodo. Hoy en día sólo los amantes del cine clásico recuerdan a esa belleza morena que fue la Dalila que cortó el pelo al Sansón de la película de Cecil B. DeMille. Pero Hedy Lamarr fue mucho más que eso. Fue una inteligente mujer que co-inventó un sistema de encriptación de mensajes para teledirigir torpedos, que es la base fundamental del funcionamiento de la telecomunicación mediante bluetooth o wi-fi, claro que ella y su co-inventor, George Anthell, músico, no tenían ni idea de la revolución que su trabajo iba a suponer, sobre todo, porque, cuando patentaron su sistema, allá por 1941, el ejército de los EEUU aparcó el tema. No en vano, estos residentes en América no eran sino dos sospechosos, austríaca, ella, alemán, él.

Hedy Lamarr en su mejor monento


Pero volvamos al principio. Hedwig Kiesler, Eduvigis, por si alguno goza castellanizando los nombres de pila, nació en Viena el 9 de noviembre de 1914, hija de un banquero y una dama de la alta burguesía de aquella ciudad tan pija. Se educó en los mejores colegios, entre ellos, un internado suizo donde iban las muchachas de la aristocracia europea. Llegó, incluso, a estudiar ingeniería, sin acabarla, por motivos que luego desvelaré, cosa que era bastante infrecuente para una mujer en aquella época.

Pero a la joven Hedy Kiesler le llamaba el mundo de la interpretación y no cejó hasta que consiguió colarse en el mundo del cine y luego interpretando algún papel en el teatro. A falta de pan, buenas son tortas. Fue en un teatro donde conoció a su primer marido, el poderoso industrial filonazi Friedrich Mandel, pero no corramos, porque antes de casarse, la joven Hedy rodó una película, un pecado de juventud, que la persiguió toda la vida.

En 1936 Hedy está en Berlín, es muy joven, y rueda su primer papel protagonista en una peli que se titulará “Éxtasis”, en ella, el director se empeña en que salga totalmente desnuda corriendo por un bosque y que nade, en traje de Eva (qué cursilada) en un lago. Ese fue el primer desnudo integral del cine. No tenía ningún sentido para la historia rodada, pero lo que pretendían, claro, era hacer un descarado reclamo.

¿Exigencias del guión? en Éxtasis, 1933


Poco después, casada ya con Mandl, el empresario vendedor de armas nazi intentó hacerse con todas las copias de la película y destruirla. Mandl la tenía en una jaula de oro,Hedy quería escapar pero su esposo-captor la tenía bien controlada, hasta que maduró un plan que la permitió marchar a París, donde consiguió el divorcio, de allá a Londres y de Londres a California, vía el magnate Louis B. Mayer.

Los señores Mandl

En Londres Lamarr y Mayer no llagaron a un acuerdo. Lamarr se las ingenió para viajar en el mismo barco que el magnate de la Metro y allá ella consiguió su contrato. Por cierto que fue el mismo Mayer, en dicho viaje, el que apellidó Lamarr a la divorciada señora Hedy Mandl.

Hedy Lamarr en la supuesta autobiografía “Éxtasis y yo”, supuesta porque por lo visto había algún negro literario que se dedicaba a intercalar escenas picantes en el libro que, sin saberse ciertas o falsas, cabrearon como una mona a la siempre elegante figurada autora, cuenta sus inicios extraños en la Metro y cómo Éxtasis, aquella peli en que corría en pelotas, censurada en los siempre mojigatos EEUU, le confería una capa de escándalo. No querían presentarla como una chabacana guarra europea, que es lo que solían (¿Suelen?) pensar los yankees de las mujeres liberadas del viejo continente. Por fin pudo rodar “Argel” con el estirado, lo dice ella, Charles Boyer. Es curioso que las grandes estrellas de los estudios, a menudo solían ser europeos. El propio Boyer era francés, y su rival en tantos papeles, Ingrid Bergman, sueca. Argel fue un exitoso trampolín.

Argel, su primer éxito americano con el francés Boyer

Y así comenzó su vida hollywoodiense, haciendo pelis por contrato con la Metro de Mayer, a menudo, mediocres, asistiendo a fiestas y convirtiéndose en amiga de ese irresistible borracho y adicto al sexo que era Errol Flynn, en cuya mansión había toda serie de mirillas para saciar el hambre de voyeurismo del hipersexuado tasmano. Además de rodar y asistir a fiestas con las celebridades de una industria en pleno auge, Hedy Lamarr comenzó a coleccionar maridos. Le dio por casarse sin pensarlo con un guionista, un actor, un hostelero, un petrolero texano y un abogado en todo su periplo vital, amén de mantener varias relaciones sin vínculo matrimonial, incluidas algunas amantes femeninas, según su autobiografía aunque a Lamarr, esto, que debió escribir su negro, no le hizo demasiada gracia.

Cabe recordar que Hedy Lamarr, huida de Europa por un matrimonio con un rico industrial cruel, que, a su vez, mantenía negocios con Hitler o Mussolini, era de una rica familia judía vienesa. En cuanto el ambiente se enrareció en su lugar natal, sacó a su madre de aquel infierno nazi y antisemita. Sin embargo, a los ojos de los norteamericanos, Lamarr era austríaca y, aunque el comienzo de la segunda guerra mundial no suponía nada para los yankees, aún, no se fiaban demasiado de alguien de aquella zona. Esto viene a colación del invento patentado por la señora Lamarr, que firma como Kiesler, su verdadero apellido, y el músico George Antheil.

Dos artistas y genios de las telecomunicaciones

Hedy Lamarr, que debía tener un coco estupendo, realizó estudios de ingeniería que no pudo acabar porque su rico marido filonazi, Mandl, se lo prohibió. En una fiesta en Hollywood conoció al brillante pianista George Antheil, alemán huido de su tierra. Hablando, hablando, patentaron un sistema de encriptación de mensajes mediante un salto de frecuencias, y esta patente se la quisieron regalar al ejército estadounidense, ya en guerra, los americanos entraron a muy finales del 41, otra vez a media guerra, para sacar los beneficios. El ejército, no se sabe si porque eran civiles, “artistas” y encima, del país de Hitler, aparcaron el tema y conminaron a Lamarr a que se dedicara a sacar pasta para el ejército, si de verdad quería hacer algo, así que se dedicó a recaudar fondos mediante besos y cosas como estas junto a actrices como Bette Davis.

Señora, déjese de inventos y venda besos

Durante los años 40 Hedy Lamarr se convirtió en una auténtica estrella del cine. Podía rechazar papeles e, incluso, desafiar a Louis B. Mayer y romper contratos con él. En su autobiografía cuenta su gran estrategia para conseguir que Cecil B. DeMille la fichara para ser su Dalila en esa historia bíblica en la que un cretino que no sabe guardar secretos (Sansón, interpretado por el cara difícil de Victor Mature) con mucho músculo, pero poco cerebro, se carga el templo de los filisteos con él dentro. Una película de la que ya habló, conmucha gracia y discernimiento, Doctora.

El tiempo no perdona en Hollywood, sobre todo a las mujeres, y, aunque la siempre supuesta autobiografía de la señora Lamarr debió ser escrita en su aún espléndida madurez, no nos cuenta que, después de un gran éxito y una gran fortuna, la ruina la llevó a vivir muy modestamente.

Hedy Lamarr murió en el año 2000 y jamás supo que su patente de encriptación de mensajes para teledirigir torpedos sirvió de base para desentramar el sistema de telecomunicaciones que usamos hoy día. Fue la base del Bluetooth y del tan utilizado sistema wi-fi. Como aporta Guillermo Balmori a modo de epílogo en la reciente edición española de “Éxtasis y yo” Se debe a Google en uno de sus Doodle, esos dibujitos conmemorativos del día internacional, en este caso de los inventores, del 9 de noviembre del 2015, justo en el 101 aniversario de esta actriz, también inventora, colocaba a Hedy Lamarr como la madre del sistema wi-fi. (De Antheil no sé si se dijo nada). Eso suscitó un aluvión de artículos en prensa, radios, blogs sobre el curioso hecho.

La actriz y sus bocetos

Hedy Lamarr está enterrada en Viena donde su hijo pudo, por fin, llevarla en el centenario de su nacimiento, cuando se dieron cuenta de que Hedy Lamarr no sólo fue una buena actriz de una belleza arrebatadora, sino que, además, era una brillante ingeniera que desarrolló la base científica por la cual me podéis leer desde vuestros terminales móviles.


Así reza en su tumba: “Las películas tienen un efímero lugar en un momento concreto. La tecnología es para siempre."

Podéis sumergiros en sus aventuras dentro de este libro:



"Éxtasis y yo", de Hedy Lamarr. Publicado por Editorial Notorius.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Mae West (1)

Famosa por su apariencia explosiva y sus réplicas ingeniosas, Mae West fue, sin embargo, mucho más que una muñequita neumática y deslenguada. Actriz, cantante, guionista, autora, directora y productora teatral, escenógrafa, diva y maestra de la ironía, permaneció activa durante ¡setenta años! y disfrutó enormemente escandalizando sin parar a los puritanos tiempos que le tocó vivir.



Entre Broadway y Hollywood

Mary Jane West nació en Brooklyn, en agosto de 1893, en una de esas familias que solo pueden existir en Nueva York. Hija de una modelo nacida en Alemania y un boxeador irlandés que luego se convirtió en detective privado, estudió canto y baile desde muy niña y con cinco años ya debutó en una compañía teatral de aficionados que representaba obritas en centros parroquiales o en tabernas como la famosa Neir’s de la calle 78, fundada en 1830 y todavía en funcionamiento.

Su debut profesional lo hizo en el vodevil con catorce años y cuatro después dio el salto a Broadway, al teatro musical. Su primer papel estelar lo obtuvo en 1926 con una obra explícitamente titulada Sex, que ella misma había escrito, producido y dirigido. Sex obtuvo malas críticas y un gran éxito de taquilla. También le supuso a West una denuncia por “corrupción de jóvenes” y ocho días de cárcel. El incidente hizo gran ruido en los medios y eso ayudó a la buena marcha del negocio. West aprendió algo que puso en práctica durante el resto de su carrera: escandaliza y triunfa.

Su siguiente obra se tituló The Drag y hablaba de homosexualidad. La representó en Connecticut y New Jersey, pero le fue imposible llevarla a Broadway, porque la Sociedad de Prevención del Vicio  se lo impidió.

West continuó escribiendo obritas escandalosas y peleándose con la censura de la época y en 1932, cercana a los 40 años (avanzadísima edad para comenzar una carera en el cine, sobre todo para las mujeres), fue contratada por la Paramount. Su primer film fue Noche tras noche y el segundo, Lady Lou, nacida para pecar, para el cual la propia West fichó a un mozalbete Cary Grant. Este segundo film fue un enorme éxito de público, salvó a la Paramount de la bancarrota y consiguió una nominación para el Oscar a la mejor película.

Siguiendo con la buena racha, en su tercer film con la Paramount, No soy ningún ángel, volvió a trabajar con Grant y volvió a triunfar en la taquilla. Así, en 1935 Mae West era la segunda persona mejor pagada de los Estados Unidos, después de William Randolph Hearts.

En 1939 West se enroló en la Universal y en 1943, en la Columbia, donde rodó The Heat’s On. Este film no gustó ni a la crítica ni al público y West quedó tan defraudada que tardó veintisiete años en rodar otro. Además, durante ese periodo sin películas, rechazó protagonizar El crepúsculo de los dioses, pues fue la primera actriz a la que ofrecieron el papel de Norma Desmond. Tras su negativa, Billy Wilder lo intentó con Mary Pickford, que también dijo que no. Gloria Swanson fue la tercera opción.

A Broadway regresó en 1994 para interpretar a Catalina de Rusia y al cine, como decimos, mucho más tarde, en 1970, para participar en un film de Gore Vidal, Myra Breckinridge,  que en su momento fue un desastre de crítica y público, pero que luego se convirtió en pieza de culto por ser de los pocos que trataban el asunto de la transexualidad.

Su última película, Sextette, de 1978, adaptación de un guion de la propia West, también fue un fracaso.



Radio, televisión, música, libros y Las Vegas

Desde finales de la década de 1930 hasta principios de la de 1960 West trabajó en varias producciones radiofónicas no menos escandalosas que las teatrales. Desde el nacimiento de la televisión también trabajó esporádicamente en el medio tanto en USA como en Gran Bretaña.

En los 50 tuvo su propio show en Las Vegas, donde creó estilo con su espectacular vestuario y fue pionera al invertir los papeles y actuar rodeada de musculosos bailarines casi desnudos.

Como cantante, grabó varios álbumes (un par de ellos de rock) y en la ceremonia de entrega de los Oscar de 1958 interpretó una de las canciones nominadas junto a Rock Hudson.

En 1959 publicó su autobiografía, Goodness Had Nothing to Do with It, que llegó a ser todo un best-seller. Además, trece años después, en 1972, fue actualizada y reeditada. Creo que no está en español. Si es así, a ver si alguna editorial se anima.

Me quedan por contaros varias cosas interesantes de la gran Mae West, que no se acaba nunca, pero, como este articulito me está quedando bastante tocho, lo dejo aquí y me despido hasta una nueva entrega. Hasta pronto, pues, saludos de vuestra amiga


Noemí Pastor

viernes, 22 de septiembre de 2017

Suena I left my love: un cine casi imposible de encontrar.


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Todo comienza con un encuadre de la caballería en movimiento ocupando la pantalla al ritmo de la memorable marcha I left my love , la canción de Stan Jones más popular de la Unión. Les acompaña de forma marcial y con ímpetu aunque a lo largo de la cinta sufrirá el mismo cansancio que sus soldados, cabalgando hacia un ocaso triste e incierto.

Como todos los grandes creadores, John Ford tiene su propio mundo, completo y cerrado, que, luego de haber sido contemplado, es fácil reconocer. Planteamiento de historia, personajes, planos y secuencias, fotografía, acciones, etc., que conforman ese mundo se encuentran de forma canónica en esta película.

El cine fordiano se mueve casi siempre entre tesis y antítesis, y Misión de audaces es uno de los ejemplos más claros de sus síntesis, de las ideas que el autor quiere transmitir. Las aparentes contradicciones que nos presenta son una forma peculiar y única de dar la vuelta a conceptos y valores para que su público los pueda apreciar desde diferentes puntos de vista, eso sí, marcados con un humor irlandés que lo hace único.

El argumento (basado, por cierto, en un suceso real), da un buen pie a tal planteamiento: en el marco de la Guerra Civil norteamericana, un grupo de soldados del ejército de la Unión comandados por el coronel John Marlowe (John Wayne), debe realizar una peligrosa incursión en territorio sudista para destruir una estación ferroviaria de gran importancia, Newton, que se ha convertido en un núcleo importante de abastecimiento del ejército confederado. En esta misión el responsable médico es el mayor Hank Kendall (William Holden). Y por el camino tendrán que hacerse cargo de una indomable mujer sureña, Hannah Hunter (Constance Towers), que ha intentado espiarles y revelar a su bando el objetivo de la incursión.

"Dïgame, ¿qué prefiere: muslito o pechuga?"

De entrada, los dos protagonistas masculinos suscitan dos formas de enfrentarse a la anticivilización que es la guerra, con una visión nada heroica y bajo un tono escéptico y amargo. El ingeniero ferroviario militar que por encima de todo se obliga a cumplir las órdenes recibidas (una misión cargada de ironía) y el médico militar al que por encima de todo le interesa su juramento hipocrático. Aparentemente son dos formas irreconciliables de ver y concebir la vida. Pero las aristas que presentan estos personajes, y que se van mostrando paulatinamente, demostrarán que no son tan distantes como parecen.


- ¡Yo no quería esto! ¡Quería evitar la lucha!
- Por eso mismo yo elegí la medicina

Si bien la concepción de la guerra que posee el médico se percibe claramente desde el principio y se mantiene hasta el final, el coronel se irá redescubriendo por el espectador a medida que avanza la película al mostrar un conflicto interior que le provoca sufrimiento; Marlowe lame sus heridas emocionales en soledad, no es un militar de carrera, ni vocacional, y el cumplimiento de sus objetivos militares le llega a envolver incluso en una penosa amargura.

El juego de equilibrio continuo entre los protagonistas masculinos nos muestra la lucha como ¿única? alternativa y los dilemas morales que plantean las guerras (recuérdese que Ford participó en la II Guerra Mundial como oficial de los servicios cinematográficos de la Armada y fue herido en combate durante la filmación de un documental en plena batalla de Midway); eso sí, bajo el sentido del humor y la grave socarronería fordianas (regado con las consiguientes dosis de whisky, «indispensable para poder confiar en un hombre» según afirmaba el propio Duke). Comienzos paralelos que acaban siendo caminos entrecruzados.


«I never trust a man who doesn't drink»
Nadie mejor que Wayne representó ese espíritu fordiano de la camaradería. Coincido plenamente con Arturo Pérez-Reverte: «John Ford sigue siendo literalmente Dios padre. Y John Wayne, por supuesto, su encarnación sobre la tierra».

Y es que, como en otras muchas ocasiones, Ford introduce una compleja variedad de personajes para poner de relieve el verdadero fondo de su obra. Los protagonistas comparten unos mismos códigos de honor, en los que predominan la nobleza y la valentía, que defienden por encima de cualquier circunstancia. Y entre esos protagonistas destaca el personaje femenino, la “rebelde” Hannah, definida con el mismo carácter que sus antagonistas. Es algo común en la obra fordiana encontrar mujeres con fuerza, entereza, valentía y resistencia, todo ello compatible con la sensibilidad, que o bien dan el contrapunto o bien reafirman los valores de los demás personajes. En este caso, se aprecia una evolución en la percepción del ser humano, al convivir con “el enemigo” y desdibujar fronteras entre buenos y malos, entre norte y sur: los códigos éticos, la caballerosidad y el mérito no son patrimonio de un solo bando, sino que son valores universales a través del espacio y del tiempo. Hannah Hunter es una mujer fordiana de armas tomar, capaz tanto de sentar en su mesa al enemigo como de cruzarle la cara al mismísimo general.

Aunque se trata de una película de género bélico, en la que aparentemente se ensalza una notable acción de guerra, en realidad el mensaje de fondo es netamente antibelicista. La sinrazón de la guerra se pone de manifiesto a lo largo de la historia y de diversos modos. No se evita la crudeza de las escenas de lucha y se da la vuelta a situaciones que en su concepción son una cosa pero se transforman a través de las imágenes en otra bien distinta. Por ejemplo, una victoria que consiguen las tropas de la Unión se convierte en una amarga derrota del espíritu debido a la masacre sufrida por el enemigo, que ni siquiera el alcohol (refugio-muleta muy propio de protagonistas fordianos) es capaz de mitigar. En este mismo sentido, una famosa secuencia en la que una compañía de cadetes infantiles confederados carga contra el experimentado y atónito escuadrón del coronel Marlowe, que daría lugar a la más espantosa situación imaginable incluso en una guerra, transforma su carácter bélico en un pasaje con tintes cómicos, mostrando a un curtido batallón de caballería perseguido por un conjunto de niños guiados por un anciano reverendo. Este episodio, por cierto, también posee base histórica (batalla de New Market).

Suena Bonnie Blue Flag...




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Por otra parte, el punto de vista estético de esta película no defrauda al más exigente espectador cinéfilo. Imágenes épicas y simbólicas, contraluces, un objetivo de cámara muchas veces teatral pero nunca sin un significado concreto: lenguaje visual, cine en estado puro que habla sin palabras. Sin ir más lejos, en las escenas finales se incluye una de las más hermosas declaraciones de amor de la historia del cine (a mi juicio) sin que ninguno de los personajes diga una sola palabra: el pañuelo de Hannah anudado al cuello de Marlowe en su despedida, donde la vida se lanza de nuevo al abismo intentando conservar en esa mirada azul la esperanza del reencuentro.

Aunque palabras, también las hay...

 "Ahora que voy a dejar de ser el motivo de sus sufrimientos, sepa que estoy enamorado de usted".
      
Misión de audaces es una cinta infravalorada que es necesario reivindicar, ya que incluye todos los elementos de la filmografía de John Ford, que aúna con su maestría lo épico y lo íntimo, el drama y el humor, lo trivial y lo trascendental. Tal como expresó su biógrafo Tag Gallagher: «Los detractores de su cine desatienden las sutilezas entre los extremos, el doble nivel de los discursos y el obsesivo alegato de su obra a favor de la tolerancia».

Una obra de arte creada por alguien que no pretendía hacer obras de arte: «Me llamo John Ford y hago películas del oeste».
Haciendo pelis del oeste...


Datos técnicos:

Título original: The Horse Soldiers
Año: 1959
Duración: 119 min.
Director: John Ford
Guion: John Lee Mahin, Martin Rackin (Novela: Harold Sinclair)
Música: David Buttolph
Fotografía: William H. Clothier
Reparto: John Wayne, William Holden, Constance Towers, Althea Gibson, Hoot Gibson, Russell Simpson, Anna Lee.
Productora: The Mirisch Corporation / Mahin-Rackin / United Artists
                                                                 
                                Dedicado a mi padre y a todos los @fordianos amantes del buen cine.                                                                                                                                          Mª Ángeles Lorente

viernes, 15 de septiembre de 2017

Verano 1993





Anoche en el cine vi la película "Verano 1993"(2017) de Clara Simó.
La película que nos representará en los próximos Oscars podríamos calificarla como drama acerca de la infancia y la familia,una opera prima de 97 minutos basada además en hechos reales, que hoy con cierta distancia,me deja sentimientos encontrados.

La obra de Clara Simó nos relata el verano de una niña de 6 años,Frida (Laia Artigas) que queda huérfana y es acogida por su tio materno y su mujer (Bruna Cusí y David Verdaguer) que ya tienen una niña de 4 años( (Paula Robles).




La vida en el campo,en algún lugar de la provincia de Gerona,es el escenario de un nuevo ciclo en el que Frida fraguará su incipiente bagaje emocional.

Sometida a todas las contradicciones que conlleva un pasado reciente marcado por la ausencia y la carencia,Frida irá poco a poco integrando toda una serie de viviencias en contacto directo con la naturaleza y en el seno de una familia con la que aprenderá a crear vínculos.


Incluso cuando se echa en falta tal vez una banda sonora a mi modo de ver más potente y cuando la acción a veces se convierta en no-acción, tal vez el principal punto fuerte de "Verano 1993" sea ese retrato honesto del devenir de la vida en la infancia,ese reflejo desnudo,puro y sin destilar de cada momento que resulta eterno cuando somos niños,la belleza de unas imagenes potentísimas en las que cada plano es una maravillosa fotografía de mil y una escenas de la vida cotidiana: bañarse en un río, saltar,jugar,colocar unos huevos,quedarse ausente,subirse a un árbol,correr,bailar,cantar,volver a jugar.....
Es también doloroso y tierno presenciar como espectadora las heridas abiertas que a nivel emocional arrastra una niña de 6 años que se encuentra en proceso de adaptación y transición  con su tronco familiar de origen diseccionado.
 Aún sabiendo lo dificil que es trabajar con niñ@s en el cine,la interpretación de Laia Artigas es asombrosa.

Tal vez en los pequeños detalles,está el testimonio directo de una época pasada: las vestimentas,la música,los dibujos animados de la tele vieja.....no hacen falta más referentes políticos o sociales, las imágenes nos transportan a los 90 y también nos muestran algunas señas de identidad cultural catalana a través de las canciones o juegos en la sobremesa,los gigantes y cabezudos...etc....


En mi opinión, todas estas claves contextuales son un punto fuerte de la película de cara los Oscar, porque en un mundo cada más globabilizado, como dijo Serrat " quien no es provinciano, en el extranjero, no tiene nada que contar ".....y es así como "Verano 1993" se convierte en un relato íntimo y honesto sobre una infancia en fase de reconstrucción, un argumento que es universal pero al mismo tiempo, local,particular,revestido de una cultura propia que la hace si cabe más único y personal.

No estamos ante nada nuevo ni rompedor sin embargo,el lenguaje al contar la historia, más al tratarse de un relato intrínsecamente enraizado a las vivencias  personales de la directora, le confieren un aire de verdad,salvando las distancias de la ambientación en los 90, que bien valen la detenida atención del espectad@r.
Por último, tal vez destacar que "Verano 1993" me ha parecido un auténtico laboratorio emocional,especialmente con el personaje de Frida,ya que asomarse a su interior,es una auténtica exploración de emociones a veces enfrentadas.Resulta apasionante presenciar cómo la niña siente amor,soledad,aislamiento,sensación de abandono,alegría,miedo,celos,odio, asombro,disfrute,dolor....es un escaparate emocional diverso y muy rico, en el que como se ha mencionado,el trabajo de Laia Artigas es digno de elogio y mención.

Poco más,amig@s, no espereis ni thriller psicológico ni giros sorprendentes de acción, "Verano 1993" es el transcurrir de un período en la infancia,una cámara que acompaña a una niña de 6 años y que deja registro de su crecimiento emocional,con todos sus pasos hacia adelante y hacia atrás,también con los altibajos de unos adultos que no siempre saben enfrentarse al gran desafío que supone críar, donde la infalible fórmula del amor incondicional parece ser la pócima secreta para unir los fragmentos aparentemente desquebrajados y casi imposibles de recomponer o recuperar.

Buen fin de semana zinéfil@s,

un fuerte abrazo,
Troyana.








viernes, 8 de septiembre de 2017

¡Preparados, listos y "geriacción"!

La última película que ví en el cine fue Atomic Blonde, pero ni los tacones asesinos de Charlize Theron, ni su capacidad para llevar un film, son el tema de este artículo (porque es evidente, que no hay que discutir ninguno de ellos).

La escena más brutal en una película de violencia explícita y con música que la hace "cool", es justamente, una que dura unos 10 minutos, llena de acción sin parar, golpes y de crudeza máxima, pero sin ninguna melodía de fondo. Y me sorprendió mucho, porque el resto de la película, llena de adrenalina, se hace de forma contraria. Quizá era el modo de hacerla sobresalir, por diferenciarla del resto. Y eso me lleva a que su director, David Leitch, antes dedicado a hacer más de especialista que a estar detrás de las cámaras, había hecho un film previo, también violento, llamado John Wick, con alguna de las mejores escenas de acción de los últimos tiempos.
 
No te metas con Charlize, ni con su edad para seguir en Hollywood
 o su capacidad para hacer películas de acción

John Wick llegó en 2014, y se convirtió en un éxito inesperado, que provocó una secuela (algo menor en mi opinión). Protagonizada por un Keanu Reeves superando la cincuentena, su personaje,  impecablemente trajeado, pertenecía a una sociedad secreta de asesinos con sus propios códigos. La cinta nos regalaba un repertorio de "mamporros" y tiros, rodados de forma directa y clara, al estilo asiático, que la diferenciaba de las películas "geriacción" vigente, es decir la acción protagonizada por actores de más de cincuenta años, que surgió, especialmente, desde que Liam Neeson se fuera a buscar a su niña perdida al Paris de Taken/Venganza (ya se sabe, la ciudad de la luz y el amor es la mar de peligrosa para cualquier joven soltera y norteamericana, que para eso se ha ido a Europa).

Le mataron lo último que le quedaba...pero no puedes imaginar que era....
En general, el término "geriacción" es aplicable a "viejas" glorias ochenteras, como el grupo de Stallone en The Expendables, donde las escenas de acción están sumamente editadas, y los actores principales hacen chistes o viven de la gloria de su pasado.

Ese año 2014 creó otra historia para la gran pantalla que también fue un auténtico shock: el director Matthew Vaughn metía en ese grupo de héroes con canas y arrugas a Colin Firth, para el film Kingsman: The Secret Service. Con un rol casi protagónico, a la par con el novato Taron Egerton, se mofaban del James Bond que nos trajo Daniel Craig y de todos esos films "oscuros" y melancólicos, con personajes de acción llenos de traumas. Recuperaba, en una parodia, la gloria de un héroe Bondiano a lo Roger Moore.

No creas que es sastre, ni que se inspira sólo en Moore,
porque también hay gotas de David Niven, pero, en realidad, es puro Firth

Kingsman también resultó ser un gran éxito que nadie esperaba, viendo el historial de Vaughn y lo humilde de su propuesta (más personal que comercial). Al igual que con Wick, hay sociedad secreta, trajes, perros y violencia, con una escena que supera en agresividad a todo lo que se haya visto hasta el momento. Tanto, que incluso impresionó al mismísimo rey del "tomate", Quentin Tarantino, que tuvo un pase previo mientras rodaba The Hateful Eight (ya que Samuel L. Jackson, protagonista del film, era el villano megalomaniaco que proponía Vaughn, y tenía "enchufe" antes del estreno de la cinta).

Aunque a Reeves podemos imaginárnoslo en estas lides, lo de Firth fue más sorprendente, acostumbrado como nos tiene, a sus papeles dramáticos o románticos. Quizá es por ello más efectivo, y por tanto su famosa "escena de la iglesia", es quizá uno de los mejores momentos de acción de todos los tiempos. Vamos por tanto a hablar un poco de estas escenas, donde resulta complicado contar el número de fallecidos que hay al final.

De John Wick, no hay nada mejor que quedarse con la "escena del club". Aunque el film es una colección de escenas sanguinarias durante todo su metraje, en mi opinión, es la mejor de todas. La propuesta de venganza del asesino sobre un grupo de mafiosos rusos, llena de complacencia al espectador...el motivo, bastante tonto y visceral de por qué Wick persigue al hijo del capo, se puede entender y compartir, y da lugar a este momento (obviamente, no apto para públicos sensibles).

 
 John Wick sigue su venganza a ritmo discotequero

Son 7 minutos aproxidamente de violencia clara y estilizada...la música pasa del tema Think de Kaleida (suavidad musical en contraposición con las imágenes) mientras están en el área de las piscinas, al más electrónico llamado Red Circle (de Castle Vania), cuando John entra al club y se produce una "matanza" mientras los asistentes bailan casi sin percatarse de lo que está pasando. Los disparos siguen el ritmo marcado por la melodía elecrónica, las luces del local, provocan un efecto hipnótico, propio de un videoclip.

En el caso de Kingsman, parodia "bondiana" como hemos dicho, la "escena de la iglesia" resulta tan irreverente como salvaje y hasta cómica, porque eso es lo que produce la violencia extrema, en una película que es tanto de acción como de risas. En este caso, debido al plan del villano, podemos entender que uno de nuestros héroes provoque un reguero de sangre sin precedentes. Que el director escoja una "iglesia" de odio en Kentucky, hace casi que perdonemos la "matanza" de inocentes, pero para que no nos sintamos tan mal, además de escuchar al predicador, la intervención de una "feligresa", hace que tengamos aún menos lástima por los que van a morir:

La respuesta de Harry Hart es oro puro

Y es cuando llega la famosa escena a ritmo de Free Bird de Lynyrd Skynyrd, con una sincronización perfecta, casi sin cortes y de una violencia extrema y cómica.

Harry Hart hace lo que puede por sobrevivir al momento

Y después de esto, nuestro concepto de Colin Firth peleándose con Hugh Grant en El Diario de Bridget Jones cambia para siempre.

Cinematográficamente, son dos escenas perfectamente engranadas, casi sin cortes, sin movimientos de cámara que confundan al espectador, sin lugar a ediciones liosas, planos oscuros o borrosos, con disparos, apuñalamientos, y sangre evidentes, y hechas para un momento perfecto para disfrutar de las palomitas (si es que podemos dejar de mirar la pantalla).

Eso sí, algunos podrán parecerles excesivas, y es que no todos tenemos el mismo gusto. Pero si se quiere ver algo nuevo, lejos de lo que Hollywood nos ha traído en los últimos años, son perfectas.

Que la dirección de John Wick estuviera en manos de un antiguo especialista, y que en el caso de Kingsman, Matthew Vaughn pusiera su punto de vista europeo y su inspiración comiquera o del Bond de Moore, podrían ser la causa de la creación de estos momentos llenos de violencia, trajes, música y protagonizados por actores de más de 50 años, que han resultado los mejores de los últimos años.

Carmen

PD: y quien diga que las mujeres no disfrutan de momentos así...creo que está muy equivocado, pero dejemos el debate para los comentarios o para otro día.
PD2: Kingsman, que iba a ser un film único y sin secuelas, verá su segunda parte en las próximas semanas, Kingsman: The Golden Circle. Que Firth repita y que consigan una escena tan cargada como la de arriba, es algo que tendremos que descubrir en los cines.

viernes, 1 de septiembre de 2017

El beso de la muerte

“A veces los malos principios tienen buenos finales” (Nettie Bianco).

Con lo que empieza y termina “El beso de la muerte”, de Henry Hathaway, es con las mismas hermosas imágenes nocturnas de Nueva York.  Con ellas, Hathaway, dota a esta película, una de las grandes del género negro norteamericano, de una simbólica estructura continua: principio y fin se unen, sin solución de continuidad, en una historia de enorme fuerza narrativa.

Su argumento se centra, aparentemente, en los esfuerzos de un hombre por redimirse de su pasado como delincuente. Pero, si arañamos un poco más allá de la superficie, podemos encontrarnos con que esta película contiene, además,  un fuerte mensaje simbólico.

La trama, basada en una novela del abogado y escritor Eleazar Lipsky,  es la siguiente: Nick Bianco, un atracador de poca monta, es detenido en el curso del robo a una joyería.  A pesar de los esfuerzos del fiscal encargado del caso, se niega a delatar a sus cómplices y es condenado a veinte años de cárcel. Tres años más tarde, al enterarse de que su mujer se ha suicidado y sus hijas están en un orfanato, Bianco consiente en la delación para poder salir de la cárcel y hacerse cargo de ellas. Ello le acarreará graves consecuencias…

 


Para entender el posible mensaje subliminal de la película, hay que señalar que en Estados Unidos se estrenó el 27 de agosto de 1947. Es decir, en el mismo año en que las diferencias entre Estados Unidos y la Unión Soviética, su inverosímil aliada durante la Segunda Guerra Mundial, eran ya irreconciliables.

Dentro de la ruptura abierta entre los dos grandes bloques mundiales, en marzo de 1947 el presidente Truman lanzó su programa para la contención del comunismo en Grecia y, poco después, se aprobó el Programa de Lealtad de empleados federales, con el fin de descubrir posibles espías de la Unión Soviética.

En esta atmosfera de tensión anticomunista, el Comité de Actividades Antiamericanas, que había sido creado en 1934 para perseguir la propaganda nazi en Estados Unidos, y en 1945 se había convertido en una  Comisión permanente de la Cámara de Representes,  se volcó en un objetivo fundamental: la persecución del comunismo en Estados Unidos.

Muchos ciudadanos estadounidenses fueron llamados a declarar ante el Comité; la mayoría funcionarios gubernamentales, por más que los casos que más fama alcanzaron han sido los relacionados con la industria cinematográfica. Especialmente famosos se hicieron los llamados  “Diez de Hollywood” (nueve guionistas y un director), que se negaron a declarar ante el Comité, basándose en la Primera Enmienda de la Constitución norteamericana, y fueron por ello encarcelados.

La táctica del  Comité fue favorecer la  exculpación de aquellos que delataran a presuntos comunistas  (y es justo reconocer que, dentro del ambiente de paranoia colectiva que se creó, también se descubrieron casos reales de espionaje, como el de Alger Hiss, que había ocupado un importante cargo del Departamento de Estado mientras espiaba para los soviéticos).




Este era el “espíritu de la época”, el clima social, en el que se desarrolla “El beso de la muerte” y que nos permite entender mejor el mensaje que lleva encubierto esta película, que se evidencia, por ejemplo en el siguiente dialogo:


Nick Bianco (Víctor Mature): Ahora soy un chivato.

Fiscal D´Angelo (Brian Donlevy: ¿Y eso te mortifica?

Nick Bianco: No…

Nick Bianco asume inicialmente, sin vacilar, veinte años de cárcel con tal de no convertirse en un delator. Más tarde sacrifica ese código de honor por un interés supremo: el bien de su familia. ¿No era acaso ese el mensaje del Comité de Actividades Antiamericanas? Que la delación era un comportamiento asumible, incluso honorable, cuando estaba en juego un interés superior: la seguridad de la patria.
¿Había visto la película el director Edward Dmytryk, inicialmente uno de los “Diez de Hollywood”, cuando, tras seis meses de cárcel, consintió en delatar a 26 compañeros? Se pueden hacer toda clase de suposiciones… Lo único cierto es que “El beso de la muerte” simboliza magníficamente el clima moral de su época:

Nick Bianco (Víctor Mature): Ya veo; sus procedimientos son tan sucios como los míos.

Fiscal D´Angelo  (Brian Donlevy): Pero con una diferencia: atacamos a la gentuza, no a las personas decentes.

Nick Bianco: Tiene razón…

Cuando rodó “El beso de la muerte” para la Fox, Hathaway, director polivalente que hizo grandes películas de diversos géneros, ya había dirigido varias películas de género negro, entre las que destaca  “La casa de la calle 92” (1945), porque en ella Hathaway rueda en la calle y con un marcado carácter documental.

En “El beso de la muerte”, Hathaway también rodó en escenarios reales: el edificio Chrysler donde transcurre el atraco inicial, el palacio de justicia y la cárcel de Sing Sing, las salas de fiesta y restaurantes…

 


Por ese salir a la calle y por su afán de realismo  (y en el caso de “La casa de la calle 92” por utilizar a actores no profesionales) a veces se encuadra a estas películas en un llamado “Neorrealismo norteamericano” que, realmente, no existió ni siquiera en el género negro, el más proclive a la crítica social. El verdadero Neorrealismo nació del enfrentamiento con una realidad que estaba muy lejos de ser la estadounidense: la pérdida de la guerra, el hundimiento económico y las heridas del fascismo.

En el cine norteamericano, a diferencia del Neorrealismo, siempre primó el afán evasivo, aunque en algunas películas se pueda rastrear algún rasgo neorrealista, como en “La jungla de asfalto”, de John Huston (y es muy significativo el modo tan diferente en que Huston,  miembro activo del Comité de la Primera Enmienda, opuesto al Comité de Actividades Antiamericanas, trata el tema de la delación  en su película, sólo tres años posterior a “El beso de la muerte”).

En Hathaway, al que seguramente impresionaría el estreno en 1945 de “Roma, ciudad abierta”, lo que verdaderamente prima es un realismo muy bien construido, apoyado, entre otros elementos, en el juego de luz: brillantes y diurnas para las escenas de familia, claroscuros para las escenas de tensión (las siniestras sombras que se acercan a la puerta de la casa de Bianco…)

 


La realidad es que en el  “El beso de la muerte”, Hathaway saca las cámaras a la calle, pero sin crítica social a la manera del Neorrealismo. Es verdad que inicialmente se dice  que Bianco delinque porque, tras su pasado de delincuente juvenil, ya no se le ofrece la oportunidad de un trabajo honrado. Pero, tras convertirse en un delator, lo encontramos inmerso en una muy feliz y desahogada vida familiar, disfrutando de una estupenda vivienda suburbana, difícilmente compatible con el que nos dicen que es su trabajo de simple obrero en una fábrica de ladrillos: todo un canto al “american way of life”. Entre la vida de las tiernas hijas de Bianco y la del conmovedor Bruno de “Ladrón de bicicletas” media todo un abismo económico, histórico, conceptual…

Sí existe una crítica implícita a la incapacidad de la Justicia, encarnada por el fiscal D´Angelo, para proteger a Bianco y a su familia de sus antiguos compañeros del hampa. Pero esta crítica queda diluida en el final feliz, que desentona bastante y choca contra el clima de fatalismo que sobrevuela toda la historia. Final amable que, probablemente, fue impuesto por la censura (la aplicación del famoso Código Hays), con la que Hathaway tuvo que luchar duramente a lo largo del rodaje de la película (el suicidio de la primera mujer de Nick sólo se acepta, porque era imprescindible para el desarrollo de la historia, a cambio de su brevísima mención y de que la mujer sea alcohólica, única excusa, junto con la enajenación mental, que se consentía para cometer el horrible pecado del suicidio).

Lo cierto es que hay que reconocerle a Hathaway el mérito de lograr que en su película, por encima de cualquier mensaje ideológico, llegue a primar la forma de contar la historia, llena de fuerza y tensión, con momentos excelentes como el de la bajada en el ascensor tras el atraco o las escenas finales de Bianco preparando su estrategia final contra el psicópata Udo.

En cuanto al reparto, sólo puede decirse que es irreprochable, porque aunque del protagonista, Víctor Mature, siempre dijeron que era muy mal actor, la realidad es que, bien dirigido, podía actuar muy dignamente.  En su famosa frase: "Yo no soy actor, tengo 64 películas que lo demuestran", hay, además de inteligente ironía, una evidente falsa modestia.

En verdad,  Mature realizó algunas interpretaciones sobresalientes que, generalmente, quedan oscurecidas por el protagonismo que siempre tomaba su físico en la pantalla… El Doc Holliday de “Pasión de los fuertes” (1946, John Ford) o el Horemheb de “Sinuhé el egipcio” (Michael Curtiz, 1954) lo colocan por encima de muchos otros que no tuvieron que cargar con su mala fama como actor. En “El beso de la muerte” encarna con gran verismo el dilema moral, la angustia y la tensión en que se desenvuelve Nick Bianco.

Pero en el caso concreto de “El beso de la muerte”, Mature tuvo la mala suerte de que su buena actuación quedará oscurecida por la de los otros dos personajes principales de la historia: Richard Widmark y Brian Donlevy.

 

Richard Widmark, en el papel del psicópata Tommy Udo, consiguió con su actuación, que fue también su estreno en el cine, el Globo de Oro y la única candidatura de su carrera a un Óscar (como mejor actor secundario). No es, ni mucho menos, el mejor Widmark (el que trabajó con Ford o con Stanley Kramer) pero sí fue un brillante comienzo de carrera cinematográfica.

Como Udo, Widmark creó un personaje  que se convertiría en símbolo del asesino sádico. De su psicópata beberán, posteriormente, otros muchos personajes similares (por ejemplo el Scorpio de “Harry el sucio”). Como suele pasar con estos personajes emblemáticos, Widmark acabaría harto de él: “¡Esa maldita risa mía!", dijo el actor en 1961 (año de las magníficas “Dos cabalgan juntos”, de Ford,  y “Vencedores o vencidos”, de Kramer). "Durante los dos años siguientes a la película, no me permitieron ni sonreír. El personaje era una bestia ridícula".

Pero lo cierto es que nadie que haya visto la película olvidará su risa, ni su imagen lanzando escaleras abajo a una anciana atada en una silla de ruedas…  o las siniestras implicaciones de lo que Udo le dice a Bianco: “Nos divertiremos juntos… ¿Tienes mujer y dos hijas? Ellas también se divertirán…”

Pero la mejor interpretación en esta película es la de Brian Donlevy como fiscal D´Angelo. Donlevy, uno de esos grandísimos secundarios que dio el Hollywood de la época dorada,  realiza una gran actuación como fiscal paternalista que provoca una emoción ambigua en el espectador, que incluso llega a sentir rechazo por el chantaje moral que utiliza con Bianco.

Y recordar también a Coleen Gray en uno de sus habituales papeles secundarios de amable comparsa femenina de los protagonistas masculinos  (“Río rojo”, de Howard Hawks, “Atraco perfecto”, de Kubrick…)cuya voz en off complementa una narración claramente dividida en secciones separadas  por fundidos en negro.

La película fue candidata al Óscar de 1948 a la mejor historia original. No lo logró pero si obtuvo el premio del Festival Internacional de Cine de Locarno al mejor guion original, obra de los grandes guionistas Ben Hecht ("Encadenados", "Luna Nueva")  y el especialista en diálogos Charles Lederer  ("Luna nueva", "La novia era él"), complementado por algunas escenas adicionales de Philip Dunne.

Gran película, hermosa, perturbadora y ambivalente en su reflejo de una época contradictoria.

Yolanda Noir