viernes, 10 de mayo de 2019

Una jornada particular


Hoy os traigo a este rincón cinéfilo una película italiana que ya tiene cuarenta y dos añazos. Se trata de una cinta de Ettore Scola, guionista y director de cine asociado a la commedia italiana. La peli se titula "una jornada particular", en italiano original "una giornata particolare", y ciertamente, la peli se basa en un día concreto que fue realmente particular: el seis de mayo de 1938. Este día Hitler y sus secuaces más cercanos asistieron, como egregios invitados por Mussolini,al desfile en su honor de miles de italianos fascistizados hasta las pestañas. Todo eran camisas negras (color de los fascistas italianos), penachos en los cascos, uniformes imposibles y afilados gorritos de militares alpinos que si no estás lista y se giran para decirte algo, te sacan un ojo...y este acontecimiento es el punto de partida de la historia que Scola nos trae.

Cartel


Sinopsis con espóiler, que es lo de menos. Por mucho que se cuente la trama, echadle un ojo.

Es la mañana del gran día y Antonietta (Sofía Loren), una mujer en la cuarentena, sufrida esposa y madre, con una educación elemental, y fascista, como todo el mundo de alrededor, comienza el día despertando a sus seis hijos y a su marido, rudo, dictatorial y poco sensible fascista que trabaja en el ministerio del África Oriental. (Mussolini se las dio de genio militar al haber invadido la Abisinia, hoy, Etiopía, de Haile Selassie con armas de fuego, aviones y vehículos Fiat, mientras los pobres abisinios iban a la guerra desigual con algún animal semoviente, sus propios pies y lanzas y cuchillos) 

La familia desayuna para el desfile, mientras la sufrida madre curra.


Todos se arreglan, se lavan y desayunan aprisa porque van a ir al desfile militarizado para que lo vean los altos jerarcas de la Alemania nazi. Cada uno con su uniforme, chicos, chicas, adultos o niños, salen de sus domicilios en ese grupo de viviendas para clase media como si fueran una legión de hormigas (Predomina el color negro del fascismo) con destino al desfile. El enorme grupo de viviendas de tono gris queda prácticamente vacío, sólo Antonietta, como abnegada esposa y madre se queda en casa para hacer las tareas propias de la buena mujer italiana y fascista. Ella y la portera, una anciana bigotuda, malencarada  y fascista que, como no va al desfile, lo escucha a todo volumen por la radio que ha encendido para tal ocasión.

El grupo de viviendas manifiesta su fascismo y sus vecinos salen, de uniforme, a honrar a Hitler.


La radio juega un papel importante en esta cinta porque continuamente suena por todo el grupo de viviendas erigido por el fascismo, como puede notarse por el enorme fascio que hay de adorno en su fachada, nunca mejor dicho. Se difunde por las ondas la manifestación, los discursos de los jerifaltes engreídos en sus uniformes de chichinabo y las marciales y viriles marchas militares, rugidas, más que cantadas a coro por recias voces de barítonos.

Hasta se olvida de su mal momento recordando su infancia


Y Antonietta, sola y abúlica se prepara de mala gana para recoger los desayunos, limpiar un poco, preparar la comida y hacer las camas de seis hijos y la de matrimonio. Ella preferiría meterse en la cama porque está cansada y así se lo dice a Rosamunda, el pájaro que tienen de mascota. Antonietta está tan deprimida (No deja de ser una mujer anulada, quizá maltratada psicológicamente, y abandonada a pesar de estar rodeada de una familia que la tiene como una criada) que sin querer se deja la jaula abierta cosa que aprovecha Rosamunda para volar hasta el alféizar de la casa de enfrente. Afortunadamente en aquél piso donde se ha posado el ave hay un hombre, cosa inusitada porque debe ser el único junto a ella y a la portera que no ha acudido al gran jolgorio fascista. Antonietta corre y llama a la puerta del piso de enfrente para poder recuperar a Rosamunda, cosa que hace con ayuda del inquilino de esta vivienda.
Te presto un libro con tal de poder hablar


El vecino solitario del piso de enfrente se llama Gabriele (Marcelo Mastroianni), un hombre al que Scola nos acaba de presentar hace nada de una manera magistral (Ved la peli, no os arrepentiréis del gran trabajo de esta pareja de actores míticos) Gabriele intenta alargar al máximo la inesperada visita de Antonietta. Le ofrece café, le ofrece prestarle un libro (Los tres mosqueteros), intenta trabar conversación, pero Antonietta rehúsa alegando mil quehaceres y marcha. Al poco rato Gabriele se presenta en casa de Antonietta con "los tres mosqueteros" quizá porque se siente solo. Consigue que Antonietta le convide a café pero en esto que llega la portera bigotuda y fascista, haciendo de portera, como no, para prevenirle de que ese vecino no es trigo limpio, que a ella no le gusta hablar, pero, es un pervertido y, sobre todo, un renegado. Antonietta discute con Gabriele mientras suben a la azotea a recoger la colada. Antonietta tiene un momento de debilidad y besa a Gabriele, que no la corresponde, y es aquí donde Gabriele se descubre. Le han echado de la radio monopolizada por los mussolinianos, donde era locutor y le han echado del partido, porque estaba afiliado, como todos, por el simple y mero hecho de ser homosexual. Sin trabajo, sin amigos, sin casa, malvive en ese piso prestado y gana unas pocas liras escribiendo señas para correo, trabajo que le ha cedido un amigo antes de ser embarcado para alejarse de Italia por sus preferencias sexuales.

La portera facha viene a prevenirla
Arrepentida de su actitud, Antonietta acude al piso de Gabriele para pedirle perdón. Hacen las paces, comen juntos y después acaban acercándose tanto emocional como físicamente. Pero la parada fascista ha acabado y los primeros asistentes al desfile comienzan a regresar. Antonietta corre disparada a casa para que no la pillen con la cena por hacer. En casa todos comentan sus acontecidos fascio-fastuosos. El marido, todo ufano pretende acabar el día con una guinda coital añadiendo que de ella, si todo sale bien, le podrán llamar Adolfo a lo que venga. Antonietta prefiere sentarse a leer "los tres mosqueteros" mientras asiste atónita a la marcha de Gabriele de su piso, con equipaje en la mano escoltado por dos policías. A Gabriele también lo expulsan del país. Antonietta cierra el libro, lo guarda y se acuesta para dormir.

Tengo un invitado y yo sin arreglar
Loren y Mastroianni trabajaron juntos en once películas, como por ejemplo, matrimonio a la italiana o los girasoles, su trabajo conjunto siempre resultó excelente. Este film en concreto que resalta la belleza del momento en que dos seres que sufren, cada uno a su manera, se encuentran y buscan su compañía porque así se sienten reconfortados por un momento de sus tristes vidas.

Afecto entre dos desconocidos


La peli de Scola se llevó el golbo de oro de 1978 a la mejor película y fue candidata a los óscars como mejor película extranjera. Hasta Mastroianni fue candidato a mejor actor ese año. “Una jornada particular” es una película que, a pesar de estar ambientada en un día concreto de mayo de 1938, cuenta en esencia una historia que podría extrapolarse a cualquier época en el tiempo: Dos seres solitarios que se encuentran y se reconfortan en compañía.


Dos chismes antes de despedirme. Sofía Loren gozaba de tener un marido productor, Carlo Ponti, que le reservaba papeles estupendos y Alessandra Mussolini, nieta de aquel fanfarrón y prepotente duce, hace el papel de una de las hijas de la Loren.



viernes, 3 de mayo de 2019

Hoy no estoy pa nadie: a propósito de "Dolor y gloria"

Hoy no estoy pa nadie.
Hoy no estoy pa na.
Hoy estoy borracho
de soledad.

Raimundo Amador

Este artículo se publicó anteriormente en Boquitas Pintadas.

Salvador Mallo no está pa nadie. Salvador Mallo no está pa na. Qué se le va a hacer. En la vida se tienen esas etapas; te dan esas boladas, decíamos de niñas, empotrando el léxico vasco en la morfología castellana.

Hay temporadas, sí, o temporadonas, en las que no estás pa nadie. Ni pa na. Te pasas el rato solo en casa, sin ganas de salir tampoco a na, y cuando alguien te visita, tus pasos lo conducen hasta la puerta, la mano se te va al picaporte y le dices que sí a todo, con tal de que se largue de una vez y te deje de nuevo en paz entre tus muros.

Tienes ya una edad respetable y, como no tienes ganas de tener presente ni futuro, solo te queda el pasado y la tentación de enmendarlo.

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Declara Almodóvar en una entrevista con Andreu Buenafuente que “Dolor y gloria” no es un relato en clave, que no nos cansemos buscando nombres ni apellidos reales a los ficticios Alberto y Federico, que estos sus personajes están construidos con retazos de antiguos amigos, enemigos y amantes.

Añado yo otra negación a la de Almodóvar; niego también otra cosa: al contrario de lo que dicen la mayoría de las críticas de “Dolor y gloria”, no creo yo que don Pedro se desnude tanto ni que exhiba tanto sus miserias; se queda en un repertorio de dolencias chic, todas socialmente aceptables, o al menos estéticamente envueltas como para que no desagraden, y cierta elevada dosis de misantropía.

Exhibe, eso sí, con orgullo, unos examigos y examantes maduros y guapísimos, como él mismo reencarnado en Banderas. Todos bellos a pesar de los excesos, los achaques, las canas y las arrugas; todos mantienen todavía mantienen ese puntito de glamur del que los mitómanos no podemos prescindir.

Más descarnado me parece, en cambio, que todos esos hombres bellos formen parte de un catálogo de relaciones frustradas, al que suma otro sentimiento de fracaso en la relación con su madre.

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A Salvador Mallo esos meses, esos años tontos en los que no está pa na, le sirven al menos para reconciliarse con su vida. Abre una por una las cajas de una mudanza incompleta, de varias mudanzas incompletas; esas que quedaron con la cinta adherente intacta y ya uno no sabe qué guardan dentro.

La caja más grande es la de la infancia, pero es quizá la que menos miedo da abrir. Por eso Salvador Pedro Mallo la vacía a poquitines, disfrutando de cada hallazgo y haciéndonos disfrutar al recordar pedacitos de su cine anterior. Se nos vienen a la cabeza sobre todo las escenas manchegas de “Volver”, aunque también hay un guiñito a “La ley del deseo”. Por cierto, creo que “La ley del deseo” sigue siendo mi pelialmodóvar favorita.

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También le había oído hacía tiempo a Almodóvar que “Dolor y gloria” iba a ser una peli muy  masculina. Y sí, es masculina esa emoción contenida que Mallo les pide a sus actores; eso que se deja entrever, pero no permite que se desborde; ese tragarse las lágrimas y seguir hablando con una ronquera sugestiva.

Por eso creo que en este film no hay exhibicionismo ni total sinceridad. Tampoco hace puñetera falta. Hay la dosis suficiente como para empatizar, comunicar, transmitir, que es lo que tiene que hacer un creador.

Y, hablando de emoción, me reblandezco toda, como una pava, cuando en una calle de Madrid Banderas se detiene largo rato ante una pintada que reza: “Hermana, yo sí te creo”. ¡Ay! Gracias, gracias, Pedro. 

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Critican también de “Dolor y gloria” su guion supuestamente deshilachado, descosido. Y sí. Es bastante así. Con un par de hilos conductores (su situación presente y su infancia), el resto de episodios son, como decía, cajitas que se abren y se cierran y apenas interactúan entre sí. Pero  él puede. Él, con la inestimable colaboración del gran Juan Gatti, cose lo incosible como quiere. Para eso es Almodóvar. Respect!

A mí, en cambio, ¿sabéis qué no me gusta de “Dolor y gloria”? El título.


Ficha técnica (filmaffinity.com)
Título original  Dolor y gloria
Año  2019
Duración  108 minutos
País  España
Dirección  Pedro Almodóvar
Guion  Pedro Almodóvar
Música  Alberto Iglesias
Fotografía  José Luis Alcaine
Productora  El Deseo. Distribuida por Sony Pictures Entertainment (SPE)

viernes, 26 de abril de 2019

DOLOR Y GLORIA




Tenía ganas de ver la última película de Almodóvar. Hay costumbres que no se pueden abandonar e ir al cine para ver el último estreno del director manchego, es una de esas costumbres a las que no puedo renunciar.

"Dolor y Gloria"(2019) puede ser la película más autobiográfica de Almodóvar, o tal vez transita ese género llamado "autoficción" a mitad de camino entre la ficción y la realidad.

La película gira en torno a la vida de Salvador Mallo, un director de cine en el ocaso, que repasa su vida a través de una serie de reencuentros claves para él y para su obra.

Interpretada magistralmente por Antonio Banderas en el papel de Salvador Mallo en su época madura, Penélope Cruz en el papel de la madre de Almodóvar cuando él era un niño, Leonardo Sbaraglia como el primer y gran amor de su vida siendo adulto y Julieta Serrano en el papel de la madre del director en su época madura.



Los recuerdos del director hacia su infancia se ubican en las cuevas de Paterna (València) en los años 60. Santiago Mallo es ya un niño diferente, atraído por el cine y la lectura, inseparable de su madre.
La escena de las mujeres lavando en el río es sencillamente luminosa, cargada de nostalgia y de emoción, Almodóvar deja constancia de aquella frase de que " nuestra verdadera patria es la infancia" y se recrea en la "autoficción" dejándonos atrapados en esos flashbacks hacia la niñez ,donde se adivina la escasez y la necesidad de desplazarse de sus padres buscando un lugar donde vivir y prosperar , pero también los momentos que marcaron a fuego y para siempre su manera de ver y entender el mundo.


Otro nudo importante de "Dolor y Gloria" es el primer amor, o quizá el GRAN AMOR, ése que Santiago Mallo vivió en el Madrid de los 80, un amor en el marco de la movida madrileña, cuando la droga hacia estragos entre los jóvenes en un ambiente de rebelión, música y transgresión. Ése amor (interpretado por Leonardo Sbaraglia ) se le quedó atravesado en el pecho porque se vio interrumpido por la necesidad de salir del país. El que por entonces fue su pareja, se vio en la disyuntiva de abandonar Madrid o morir en pleno delirio por su adicción a la heroína.


Y así fue como ese amor se hizo inmortal, como suele suceder cuando te dejan estando enamorado todavía, porque no ha sido un amor fulminado por el paso del tiempo ,sino  arrancado en el momento más palpitante y vívido, en plena gloria.


No podríamos analizar "Dolor y Gloria" sin referirnos a la figura de la madre de Santiago Mallo, porque si Penélope Cruz da vida dignamente a la madre en la niñez de Santiago, la que en mi opinión brilla como un astro resplandeciente es Julieta Serrano en el papel de la madre en la época ya madura de Santiago.


Esos momentos hablando de cómo quiere que la amortajen cuando llegue su hora y esos reproches en relación a momentos pasados en los que su hijo de alguna forma le decepcionó, son para mí los momentos más emotivos de la película. Ficción o no, Almodóvar nos emociona. Sabemos el peso de su madre en su vida y también imaginamos el vacío que deja su pérdida, ese abismo que implica el duelo, cuando hay ausencias que resultan casi imposibles de superar.


En esta figura geométrica de puntos claves, no podríamos ignorar el papel que en la vida de Almodóvar significa su obra: el cine,entendido no como un oficio, y sí como una manera de vivir. Sin rodaje, Almodóvar transita sombras, frustraciones, soledades y fantasmas que lo angustian. Su cuerpo que se ha convertido en un enemigo, por momentos le declara la guerra y le impide ejercer lo que para Santiago Mallo es su motivo de vida: hacer películas.


Vemos en este ejercicio de catarsis, de terapia de diván que es "Dolor y Gloria" la relación que el director mantiene con su obra, apasionada y difícil, como lo es también con algunos de los actores con los que ha colaborado ,en un tira y afloja de filias y fobias, que giran siempre en torno a un guion o bien escrito o bien por escribir.


Es aquí donde Asier Etxeandia nos deja una interpretación intensa y a la vez contenida en el papel de ese actor con el que el director mantiene una tensa pero a la vez recurrente relación de creación donde el cine dentro del cine nos deja escenas sentidas y "desnudos" anímicos por parte del alter ego de Pedro Almodóvar,que es Santiago Mallo.


Para mí "Dolor y Gloria" incluso con ese metraje que para muchos será excesivo , es una obra madura, contenida, una operación a corazón abierto, de la que no sé si Almodóvar saldrá más vivo que muerto, tal vez más herido al haber aireado todas las fisuras de su vida.
Ojalá haya servido de catarsis terapéutica, ojalá sirva para que el espectador entendamos mejor que toda gloria conlleva un dolor , y todo dolor conlleva extrañamente una gloria.

Feliz fin de semana,

Troyana






viernes, 12 de abril de 2019

Pasiones más grandes que la vida



Hace unos días que me topé, por completa casualidad, con "Telenovelas are Hell", unos cortos del canal Funny Or Die en los que se parodia y resumen las telenovelas mexicanas con los argumentos más rocambolescos. De ahí me acordé cómo los culebrones se fueron popularizando, al menos en España, desde los años 80, pasando por series de duración "algo eterna", de origen mexicano, venezolano, nacional, brasileño y recientemente, se han popularizado las de la exótica Turquía.

María la del Barrio es un ejemplo más de lo desquiciado de los cuelebrones

Volviendo a los años 80, quizá el primer culebrón mexicano más popular fue "Los Ricos También Lloran". Y es que en la década de los cardados y las hombreras, los seriales dramáticos se llevaban con auténtica pasión: Flamingo Road, Dinastía, Dallas, Falcon Crest, Los Colby, Santa Barbara...lugares y familias de grandes dramas, amores y peleas monetarias, en sitios paradisíacos y alejados del espectador que los devoraba con fervor. Con grandes estrellas del antiguo Star System como Rock Hudson y Jane Wyman, o algunas en ciernes que nos sorprenderían sus origenes (por ejemplo, Mark Harmon), incluso fueron parodiada en joyas como la serie Enredo, o películas como la maravillosa Escándalo en el Plató (Soapdish) o la irónica Tootsie.

La desternillante locura de lo que ocurre en la grabación de un culebrón

Pero mientras esta eclosión inundaba el mercado americano, las productoras que deseaban explotar este filón de pasiones, sexo y dinero, también, regalaron grandes miniseries como Retorno a Edén desde la lejana Australia, y en Europa, se seguía con la misma tradición, sacando a alguna estrella en ciernes con otros veteranos en películas para televisión y series de pocos capítulos, como Harem con Nancy Travis y Omar Sharif.

En estos casos, se solía partir de alguna novela del mismo corte, y se hicieron múltiples adaptaciones a partir de esa fecha y más allá de las grandes la novela "rosa" como Danielle Steel, Catherine Cookson o Barbara Cartland.

Asesinato, cambios de imagen, venganza y romance desde Australia

Y es que admitamos que en público nos puede "avergonzar" aún aceptar que este tipo de historias nos gustan, pero deberíamos de abrazar con cariño nuestro lado "culebrónido".

Volviendo a aquellas películas para televisión que aunaban actores nóveles con grandes veteranos que habían visto tiempos mejores, las de Barbara Cartland, o al menos una de ellas, tiene un lugar especial en mi corazón. En los años 80, se hicieron 4 adaptaciones, en las que aparecerían unos jovencitos Hugh Grant o Helena Bonham Carter, con grandes de la actuación como Stewart Granger, Diana Rigg, Edward Fox, Christopher Plummer o Geraldine Chaplin, e incluso repetían más de una vez. De estos cuatro títulos que son Amor en el Bosque, Duelo de Corazones, Espíritu en Montecarlo y Riesgo a Corazones, me quedo con el último, pues es el que dentro del cine culebrón, se puede acercar más a una película de época, sin caer en momentos realmente ridículos y mojigatos (la trama de Espíritu en Montecarlo), o de intento del protagonista de tomar en serio lo que no puede (lo de Hugh Grant en Amor en el Bosque/The Lady and the Highwayman es puro humor).


Sólo conseguí un vídeo musical, pero os dará una idea del film.

Así, Riesgo a Corazones, que se basa en un libro de 1949, es en resumen, una versión blanca y virginial (muy de Barbara Cartland) de una novela gótica: a principios del siglo XIX, una joven doncella es apostada junto a su casa por su ludópata padre contra uno de sus pretendientes, el vicioso y "viejales" (dicho sea de paso), Lord Wrotham, que a su vez, la vuelve a perder contra el misterioso, joven y vigoroso, Lord Vulcan. Obligada a prometerse con este último, nuestra protagonista Serena, es llevada a su mansión, comandada por su madre, que organiza fiestas privadas, y en las que nuestra muchacha tendrá que hacerse paso entre secuestros, duelos, contrabando, misteriosos fantasmas y muertos muy vivos, la ruina y el honor, cotilleos, bandidos, amantes francesas, amigas celosas, un pretendiente que no dudará en el rapto, y una futura suegra que es fiel al tópico de que ninguna es buena. En fin, como veis, lo normal en un relato de su época o lo más habitual en un culebrón.

La película, con un argumento demencial pero que se puede seguir sin caer en la parodia, se salva por una dirección técnica correcta (propia de adaptaciones de época), y un elenco de lo más reputado, y resulta un entretenimiento de lo más eficaz.

Con este anuncio, si no te pones a buscar esta joya, es que no tienes corazón, ni sangre en las venas.

Y en eso estamos, en entretenernos, que es lo que los culebrones, miniseries y este tipo de películas nos permiten. Así pues, si nos divierten, no nos avergoncemos de ellas, pero al igual que ocurre con estos libros de evasión, considerémoslos que son ficción, y aprendamos de las enseñanzas de George Eliot en "Las novelas tontas de ciertas damas novelistas", y evitemos caer en el "bovarismo" que nos mostró Flaubert.

Carmen R

Nota: no os dejéis engañar con el cartel del comienzo del artículo, sacado de Wikipedia, y que promete algo sacado más de Harlequín con más pasión (hay un caballo, y una pareja propia de las portadas de estas novelas), que lo que de verdad pasa en la película, pero había que venderla y con esa imagen, y esa frase, todo está dicho ;).

viernes, 5 de abril de 2019

De repente, el último verano


“No esperes el día en que pares de sufrir, porque cuando llegues sabrás que estás muerto”

Esta frase del dramaturgo Tennessee Williams (1911-1983) resume en buena medida la filosofía de vida que impregna toda su obra. Traumatizado por su vida familiar, homosexual en una época en que era difícil serlo, alcohólico, inestable mentalmente… no es de extrañar que todos sus personajes sufran grandes conflictos existenciales y que esa intensidad dramática de su teatro, muchas veces con tintes autobiográficos, favoreciese su frecuente adaptación al cine, generalmente con mucho éxito, como demuestran ejemplos como el de  Un tranvía llamado Deseo -que le ganó el Pulitzer- dirigida por Elia Kazan (1952), La gata sobre el tejado de zinc, de Richard Brooks (1958) o El zoo de cristal, de Paul Newman (1987)…

En 1959 el director Joseph L. Mankiewicz, dirigió la adaptación de una de las obras más complejas de Tennessee Williams: De repente, el último verano. Como era habitual en las adaptaciones al cine de sus obras, el dramaturgo fue también el guionista de la película, con la colaboración de otro importante escritor, Gore Vidal.

Mankiewicz, Williams, Vidal… y tres grandes actores, Katharine Hepburn, Elizabeth Taylor y Montgomery Clift, consiguieron una película muy original, extraña, densa, a veces turbia y, casi siempre, angustiosa.


La película se desarrolla en 1938, en Nueva Orleans, con constantes referencias al verano de 1937. Desarrolla temas muy complejos y perturbadores, algunos expresamente prohibidos de mencionar en su época: la homosexualidad y el incesto (o cuando menos, una especie de complejo de Yocasta); las relaciones de poder y de amor-odio dentro de las familias; la locura y sus métodos de tratamiento en aquel momento; el poder del dinero, bien para comprar voluntades (como las de la madre y el hermano de Catherine o la del director del hospital) o sexo; el turismo sexual…

Muchos asuntos…, y la mayoría muy escabrosos para su época. Por ello, para sortear la censura, los guionistas utilizaron una sibilina sutileza que hace que sea necesaria la plena atención del espectador para que llegue a comprender totalmente todas las pasiones y pulsiones que recorren la historia.

En cuanto a la censura, hay que comentar que en España, donde se rodó el flashback final, se eliminaron diálogos referentes a la homosexualidad y a la prostitución masculina y también la velada referencia a España que hacía el personaje de Taylor al comentar que no entendía el español –pero es comprensible que las autoridades del momento se horrorizaran ante la idea de que se pudiera considerar que España era un lugar donde se podían producir semejantes hechos-.


Aunque la película rozaba los límites de lo que era aceptable en el Hollywood de la época, el guion de Williams y Vidal, en constante lucha con los censores, fue tan habilidoso en sortearlos que pudo ser estrenada sin grandes mutilaciones y su éxito de taquilla y crítica abrió el camino a un tipo de cine más complejo del que hasta entonces había sido habitual en Estados Unidos.

Toda la historia gira en torno a la figura de Sebastian, el joven diletante (pseudopoeta y pseudofilosofo) en cuya órbita giran la vida de su madre, hasta rozar lo escabroso, y más tarde la de su prima. La figura de Sebastian es omnipresente durante toda la película, pero incluso cuando, a través de los recuerdos de su prima Catherine, se recreen escenas en las que aparece, nunca llegaremos a conocerlo físicamente; ese es un gran acierto de Mankiewicz: hurtarnos el rostro de Sebastian para que permanezca como una sombra que sólo cobra realidad para el espectador a través de las versiones contrapuestas que de él dan su madre y su prima.

La madre, en largos y potentes monólogos, a veces desgarradores y otras irreales, nos presenta a Sebastian como un ser superior, de una sensibilidad portentosa; la prima como un depredador sexual y un manipulador.


Sin embargo, ambas coinciden, aunque sea involuntariamente, en mostrar a Sebastian como alguien para quien los seres vivos se dividen entre los que devoran y aquellos que son devorados. Para Sebastian la naturaleza entera, incluidas las personas, se circunscribe a un juego, con tintes eróticos, de muerte en el que unos ganan y otros pierden (describe muy bien su mentalidad el recuerdo de Violet, su madre, de una jornada en la playa con Sebastian fascinado por el espectáculo de las tortuguitas recién nacidas siendo devoradas en su intento de llegar al mar…).

Pero el último verano, ese en que Sebastian, por primera vez, viaja por Europa con su prima en lugar de con su madre, el joven murió y su prima enloqueció…

Y la madre de Sebastian encerró a Catherine en un manicomio privado, porque Violet Venable defendía que su hijo había muerto un ataque al corazón y temía desesperadamente que la versión que Catherine pudiera dar de esa muerte enturbiará el recuerdo, absolutamente magnificado por ella, de su hijo.


Y tanto miedo tiene la madre de Sebastian, que pretende que el Dr. Cukrowicz, un joven neurocirujano que realiza una novedosa técnica quirúrgica a enfermos mentales en el hospital estatal psiquiátrico, opere a su sobrina para erradicar sus recuerdos. Y, con ese fin, ofrece una millonaria donación al hospital, sumido en las más precarias condiciones.


Ya hemos dicho que esta obra de Tennessee Williams tiene mucho de autobiográfica en cuanto a que trata temas que atormentaron al dramaturgo: su homosexualidad y el miedo a la locura… y también las consecuencias de la lobotomía, esa siniestra operación que sobrevuela durante todo el drama como una amenaza sobre Catherine Holly, y que, en la cruda realidad, con el consentimiento paterno, destruyó a Rose, la amada hermana de Tennessee.

Ahora puede parecernos increíble, pero lo cierto es que durante unos años, a partir de 1935, cuando fue inventada por el neurocirujano portugués Antonio Egas Moniz –premiado con el Nobel de medicina- la técnica fue acogida con entusiasmo para tratar enfermedades mentales graves (y en ocasiones, no tan graves). Especial difusión tuvo en Estados Unidos, gracias a un neurólogo, Walter Freeman, que depuró el procedimiento (introducía un punzón por encima del globo ocular y con un martillo golpeaba hasta traspasar el cráneo) y se hizo famoso recorriendo el país, en su lobotomóvil como llamó a su coche, realizando intervenciones en serie.

Una de las pacientes-víctimas de Freeman fue Rosemary Kennedy, la hermana mayor del que sería presidente, que sufría una leve deficiencia mental. Guapa y aficionada a las fiestas, su padre temió que pudiera propiciar algún escándalo que pusiera en peligro la carrera política de su hermano. La intervención, a los 23 años, la dejó totalmente discapacitada.



Más suerte que Rosemary tuvo la escritora neozelandesa Janet Frame (1925-2004), candidata al Nobel, que relataba en sus memorias, Un ángel en mi mesa, como, mal diagnosticada de esquizofrenia, se salvó de sufrir una lobotomía porque quién había de realizársela tuvo la ocasión de leer, el día anterior al previsto para la operación,  alguno de sus poemas…

Se calcula que en la década de los cuarenta de siglo XX se realizaron 40.000 lobotomías en EEUU y unas 17.000 en Reino Unido. En las décadas siguientes, se evidenció que mucho de los pacientes habían quedado reducidos a un estado semi vegetal.  Por ello, a mediados de los cincuenta la lobotomía cayó en desuso y actualmente está prohibida.

En este contexto, hay que entender como la amenaza de “esta pequeña operación” –como la califica la madre de Catherine cuando intenta justificar el que haya aceptado, a cambio de una importante suma, que se realice la operación a su hija- pudo convertirse en una estremecedora herramienta de control social o familiar de los individuos incómodos.


El personaje de Violet permite que una Katharine Hepburn, espléndida como siempre, demuestre lo gran actriz que era. Sin embargo, a veces se tiene la impresión de que “actúa” (en sus memorias Yo misma. Historias de mi vida, ella mantenía que el mejor actor era aquel al que no se notaba actuar), bien sea porque sus diálogos son, a veces, excesivamente grandilocuentes o por una cierta desgana de la actriz.

Seguramente, influyó en Hepburn su falta de sintonía con Mankiewicz. El director comentó lo mucho que complicaron el rodaje las actitudes de Montgomery Clift, alcoholizado y drogadicto, y de Katharine Hepbun, que pretendía dirigirse ella misma, aunque la oposición frontal del director lo impidió. La actriz nunca consideró esta película como una de sus favoritas; además, recordaba con tristeza el rodaje por el deterioro que ya presentaba Montgomery Clift.


Para Elizabeth Taylor la película fue una buena ocasión de mostrar sus indudables capacidades dramáticas. Aunque a veces sus diálogos también pecan de excesiva teatralidad, supo dar veracidad al miedo que su personaje siente a la locura y su triste desvalimiento ante el despiadado egoísmo de su familia.

Decían que Mankiewicz estaba enamorado de Liz Taylor… No sabemos si es cierto, pero sí que favoreció el que en esta película luciera sus dotes dramáticas, especialmente en la escena final, muy onírica, en la que, gracias a la intervención del Dr. Cukrowicz, afronta la verdad de la muerte de Sebastian y puede así escapar de la locura; locura, sin embargo, a la que sus palabras condenan a su tía.

La película puede entenderse como un duelo interpretativo entre estas dos grandes estrellas femeninas, cada una mostrando en densos monólogos las verdades contrapuestas e irreconciliables de los personajes que interpretan. En realidad, las dos lo hacen muy bien; las dos estuvieron nominadas al Óscar por ella (también la dirección artística) y Liz consiguió, además, un Globo de Oro y un Donatello.


En cuanto al personaje del  Dr. Cukrowicz, a pesar de que Montgomery Clift estaba ya hundido en el abismo de autodestrucción que le llevaría ocho años después a la muerte, consiguió realizar un gran papel como el íntegro doctor que intenta encontrar la verdad que salve a Catherine, aunque ello vaya en detrimento de su carrera.

Esta era la tercera película que interpretaban juntos Montgomery Clift y Elizabeth Taylor, que a partir de la primera, Un lugar en el sol (1951), se convirtieron en grandes amigos.  Durante el rodaje de la segunda, El árbol de la vida, el actor, al salir de casa de Liz, estrelló su coche contra un poste. Aunque Liz Taylor consiguió salvarle la vida (se estaba asfixiando con sus propios dientes), su cara quedó desfigurada y sus problemas mentales y de adicciones aumentaron hasta arruinar su carrera y su vida. Después de De repente, el último verano hizo todavía otras cinco y consiguió una gran interpretación en ¿Vencedores o vencidos? (1961), de Stanley Kramer, pero ya era incapaz de recordar su papel y, precisamente, fue tan veraz en esta película porque interpretaba a un pobre hombre con la mente tan perdida como él mismo la tenía.

De De repente, el último verano se ha dicho que es “muy teatral” y que es mucho más de Tennessee Williams que de Mankiewicz. Lo cierto es que el director era gran admirador del dramaturgo y, aunque no participó en el guion como solía hacer en sus películas, respetó al máximo el de William y Vidal. En realidad, Mankiewicz, adaptase o no textos teatrales, siempre tuvo un gran respeto por el sustrato literario de sus películas y eso es lo que les da ese cierto carácter “teatral” que algunos comentan.
Realmente, la película que comentamos sí que tiene el sello de Mankiewicz: en el control que impuso a sus difíciles actores, en su habilidad en el montaje de las escenas (las que transcurren en las salas comunes del manicomio son impactantes y muestran ese refinado terror gótico con el que el director había estrenado su carrera en Dragonwyck); en la magnificencia de sus decorados -en este caso, de los manicomios, de la mansión Venable y, especialmente, del lujurioso jardín tropical (con repulsiva planta carnívora incluida) creado por Sebastian como símbolo de su particular cosmogonía bajo el imperio del Ángel de la muerte-; en la utilización, recurso típico en él, del esclarecedor flashback…


Además, Mankiewicz estaba muy interesado en los aspectos psiquiátricos (había realizado estudios en esta rama de la medicina) y pudo comprender lo que pretendían transmitir los dos escritores y expresarlo tan bien como lo hizo en el onírico flashback final.

Pocos años después de esta película, el director, de la mano también de Liz Taylor, como la hermosísima Cleopatra, caería en el peor bache de su carrera como director, del que apenas logaría recuperarse. Pero durante toda su carrera dejó un puñado de películas memorables, entre las que se cuenta, aunque no sea la mejor, De repente, el último verano  extraña, turbia, opresiva, a veces abrumadora… y muy interesante de ver.

Yolanda Noir


viernes, 29 de marzo de 2019

Antonio López, apuntes del natural


Antonio Lopez toma
apuntes del natural
Me gusta mucho Antonio López. Y me gustan las películas de Nicolás Muñoz, de manera que me alegre mucho de esta conjunción tan favorable de los astros que llevó a que Nicolás hiciera un documental sobre el pintor. Tampoco es que fuera raro, Nicolás es hijo de Lucio Muñoz y Amalia Avia y conoce a Antonio López desde la infancia, lo que le ha permitido acercarse con facilidad, pese a lo poco que le gusta al artista que lo persigan con una cámara. Esa es la imagen que transmite: un hombre tímido que disfruta de la soledad, al que le gusta pintar y que le dejen en paz. El documental nos permite pegarnos a Antonio López; espiar por encima de su hombro cómo pinta en un paisaje cercano a Madrid; verle en el taller de escultura concentrado, absorto; observar sus clases, con comentarios breves y certeros. Da mucho gusto ver a alguien que disfruta tanto con su trabajo Por supuesto, le parece importante vender porque es su oficio y merece un salario por él, pero parece que el mercado del arte le resulta algo ajeno. 
La escultura


El pintor recuerda el pasado

El documental me recordaba la teoría de la felicidad de Csíkszentmihályi, que concluye que cuando estamos plenamente concentrados en algo es cuando somos más felices. Si eso es cierto, Antonio López ha tenido una vida muy feliz. También cuenta cosas de su biografía, por ejemplo, nació el 6 de enero de 1936. No parece muy buena fecha para nacer, pero recuerda su infancia como feliz, según sus palabras "si tienes para comer y gente que te quiere alrededor, no necesitas más". Fue un pintor muy precoz, ingreso en la academia de San Fernando a los catorce años. Allí conoció a la que es su mujer, María Moreno (por cierto, qué bonita es su obra y qué poco conocida). Sus opiniones sobre arte no resultan nunca oscuras o pretenciosas, todo parece hacerlo con sencillez y paciencia. No he visto El sol del membrillo, y es algo que tengo pendiente, a ver si la encuentro en Filmin porque me han entrado ganas de ver más cosas sobre Antonio López.
Nicolás Muñoz


Me parece muy injusto que Nicolás Muñoz no sea más conocido y que el mundo del cine sea tan complejo. He visto casi todas sus películas: Rewind, que fue su opera prima y era una buena comedia que se estrenó en 1999; Animales de compañía estuvo en 2008 en el Festival de Valladolid y, pese a ser una excelente comedia, (doy fe de que en el cine se oían carcajadas todo el tiempo) tuvo muy mala distribución y pasó desapercibida. Ha dirigido también varios documentales: El viaje de Susu (2003) que muestra la experiencia de el veraneo de un niño saharaui con una familia española; El maestro saharaui (2011) donde vemos a los jóvenes del Sahara que van a formarse a Cuba y cómo esa experiencia marca sus vidas; Juntos y revueltos (2014) nos lleva al Mejunje de Silverio, un centro cultural en Cuba que se ha hecho famosos por ser lugar de reunión de homosexuales y travestis, incluso en una época en que no estaba bien visto en el país; El milagro de San Lázaro es la única que me falta por ver.
El Sahara, protagonista
frecuente
Y Cuba, la otra mitad
Los documentales de Nicolás Muñoz se enredan como las cerezas y parece que uno lleva al siguiente. Sus viajes al Sahara y a Cuba le han servido de inspiración para excelentes documentales. Este último narra la peregrinación a la ermita de San Lázaro, cerca de La Habana, que se celebra cada 17 de diciembre. También tiene otro documental más breve, Pequeñas lecciones, en el que sus hijos visitan un campamento saharaui. Ya os digo que no es fácil verlos, a veces en casas de cultura o en eventos relacionados con el Sahara, pero si tenéis ocasión, merecen la pena, cualquiera de ellos.
Nicolás Muñoz también escribe, y muy bien, por cierto (no, no es pariente mío). Tiene publicadas dos novelas: Cenizas (2008) sobre el acoso escolar que ganó el premio Javier Tomeo y Descendientes (2018) que arranca con el secuestro del padre del protagonista cuando él es un niño y es una reflexión sobre las relaciones familiares. La acción se inicia en Madrid en 1972 y se entremezcla con el presente del protagonista en Cuba. Pues eso, que hay gente con mucho talento que no ha conseguido el reconocimiento que merece y me apetecía presentaros a uno.
Laura Balagué