viernes, 20 de abril de 2018

Marathon Man


Qué me gusta a mi un buen thriller político, os dije cuando hablé aquí de Todos los hombres del presidente. Por eso me extraña tanto no haber visto hasta hace unos pocos días Marathon Man. Me extraña no haberla visto, al mismo tiempo que tengo la respuesta a la pregunta de por qué hasta ahora no la he visto: por pura casualidad. O no, porque tengo otra respuesta: porque me cae mal Dustin Hoffman; tan mal que, en alguna ocasión, en pleno ataque de pedantería, dirigiéndome a alguna jovenzuela o jovenzuelo y dándomelas de sabionda, he llegado a decir: ”Primera lección de cine: ninguna película con Dustin Hoffman merece la pena, excepto Tootsie.”
Apréciese la incoherencia y el cinismo de Hoffman, recientemente acusado públicamente de conducta sexual impropia con las señoras, que en Tootsie interpreta a un hombre que se hace pasar por mujer y sufre acoso y abusos sexuales y los denuncia. Apréciese igualmente mi propia incoherencia: me cae mal de siempre Hoffman, tras estas recientes acusaciones me cae todavía peor y dos veces he hablado aquí en este blog de películas que protagoniza. No estoy libre de pecado, pero tiro piedras.
                                                             "¿Puedo confiar en usted?" "No." (Foto: amazon.com)
Y ya que cito los nuevos aires feministas de Hollywood, no puedo dejar de decir que Marathon Man es una de esas pelis que a Alison Bechdel le provocarían ganas de cortarse las venas: no sale una mujer hasta aproximadamente el minuto veinte y es bastante secundaria; casi terciaria. Además, es una peli que chorrea testosterona: camaradería entre machos, peleas, agresividad, enfrentamientos “tribales” en Nueva York: latinos contra judíos, judíos contra europeos… Nótese que Marathon Man es una peli muy judía: la acción comienza en Nueva York el día de la festividad del Yom Kipur y visita varias veces los barrios judíos de la ciudad. Repasa los apellidos judíos de la ficha técnica y ya verás.
Tito Goya (1951-1985): "El peligro me divierte" (Foto: movie-dude.co.ok)
Marathon Man es muy judía y muy europea: además de en Nueva York se desarrolla en París y nos permite oír varias lenguas europeas: inglés, of course, francés (qué horror de pronunciación francesa la de Roy Schreider; en la versión doblada, claro), español (en un lugar que se supone que es Uruguay) y alemán. En este homenaje a la pluralidad lingüística europea me recuerda mucho Marathon Man a Malditos bastardos; en eso y en el contraste entre los hermanos protagonistas: Babe (Hoffman) es americano pobre y un poco paleto, mientras que Doc (Schreider) es rico, filoeuropeo, refinado y polígloto. Además, el personaje de Laurence Olivier, inspirado en Menguele, es muy hábil imitando acentos, lo cual le sirve para hacerse pasar por americano, inglés o lo que cuadre. Al propio Olivier esta habilidad también le sirvió para ganar un Oscar.
Otro aspecto que une Marathon Man con la actualidad es la moda del running: Hoffman interpreta a un joven doctorando (tenía 38 añazos cuando la rodó, pero como es chiquitito, cuela) que se prepara para correr la maratón (o el maratón, que ambos géneros son correctos según la RAE) de Nueva York y entrena por Central Park con un buen puñado de runners. Por cierto, cuando habla de su afición, no usa (otra vez en la versión doblada al español) los vocablos running ni footing ni jogging y en todas las escenas de entrenamiento no se ve a una sola mujer corriendo. Era 1976.
Veo una línea que une Marathon Man con su pasado y con el futuro. La línea que la une con el pasado la une evidentemente con Alfred Hitchcock, con sus macguffins y con su forma de recrear Europa en el cine y ese gusto por los lugares emblemáticos de las ciudades. Así, en Nueva York se nos muestran, como digo, los barrios judíos, Central Park y el puente de Brooklyn y en París se nos aparecen casi todos los topicazos de la ciudad: los cafés y sus terrazas, la ópera, el mercado de Les Puces, taxis modelo Citroën Tiburón, desayunos continentales en lujosos hoteles con vistas a la torre Eiffel, manifas “écolos”…
Y, de cara al futuro, veo la huella de Marathon Man, como ya os he dicho, en Malditos bastardos de Tarantino, en ¡Jo, qué noche! de Scorsese (esa laaaarga huida nocturna en pijama y albornoz, ese inquietante parecido físico entre Dustin Hoffman y Griffin Dunne) y en Único testigo, de Peter Weir (la tranquila campiña del este de los USA, mancillada, de repente, por coches negros amenazantes que portan hombres con armas y corbatas).
"¿Están a salvo? Is it safe?" (Foto: theaceblackblog.com)
Para acabar, os cuento las dos cosas que más me gustan de Marathon Man. La primera, que  tiene escenas antológicas como la del balón de fútbol (otro guiño “europeísta”), extraña y subyugante en su simplicidad, o la de la sesión de tortura (¿Están a salvo? Is it safe?). Y la segunda, que es una de esas pelis que comienzan con escenas que solo cobran sentido más adelante, que demoran las revelaciones y las explicaciones y las van soltando poquito a poco; de hecho, la explicación gorda llega tras una hora de metraje. Eso hace que la disfrutes quizás más todavía en un segundo visionado.

Ficha técnica (www.filmaffinity.com)
Título original  Marathon Man
Año  1976
Duración 125 min.
País  Estados Unidos
Dirección  John Schlesinger
Guion  William Goldman (Novela: William Goldman)
Música  Michael Small
Fotografía  Conrad Hall
Productora  Paramount Pictures

viernes, 13 de abril de 2018

¿BAILAMOS?

Fred y Ginger en acción

En mi infancia no veíamos mucho la tele. Había pocas horas al día, si  las películas tenían rombos no se podían ver y si eran tarde por la noche, tampoco. Eso sí, yo veía todo lo que me dejaban: Los Chipiritifáuticos, las novelas (¡qué grande El conde de Montecristo!), Estudio I, zarzuelas y todas las pelis posibles.  Creo que me gustaban todas. Las de vaqueros, las de romanos, las de humor, las de amor y las musicales. Ya sabéis que el mundo se divide en gente a la que le gustan los musicales y gente que los odia. Ahí no cabe término medio. Yo soy del primer grupo, y ya lo era de niña. A mí no me parecía absurdo que en medio de una conversación empezaran a cantar o bailar. En la televisión de aquellos años ponían muchísimas. También recuerdo ese género tan pintoresco que era el musical acuático, con Esther Williams a la cabeza. Creo que habré visto diez veces Escuela de sirenas. Pero mis favoritos, sin duda, eran Fred Astaire y Ginger Rogers. Pienso en Estados Unidos en esa época, en medio de la Gran Depresión, quizás eso influyó en que se hicieran tantas películas de evasión, de “amor y lujo”, con toques de humor sin ninguna acidez. El cine siempre ha sido un buen lugar donde refugiarse cuando las cosas están muy feas. He estado también mirando escenas de baile en youtube de otras películas que recordaba como “Check to chek “ de Sombrero de copa o “El continental” de La alegre divorciada.
El famoso musical acuático
No había vuelto a ver ninguna de sus películas desde aquellos lejanos años y últimamente me picó la curiosidad ¿qué me parecerían ahora? Como ha sido una ocurrencia muy de última hora, no me ha dado tiempo a localizar muchas y solo he vuelto a ver Amanda y Ritmo loco. Lo primero que me ha sorprendido es lo viejas, reviejas que son estas películas, quiero decir que ya eran muy viejas cuando las vimos, ¡de los años 30! No sé cómo no nos parecían rancias ya entonces… Pero como he dicho, nosotros no le hacíamos ascos a nada. Tengo que reconocer que las he mirado con buenos ojos, teniendo en consideración que tienen 80 años y que es casi como ver “obreros saliendo de la fábrica”. Por supuesto, lo esencial de la trama es el baile y eso ha envejecido bien. Me siguen fascinando los números musicales. Los argumentos son muy ingenuos, casi un pretexto para darles ocasión de bailar. Un cierto enredo en “chico conoce chica” que, por supuesto, acabará bien.
Amanda (atención al vestido)

Las dos que he conseguido volver a ver son del mismo director, Mark Sandrich, que también dirigió a la pareja en otras tres ocasiones. Las tramas son muy simples. En Amanda, Ralph Bellamy está enamorado de Ginger Rogers pero ella tiene un  total rechazo al matrimonio , por eso le pide a su amigo Fred Astaire ,que es un famoso psicoanalista, que intente curarla para que acceda a casarse con él. Por supuesto, ella se enamora de Fred Astaire y tras varios enredos y bailes, acaban juntos. En Ritmo loco, Fred Astaire encarna a un bailarín clásico (Petrov) que está aburrido del ballet y quiere bailar claqué. Ginger Rogers es una famosa bailarina de music-hall de la que Petrov está enamorado pese a no conocerla en persona.  
Ritmo loco
De nuevo enredos y bailes y final feliz. Como dato curioso, he leído que en ninguna película se besan, pese a ser siempre pareja. De los dos, el mejor bailarín era Fred Astaire según todos los entendidos. Comenzó a bailar muy joven con su hermana Adele. Su primera prueba para el cine debió resultar un desastre, el informe decía algo así “no sabe actuar, no sabe cantar, tiene entradas. Baila un poco”. Gran visión de futuro el que escribió el informe. Para decir que Fred Astaire baila un poco hay que poner el listón muy alto. O ser un tarugo (me inclino por la segunda opción). Dicen que en la pareja él aportaba estilo y elegancia y ella sensualidad. Fred Astaire tuvo otras parejas, algunas incluso mejores bailarinas (de nuevo según los entendidos) ,como Paulette Goddard,
,  Rita Hayworth  o Eleanor Powell, pero la pareja formada con Ginger Rogers tuvo una química especial que cautivó al público. Pese al cierto temor con que las he visto, he vuelto a disfrutar con estas películas. No sé si es la nostalgia o lo buenos qué son los números musicales, pero siguen valiendo la pena.
Laura Balagué (Mona Jacinta)

martes, 10 de abril de 2018

El halcón maltés


No se puede hablar con buen juicio si no se tiene práctica (Kaspar Gutman, el Hombre gordo de El halcón maltés).

Durante los años treinta del siglo XX,  en Estados Unidos se hicieron muy populares las crudas novelas negras de autores como Dashiell Hammett, James M. Cain, W. R. Burnett o Raymond Chandler. Eran los años turbulentos de la Gran Depresión, con su correspondiente auge de la corrupción política y la delincuencia.

Al cine, sujeto a la necesidad de grandes capitales, la tendencia llegó algo más tarde, cuando el gusto por esa literatura se había ya consolidado entre el público y el invertir en ese tipo de películas no suponía ya un gran riesgo.

La película que inició el género negro cinematográfico fue El halcón maltés, de John Huston, estrenada en 1941. A partir de ese momento puede hablarse realmente de un cine negro, con diferencias sustanciales de las películas de gánsteres que tanto habían proliferado en Estados Unidos durante la década anterior.
Muy poco antes de rodar El halcón maltés,  la Warner había estrenado El último refugio, una de esas películas de gánsteres que mencionamos, dirigida por Raoul Walsh  y protagonizada, en su primer papel estelar, por Humphrey Bogart. Esta película se basaba en una novela de W. R. Burnett y los guionistas del filme fueron el propio autor y John Huston, un guionista que había realizado innumerables y muy buenos guiones durante los años 30.

Tras el éxito de El último refugio, la Warner cumplió la promesa que le había hecho a Huston de permitirle dirigir una película. Lo relata él mismo en sus apasionantes memorias A libro abierto:

“Paul Kohner había escrito en mi contrato que si la Warner volvía a renovármelo, yo podría dirigir una película. Elegí la novela de Dashiell Hammett El halcón maltés. Ya había sido filmada dos veces anteriormente – la versión de Roy Del Ruth en 1931 y la de William Dieterle en 1936, con Bette Davis de mujer fatal-, pero nunca con éxito. Blanke y Wallis se sorprendieron de que yo quisiera volver a hacer una película que había fracasado dos veces, pero el hecho era que El halcón nunca había sido realmente trasladada a la pantalla. Los guiones anteriores habían sido productos de escritores que habían pretendido poner su propio sello en la historia escribiéndola de nuevo, con escenas innecesarias.”
Huston se atuvo fielmente a la novela de Hammett, publicada en 1929: el detective Sam Spade investiga el asesinato de su socio, Miles Archer, cuando realizaba un trabajo para la candorosa Brigid O´Shaughnessy, cliente de la agencia de ambos;  muy pronto, Spade descubrirá que la historia ficticia que le ha contado su clienta encubre realmente la lucha por hacerse con una valiosa estatuilla de un halcón de oro (tributo de los caballeros de Malta al emperador Carlos V). La disputa por el halcón, en la que estarán involucrados, además de Brigid, los delincuentes Joel Cairo, Kasper Gutman y Wilmer,  dará lugar a varios asesinatos.

Inicialmente, la Warner le ofreció el papel protagonista, el del detective Sam Spade, a George Raft, (uno de los actores, junto con James Cagney, Edward G. Robinson o Paul Muni, más habituales en las películas de gánsteres)  pero éste lo rechazó, porque no quería trabajar con un director primerizo, y la Warner se lo encomendó entonces a Bogart, con gran satisfacción de Huston, que opinaba lo siguiente del actor:

“Bogie era un hombre de estatura media, no particularmente notable fuera de la pantalla, pero algo sucedía cuando estaba interpretando el papel adecuado. Aquellas luces y sombras se transformaban en una personalidad diferente y más noble: heroica como en El último refugio. Juraría que la cámara tiene una forma especial de ver el interior de una persona y de registrar cosas que el ojo desnudo no percibe.”
Y lo cierto es que Bogart fue el perfecto Sam Spade; tanto como cinco años más tarde sería el más perfecto Philip Marlowe, el otro gran detective clásico de la novela negra norteamericana. Humphrey Bogart, como ningún otro actor, encarnó a esos dos detectives duros y cínicos que tan sólo se atenían a su propio código moral.

La personalidad de Spade queda perfectamente definida en la película por otro de los personajes, el Hombre gordo, cuando le dice al detective:

¡Caramba! Es usted extraordinario. Ya lo creo. Nunca se sabe lo que va a decir o hacer; pero si se sabe que, sin duda, será algo asombroso.

Y la moral de Spade la resume muy bien el propio detective cuando le comenta al personaje interpretado por Mary Astor:

“Escucha bien: se supone que si matan a tu socio tienes que hacer algo al respecto. No importa lo que pensaras de él, era tu socio y debes actuar de alguna manera. Ten en cuenta, además, la naturaleza de mi profesión. Si matan a un miembro de una agencia de detectives, es mala cosa dejar que el asesino quede impune. Malo para esa agencia en particular y malo para los detectives en general.”

Sí, Spade podía tener una aventura con la mujer de su socio y no tenerle demasiado aprecio, pero eso no iba a impedirle “hacer algo al respecto” cuando asesinen a su colega.

El propio Huston se encargó de realizar el guion de la película, ateniéndose fielmente a la novela.  Ese fue uno de los grandes aciertos del filme. En cuanto a su inexperiencia como director, la subsanó poniendo en la empresa toda su voluntad, que era mucha, y todas sus capacidades, que también lo eran (incluyendo, en otro orden de cosas,  también las de actor, pintor, escritor, boxeador… y, especialmente,  gran vividor).

Llevaba mucho tiempo luchando porque le dieran la oportunidad de dirigir y, una vez que la logró, no estaba dispuesto a desperdiciarla. Él mismo lo contó:

“Yo me preparé muy bien para mi primer trabajo como director. El halcón maltés tenía un guion muy cuidadosamente estructurado, no sólo escena por escena, sino plano por plano. Hice un esquema de cada plano. Si tenía que hacer una panorámica o un plano con grúa, lo indicaba. Yo no quería en ningún caso tener dudas delante de los actores o del equipo técnico. Comenté la planificación con Willy Wyler. Me hizo algunas sugerencias, pero en conjunto aprobó lo que vio. También le enseñé la planificación a mi productor, Henry Blanke. Todo lo que Blanke dijo fue:

— John, solamente ten presente que cada escena, cuando la ruedes, es la escena más importante de la película.

Este es el mejor consejo que un director joven puede recibir.”

Huston no cambió ni una línea del diálogo durante todo el rodaje y sólo eliminó una escena corta porque se dio cuenta de que podía sustituirla por una llamada telefónica sin que se perdiera nada de la historia.

Esa es también una de las grandes virtudes de la película: que no sobra ni falta nada, cada escena es perfecta en sí misma y respecto al conjunto de la historia.
También desde el punto de vista técnico la película es excepcional, tanto en los juegos de luces y sombras como en el habilidoso uso de la cámara; como en la escena larga en el apartamento de Spade, hecha no a base de planos sino con movimientos de cámara. Sobre esta escena Huston comentó:

“La rodamos en una sola toma. Los hombres que movían la dolly tenían que saberse el diálogo tan bien como los actores; el suspense durante la toma fue electrizante, pero Arthur Edeson, el cámara, lo consiguió. No recuerdo exactamente cuántos movimientos de cámara se hicieron, pero me viene a la memoria el número veintiséis”.

El halcón maltés había sido pensada inicialmente por los directivos de la Warner como una película de serie B, lo que en la práctica significaba  que su rodaje debía de ser muchos más rápido (el doble, aproximadamente unas seis páginas de guion al día) que el de una de serie A, puesto que el presupuesto era mucho más reducido. Huston se atuvo estrictamente a los tiempos y presupuestos determinados y con los medios de una película de serie B no consiguió una de serie A: consiguió una obra maestra que se convirtió en el principio canónico del género.

Y, por supuesto, la otra baza con la que contó Huston para lograr una gran película fue el elenco magnífico de actores del que dispuso. Y él lo sabía y así, aunque planificó cuidadosamente todos los detalles del rodaje,  también supo darles mucha libertad  a la hora de desenvolverse en escena (“Sólo un veinticinco por ciento de las veces, aproximadamente, fue necesario hacer que se adaptaran a mi idea original”).

Del inglés Sydney Greenstreet, con mucha experiencia teatral pero ninguna cinematográfica, Huston opinaba “…estuvo perfecto en su papel del Hombre gordo desde el principio hasta el fin. Yo sólo tuve que sentarme tras la cámara y disfrutar de su interpretación.”

Por su parte,  Mary Astor, la primera verdadera Femme fatale que el cine negro nos ha regalado, supo dotar a su personaje, Brigid O’Shaughnessy, de la más dulce y engañosa ingenuidad; porque si Bette Davis en La Carta la había precedido como mujer despiadada,  su personaje estaba empujado por el amor no correspondido y el despecho, mientras que el personaje de Brigid utiliza su atractivo sexual sin más excusa que su ambición.

De Peter Lorre, en su papel de Joel Cairo, sólo se puede decir que realizó una interpretación perfecta, mereciendo sobradamente las palabras que le dedicó Huston “…fue uno de los actores más ajustados y sutiles con los que trabajé nunca”.

La pareja de villanos encarnada por Greenstreet y Lorre fue tan convincente y tuvo tanto éxito que en los años siguientes ambos repitieran tándem de malvados en otras ocho películas.
Elisha Cook, Jr., como Wilmer, el matón y cabeza de turco, realizó también una estupenda actuación. Cinco años después volvería a trabajar con Humphrey Bogart en El Sueño eterno.

Y también hacía un pequeño papel Walter Huston, el padre de John, que unos años más tarde, en 1948, lograría el Óscar al mejor actor de reparto con otra gran película de su hijo, El tesoro de Sierra Madre.

Al parecer la conexión entre los actores y el director fue tan buena, más allá del set de rodaje,  que todas las noches  Bogart, Lorre, Ward Bond (el actor fetiche de John Ford, que aquí hace del detective Tom Polhaus) y Mary Astor se iban juntos de copas: “Todos pensábamos que estábamos haciendo algo bueno, pero ninguno tenía ni idea de que El halcón maltés sería un gran éxito y que con el tiempo se convertiría en un clásico”.

El colofón de la película lo constituyó la música del compositor Adolph Deutsch. La Warner volvió a dar muestras de la confianza que tenía en Huston al permitirle trabajar directamente con el compositor, algo que estaba normalmente reservado a los directores más importantes. Huston y Deutsch trabajaron mano a mano para conseguir que la música resaltará la acción en los momentos que Huston deseaba. Fue un acierto total.

Al pase privado de la película asistieron, sorprendentemente para una película de serie B, los directivos de la Warner. Su impresión fue tan buena que no se hizo ningún cambio en el metraje y  la película se estrenó con el respaldo total de la Compañía. El éxito de público y crítica fue inmediato. Consolidó la carrera de Bogart, lanzó la de Huston y significó un hito absoluto dentro del género al que daba inicio.

A Bogart y Huston les dio tiempo, hasta la temprana muerte del actor, en 1957, de colaborar en otras cinco películas (A través del Pacífico, El tesoro de Sierra Madre, Cayo Largo, La reina de África y La burla del diablo) y para seguir siendo tan grandes amigos que Bacall le encargó a Huston el panegírico de Bogie; en él, el director dejó claro su cariño por el hombre y su admiración por el actor “…era un actor. No una estrella, sino un actor”.

Los constantes y sorprendentes giros argumentales de la película, su peculiar humor, los sombríos escenarios de densa atmósfera, con absoluta predilección por interiores o escenas nocturnas, se convirtieron en características propias del nuevo género cinematográfico.

Sí, Huston aprovechó magníficamente la oportunidad que le dieron y consiguió hacer de su primera película un clásico imprescindible.  Para cuando se despidió del cine, y de la vida, con la hermosa Dublineses (1987), había dirigido ya 41 película, con títulos como El tesoro de Sierra Madre (con la que consiguió el Óscar al mejor director y al mejor guion), La jungla de asfalto, La reina de África (que le dio el Óscar a Humphrey Bogart), El hombre que pudo reinar… En muchas de ellas volvería a estar presente el tema central de El halcón maltés (ese pájaro que pesaba mucho porque “es del material con que se forjan los sueños”): un grupo de personas luchando por hacerse con un tesoro que finalmente se esfumará ante sus ojos.
Yolanda Noir

viernes, 23 de marzo de 2018

Fariña de otro costal (Airbag, 1997)


El fenómeno de la temporada se llama Fariña, una serie para televisión que está basada en un libro de fondo periodístico nada menos. Su autor, Nacho Carretero cuenta la historia del nacimiento del narcotráfico en Galicia y los grandes capos, Lorenzo Oubiña, Sito Miñanco, Marcial Dorado o los Charlines. Tiene su cierto punto eso de que este libro haya sido secuestrado por orden judicial tres años después de haberse publicado, quizá porque nadie lo leyó en su día y la tele tira más que la lectura. El escándalo del secuestro judicial, a petición del alcalde de O Grove, pueblo costero das Rías Baixas, donde se daba con fruición el desembarco de farlopa, ha sido un gran reclamo publicitario. 

Cartel de la peli

Nos felicitamos porque siempre es bienvenido que, de obras de no ficción, salgan películas y series estupendas que todos creen originales de avezados guionistas, ya sea como este caso o el de B, la película, donde el director navarro David Ilundáin filma las declaraciones judiciales de un Bárcenas encarnado por Pedro Casablanc y a todossorprende como si fuera ficción.

Pero no voy a hablar ni de la serie donde nos cuentan las historias reales dramatizadas de los narcos gallegos ni de los chanchullos del tesorero del partido con más imputados por corrupción de Europa, sino de una película de ficción del año 1997, que, en su día, y hasta la llegada de Torrente, el brazo tonto de la ley, fue la película más taquillera de la historia del cine español. Me estoy refiriendo a Airbag, de Juanma Bajo Ulloa. Una road movie llena de ironía, humor grueso intencionado y momentos chuscos. Y os preguntaréis ¿Por qué? Pues porque durante años, a pesar de ser sabido lo que pasaba en las costas gallegas con aquellos que se hacían ricos con las descargas de drogas, nadie osó hacer una peli en la que se hablara de la relación entre los narcos, los políticos, el dinero negro y la corrupción...Hasta Airbag. Es por eso que el propio Nacho Carretero, autor de Fariña, menciona esta película en su propio libro explicando que, a pesar de ser una comedia salvaje que no acusa a nadie, pega un par de tiritos (No penséis en el doble sentido, o sí)sobre la connivencia del narcopolitiqueo.

La fariña lava más blanco.

En la página 113 del libro de Carretero se encuentra este párrafo:  Puede parecer una broma, o también una evidencia de lo poco que ha reflejado el cine la realidad social de las rías gallegas en aquella época, pero una de las películas que mejor muestran estos años dorados del narcotráfico es la comedia «Aribag». En clave de humor —en ocasiones absurdo y no siempre efectivo— la película presenta a un capo gallego interpretado por Paco Rabal que intenta cerrar un trato con traficantes portugueses. Rabal es un personaje que viaja con chófer, enjoyado, violento, acompañado de mujeres jóvenes y bienvenido en el casino. También es socio y benefactor de políticos. La película está plagada de giros y detalles que parodian lo que eran los capos en aquella Galicia. Y en la parodia hay una carga de realidad que, probablemente, muchos espectadores no creyeron en su momento. En una secuencia del filme, el narco interpretado por Rabal amenaza a los protagonistas que, rodeados y apuntados por armas, intentan calmar los ánimos diciendo: «No puede disparar, hay decenas de testigos aquí». El capo mira a su alrededor y responde: «Son ciudadanos. Y la ciudad es mía. Y por cierto, los jueces también» 

No fue hasta ocho años después que Gerardo Herrero se atrevió a filmar Heroína, protagonozada por la siempre eficaz Adriana Ozores, en el que cuenta la lucha titánica y el tesón de las madres gallegas que viendo, impotentes, el destrozo que la droga causaba en sus hijos, se alzaron contra la impunidad de los narcos . Está basado en la historia de las mádres que crearon érguete, la asociación de madres contra la droga y quienes se hacían de oro propagando la muerte de toda una generación.

María de Medeiros, esta película tampoco pasa el test de Bedchel

Volviendo del aparte, Airbag es una road movie paródica, exagerada, irónica, con muchas dosis de humor, escenas de acción trepidante y muchos guiños a la situación real de colegueo en el poder entre narcotraficantes y políticos. Una película totalmente diferente a las que Juanma Bajo Ulloa rodaba por aquél entonces. Recordemos que en el año 97 Bajo Ulloa, que viene de rodar sus muy personales "alas de mariposa" o "la madre muerta", sorprende con este encargo que le han hecho que se sale de sus pelis intimistas. La peli mantiene una acción trepidante en sus dos horas y te obliga a prestar una atención constante para no perderte los gags, guiños o acciones en segundo o tercer plano.

Sinopsis: Juantxo (Karra Elejalde) es un niño pijo, bastante más pijo que niño, a su provecta edad, a punto de casarse con una muñequita de su condición social, que se marcha de despedida de soltero con sus amigos de toda la vida,  Paco (Alberto Sanjuan) y Conradín ( Fernando Guillén Cuervo). Durante la despedida, la cosa se enreda entre la pérdida del anillo de compromiso (Una pena que todavía Peter Jackson no hubiera presentado su saga de Tolkien, porque nos hubiéramos reído a buen seguro), los desencuentros con unos narcos portugueses, cocaína por todas partes y el señor Vilambrosa (Paco Rabal).

Villambrosa (Paco Rabal) Es un poderoso narco que nada en la "ambulancia"

La película gustó al público, no así a los críticos, ya que era un pelín zafia, pero ese es parte de su encanto. Si había algo que disgustaba era la tolerancia a la prostitución y al tráfico de mujeres que presentaba la película, como si fuera algo natural e inevitable. Junto a la hilarante zafiedad buscada, uno de los encantos de la peli era encontrar las caras conocidas de los actores que se prestaban a los cameos, idea que luego recogió Santiago Segura, que en Airbag interpretaba a un político rastrero y pederasta, para su inminente "Torrente, el brazo tonto de la ley". Quién salió bien parado de la película fue el inconmensurable Manuel Manquiña en el papel de Pazos, el hombre para todo del señor Vilambrosa, un papel bombón donde encarna a un duro matón disléxico y ceporro.

Manquiña dándolo todo

La peli para su director significó un punto de inflexión en su carrera. Consiguió con Airbag gran popularidad, y, sin embargo, no volvió a rodar un largometraje, intimista, hasta siete años después. (Frágil, 2004), su siguiente largometraje, rey gitano, no se estrenó hasta 2015. Se vendió como un Airbag 2, porque muchos de sus protagonistas repetían con el director, como Karra Elejalde o Manuel Manquiña. La película, esta vez, aunque pretendía repetir la fórmula de Airbag, defraudó las expectativas de todo el mundo. La película era aburrida, insustancial y daba demasiado protagonismo a un actor, Arturo Valls, que no acaba de convencer poniendo muy forzado ese acento caló.


Cameos hasta para culebrón televisivo

Sea lo que fuere, Airbag se convirtió en una peli icono de la juventud de los 90. Acción trepidante, trompos de coche, humor ácido y una música espectacular. De hecho, es de lo mejorcito de la peli: Su música que, aparte de esa guitarra hipnótica, también tiene buenas canciones de otros grupos. Airbag a muchos les pareció violenta y chabacana, pero, desde luego, que era lo que se pretendía por aquél entonces.

Albert Plà, el padre Burrutxaga

Muchos recordarán al popular cocinero Karlos Arguiñano esforzándose por cumplir con su papel de ludópata de clase alta, padre de Juantxo. Arguiñano participó con el papel porque era socio de la productora, Asegarce, dedicada fundamentalmente a la pelota vasca (Nada que ver con Médem). La experiencia cuajó lo suficiente para que Asegarce financiara otra peli en la que los actores de Airbag Karra Elejalde y Fernando Guillén Cuervo dirigieran y protagonizaran otra película parodia sobre las drogas blandas y las apariciones de la virgen en la que se llamó Año Mariano (1999). Arguiñano también tenía su papelito de pastor quesero.


Juanma Bajo Ulloa en la buena época.

Hay que tener en cuenta que Airbag fue una road movie marchosa rodada ya hace más de veinte años, que hoy día escandalizaría por la frivolidad con la que se trata, por ejemplo, la prostitución de niñas adolescentes, y es que, por mucho que fuera clasificada como comedia encerraba una crítica mordaz de cómo funcionan las cosas en las cotas de poder. Amparándose en el humor denunciaba, siempre solapadamente, todo aquello que el libro Fariña documenta en sus páginas y que ha molestado tanto a algún alcalde de villa costera famosa por su laboriosidad narcotraficante. Un secreto a voces que pasó, gracias a las carcajadas del público, delante de las narices de todos los que ahora se indignan porque sus nombres estén bajo sospecha salpicados por operaciones nécora, campeón o tabaiba. Las implicaciones de los señores de la harina, los políticos, las fuerzas de seguridad, los clubes de carretera y los casinos parecieron muy graciosas en una ficción coquetamente asalvajada que encerraba una muy grave verdad que tanto molesta hoy día, por la que se secuestran libros ya publicados hace tres años que dan publicidad extra a series que novelan una historia real que aún subiste hoy día por aquella zona.

Se despide, sin aspiraciones,

Juli Gan.

viernes, 16 de marzo de 2018

Hay remakes que matan

La femme infidèle
Claude Chabrol Francia 1969

Unfaithful
Adrian Lyne

EEUU 2002
 










Hoy vengo con un remake criminal: el de un film de Claude Chabrol, La femme infidèle (en adelante LFI), criminal como casi todos los de Chabrol, devenido en Unfaithful  (en adelante, U) por obra y gracia de Adrian Lyne.

De Claude Chabrol a Adrian Lyne la distancia es infinita, sideral, lo sé; cuantitativa y cualitativa. Así y todo, vamos a darle un poco de canchita y a contar alguna cosa de ambos filmes.

Empezaré quizás por lo más tangencial. Por el tufo misógino repelente de los dos títulos. En ambos  la infidelidad femenina es el origen del todo mal, la fuente de toda desgracia. Cuando los infieles son los hombres, en cambio, ya se sabe que no pasa nada. Y ese querer poner el asesinato a la altura (o bajura) ética del adulterio, pues no, va a ser que no me convence. En el caso americano, tengo la sensación de que se pretende rematar la advertencia lanzada en Atracción Fatal: “Infidelidad equivale a tremendo follón. No hagan esto en sus casas, señoras.”


Con todo, su mensaje, su moraleja, funciona. Nadie que esté pensando engañar a su pareja se sentirá con más ganas de hacerlo tras ver U.


LFI

LFI, a pesar de su título, no coloca en la pista central a la mujer infiel, sino que el protagonista es su marido, su angustia vital, su dolor al descubrir que la que él creía la esposa perfecta es una despreciable adúltera. Chabrol construye un personaje creíble, un burguesito anodino y adinerado que no hace en su vida nada estridente, ni siquiera cuando se carga al amante de su mujer.

Es como si Chabrol se hubiera propuesto (y quizá así se lo propuso) decirnos que el crimen es tan vulgar y aburrido como nuestras propias vidas, como si quisiera filmar un docu-reality estrictamente basado en hechos reales y no una obra de ficción, con personajes hieráticos, nada teatrales, nada épicos ni románticos, con diálogos planos hasta el bostezo, repletos de las irritantes nimiedades de la cotidianidad.


No obstante, si tuviera que describirla en dos líneas, diría que LFI es una peli sobre el horror escondido bajo nuestras superficies aburguesadas, sobre los secretos oscuros que no compartimos con nadie, pero no por ello dejan de existir.


U

El remake americano hace un guiño a su origen francés y pone en el papel de seductor a Olivier Martinez; interpreta a Paul Martel, francesito residente en New York al que no hay dama suburbial que se le resista. Otro guiño a su origen galo es que Olivier Martinez es marchante de libros, mientras el amante original era escritor.

U parece una historia de protagonismo femenino. Y de una mujer madura. ¡Oh, rareza! Pero de muy buen ver. Y aquí ya no es tan original. Diane Lane cumple bien con su interpretación en la primer a mitad del film, la parte que protagoniza. Es de destacar su escena solitaria de regreso a casa en tren tras el primer encuentro sexual con su nuevo amante. Explota de emociones que chocan unas contra otras, como si en vez de habitar ella el interior del tren suburbano, habitaran varios trenes en su interior y no dejaran de colisionar y provocar estallidos, fuego, ruido, humo. Solo por esa escena ya está justificada su nominación al Oscar como mejor actriz protagonista.

Pero no. Luego U desvía el foco y lo coloca sobre el esposo, como en LFI, sobre su reacción, su dolor, sus sentimientos.

A Richard Gere unos añitos antes le habría tocado el papel de jovencito seductor, pero ahora le toca el de maduro marido engañado. Saca su limitado repertorio de gestitos faciales y no convence a nadie.

A Olivier Martinez, la otra punta del triángulo, no le da tiempo de hacer nada decente, aparte de desplegar su encanto de francesito loco de amor.

U posee o quiere poseer ecos de “Delitos y faltas” o “Match Point” de Woody Allen, porque nos deja dándole vueltas a la pregunta: ¿se puede o no se puede olvidar algo terrible que has hecho? ¿Te va a pesar para siempre en la conciencia o cada vez será el peso más ligero hasta que un día te levantes de la cama y no pienses en ello?

A mí me interesa esta cuestión moral. Quizás por eso veo con buenos ojos esta peli.


Más pequeñas diferencias y  algo en común


Las hay. Por ejemplo, en LFI Stéphane Audran, la mujer infiel del título tiene “otra” presencia. Es más imponente que Diana Lane, más altiva, más hierática, da más miedo. En U Lane y su personaje, en cambio, son mucho más amables y acogedoras; componen una más adorable mamá guapetona de familia pudiente pero sencilla, más para todos los públicos.

En LFI Audran es infiel básicamente porque se aburre. La vida en los suburbios es tediosa. En cambio, en U Connie, el personaje de Lane, está quemada, se irrita. Si le preguntaran, diría que es feliz y creería decir la verdad, pero inconscientemente se le escapa el disgusto con su vida de dama de las afueras entregada a subastas benéficas.

Y, ya para acabar, ¿qué de esencial tienen en común ambas pelis? Pues que ambas revisitan el siempre productivo asunto literario del triángulo sentimental y lo mezclan con lo criminal, que irrumpe en el aparentemente impecable modo de vida burgués como si se tratara de un accidente inevitable, la consecuencia lógica de haber quebrantado la sacrosanta ley de la sumisión femenina.

Como escena final, me quedo, por supuesto, con la de Chabrol: nada de llanto, nada de desgarro, sino silencio, quietud. No puede dejar de notarse la mano del maestro.



Noemí Pastor

viernes, 9 de marzo de 2018

La forma del agua




Ayer vi "La forma del agua"((Vi la película un día antes de que le dieran el Oscar como mejor película) de Guillermo del Toro.
Ambientada en la Norteamérica de 1962, con el telón de fondo de la Guerra Fría,del Toro nos relata un cuento fantástico cuyos protagonistas son una humana y un monstruo anfibio.


La historia se desarrolla en un oculto laboratorio gubernamental de alta seguridad donde trabaja Elisa (magnífica una vez más Sally Hawkins) como limpiadora. Ella que es fragil,muda y solitaria y sólo tiene dos amigos:su compañera de trabajo Zelda (la siempre genial Octavia Spencer) y su compañero de piso,Giles (el siempre genial Richard Jenkins).Los dos también son en la América de los 60 personas non gratas para los sectores sociales más reaccionarios: Zelda es negra y Giles es gay.


Elisa teniendo todas las papeletas para ser una "don nadie" ,Del Toro,la convierte en la heroina de la historia pues solo ella a través del amor,es capaz de vencer a todos los peligros inimaginables al descubrir al monstruo, objeto de estudio y experimentos por parte de la inteligencia americana y ansiado también por los espías rusos que están en pie de guerra con los americanos.



En la otra cara de la moneda tenemos a Richard Strickland ( espectacular Michael Shannon),el jefe de seguridad del laboratorio,un hombre integrado,prototipo del cabeza de familia medio americano,que aquí encarna la parte más oscura,cruel y sádica de la naturaleza humana.


En un mundo donde la autoridad es Richard y la sociedad está enferma de prejuicios raciales,machistas y homófobos,el monstruo emerge como una criatura pura,noble,muy superior éticamente a la especie humana, o al menos,a la mayor parte de la sociedad.


 Del Toro nos relata un maravilloso cuento sobre el valor de los supuestamente débiles y desadaptados,porque unidos,son capaces de hacer tambalear cualquier autoridad dictatorial.

 Nos hace soñar con un mundo donde existen monstruos buenos,que son castigados y sometidos por los humanos supuestamente "civilizados" y nos acordamos de otros monstruos de cine como king kong,Frankenstein o incluso,el hombre elefante, porque siendo raros,siempre son objeto de represión por parte de los humanos que les temen y,que son incapaces de aceptar la diferencia y la buena intencionalidad de quienes simplemente son distintos o se mueven en los márgenes de la marginalidad.

 Desde esta perspectiva ¿quien sería el villano?


Incluso cuando estas criaturas son sometidas,sigue habiendo algo intacto en ellos,algo puro y no contaminado que la naturaleza humana parece haber  perdido.

Sólo personas como Elisa se salvan,personas que no se quedan en la apariencia y sí consiguen ver lo que es esencial,invisible a los ojos,como diría El Principito.
Hay aquí como una novedad por parte de del Toro,una incursión en la sensualidad,en el encuentro corpóreo entre dos seres de distinta especie porque es en esa conexión emocional que es el cuerpo,donde no hay diferencias emocionales y donde por un momento, toda barrera se diluye y el amor es el lenguaje universal.Pero.....


¿ qué pasaría si el amor sencillamente no surge donde y cómo lo habríamos imaginado?¿qué pasaría si del fango surgiera sencillamente la luz?

 


Por lo demás,tenemos ante nosotros,una maravillosa banda sonora y una serie de guiños al cine clásico y al músical que es un auténtico regalo para el espectador. Del Toro se atreve a jugar sin complejos con los géneros y va del musical al thriller sin abandonar en ningún momento la ciencia ficción desde ese cosmos fantástico y onírico que le es propio y que hace de sus historias,un cine con un sello particular y totalmente reconocible.

En resumen,no os perdais este cuento onírico de fracasados que se convierten en heroes y de monstruos que  conservan los mejores valores que la especie humana parece haber olvidado.Una historia de amor que  en forma de fábula rompe todos los cánones y nos demuestra que a veces los diamantes en bruto pueden surgir de los lugares menos esperados y que el amor surge bajo las formas menos imprevistas,porque lo inesperado una vez más,siempre está al acecho.





Feliz finde,
Troyana







viernes, 2 de marzo de 2018

Elemental, querido Reginald

En los últimos años de este joven siglo XXI, hemos visto una nueva eclosión alrededor del personaje de Arthur Conan Doyle, Mr Sherlock Holmes, y el doctor Watson. Parece que este carácter victoriano hace las delicias de un público muy diferente al original, aquel que esperaba con ansías su ejemplar del Strand Magazine para continuar descubriendo los misterios organizados por malvadas mentes criminales, que se enfrentaban al racional intelecto de Sherlock. Ahora, la audiencia es mundial, posmoderna y de diferentes culturas. Como en aquel Imperio Británico, lleno de pueblos, estamos en una aldea global, pero bien conectada, que sigue obsesionada con el detective y su amigo, el doctor, más de 100 años después.
Una nueva, heroica versión con la parafernalia propia de un film de Bond
 Así, si pensamos en las series y películas que han girado recientemente alredor de estos caballeros, nos encontramos una visión de superhéroes de la mano de Guy Ritchie, una inspiración moderna y muy rendida a sus obsesos fans con el Sherlock de la BBC, o una versión de diferente género (con Joan Watson interpretada por Lucy Liu), en una clásica serie estadounidense de detectives como Elementary (curiosidad, Miller y Cumberbatch, comparten el mismo doblador en la versión de España). Y quizá deberíamos contar también, una adaptación crepuscular con Ian McKellen en su Mr Holmes, o la que se prevee adolescente y femenina,protagonizada por su "hermana", en la representación que hará la niña "prodigio" actual, Millie Bobby Brown (Once en Stranger Things), en Enola Holmes.

Los héroes en acción, según la BBC.
Esta obsesión holmesiana actual, como he comentado, lleva existiendo desde hace años, pero no en todas las épocas, las adaptaciones han tenido el mismo éxito. Para llegar a un caso similar como el que nos rodea ahora, tendríamos que irnos a los añorados años 80, donde tras el fracaso setentero de la maravillosa "La vida secreta de Sherlock Holmes" de Billy Wilder, y  la aparición de algunos telefilmes o "El Hermano más Listo de Sherlock Holmes" de Mel Brooks, se resucita definitivamente como adolescente en "El Secreto de la Piramide" (y en la serie inglesa "El Joven Sherlock Holmes") Y en medio, Granada TV, productora de esa serie, toma a Jeremy Brett,  para crear un de las mejores encarnaciones del personaje. Cualquiera que haya visto esta serie estará de acuerdo, de que pese a algún episodio no bien llevado o con sin el suficiente presupuesto, Mr Brett hizo una maravillosa recreación del personaje.
La clásica serie de Granada TV de los 80
Y en esa década maravillosa, hubo una pequeña joyita que jugaba también con el detective y el doctor, en un pastiche que pedía a gritos la complicidad del espectador, y que debido a su presupuesto y naturaleza, quedó relegada al videoclub y a los pases televisivos: "Without a Clue" o "Sin Pistas", en su título en España.
¿Detective y Doctor?
"Sin Pistas" cuenta la historia del Dr Watson, sí, nuestro doctor de siempre, que cuenta las aventuras de Sherlock Holmes, pero  que también actúa como una especie de Arthur Conan Doyle, ya que el doctor es el proveedor de historias para el Strand Magazine. Y no sólo eso, también es, en realidad, el verdadero cerebro que resuelve los casos. Harto de ser ignorado por el gran público (sólos Mrs Hudson y los pilluelos de las calles saben quién es), debe crear el personaje del famoso detective, para que todo el mundo quede enganchado a las historias. Pero llega el momento en que debe poner a alguien de carne y hueso para interpretar a Holmes, y no se le ocurre otra cosa que contratar a un actor borrachín, sinvergüenza y mujeriego, anclado en un supuesto pasado "glorioso" (no tanto), y olvidado/desconocido, Reginald Kincaid, interpretado por Michael Caine.

Sin Pistas cuenta divertida comedia con misterio, donde nada es lo que parece, y llena de humor, pero además, funciona como una crítica al autor y a los personajes, homenajeando al escritor real. Watson, en su frustación por no ser tomado en consideración por los lectores y el público, llega a crear un personaje, que se acaba rebelando, que finaliza siendo más grande que la vida y empujando a su creador, como le pasó a Doyle en la vida real incluso en plantear "su asesinato". Por otro lado, el actor Reginald, metido en su método, acaba siendo influenciado por su personaje, que le da un significado a su vida.
¿Actor y detective?
 Tanto Caine como Kingsley, están en estado de gracia, y aunque son los más conocidos del reparto, no podemos olvidar a Jeffrey Jones como Lestrade o Paul Freeman como Moriarty. Principales y secundarios hacen grandes interpretaciones. La dirección es correcta para su presupuesto y la música, ¡oh, es del gran Henry Mancini! Su tema principal es una bella melodía que se os quedará en la cabeza.
La película es sátira y pastiche, obra de aventuras, comedia inocente para un público familiar (o casi), y una historia de amistad. Es por ello que sería una auténtica vergüenza que no la viérais, si sois fans del famoso detective y su compañero de aventuras. Os aseguro de que os pasaréis unos momentos muy divertidos, aunque seáis fanáticos acérrimos de la obra de Doyle, pues se toma desde la interpretación, pero también el respeto y amor a las novelas. Aunque eso sí, pide disculpas al autor en los títulos de crédito.

¡No os la perdáis!


Nota: Iron-Man III tiene un extraño homenaje a este film, en mi opinión: el mandarín resulta ser un un actor inglés, borrachín, mujeriego y shakespereano, interpretado por Kingsley, en esta ocasión. ¿Creeis que Marvel Studios hizo esto de forma accidental?