miércoles, 6 de abril de 2016

El tercer hombre o la alargada sombra del genio



Según cuenta Graham Greene en sus memorias (“Vías de escape”) la única intención que tenían él, como guionista, y Carol Reed, como director, cuando gestaron “El tercer hombre” (1949)  fue “entretenerlo (al público), asustarlo un poco, incluso hacerle reír”.

Partiendo de tan modestas intenciones, lograron una obra maestra. ¿Cómo lo consiguieron? Evidentemente, por la confluencia de diversos factores.

En primer lugar de un gran guion, cuyo embrión fue redactado por Graham Greene, en el reverso de un sobre, mucho antes de que el productor Alexander Korda le pidiera el guion para una película. Greene había escrito un simple párrafo, con la idea de desarrollarlo, quizás, en un futuro: “Me había despedido para siempre de Harry una semana antes, cuando su ataúd descendió en la helada tierra de febrero, de manera que no di crédito a mis ojos cuando le vi pasar, sin el menor indicio de que me reconociera, entre la multitud de extraños del Strand”.

Korda deseaba una película sobre la ocupación de Viena tras la Segunda Guerra Mundial por las cuatro potencias aliadas: Rusia, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia. Respetando ese escenario, no tenía inconveniente en que Greene desarrollara la historia de Harry.

Pero Greene tenía su particular modo de trabajar: “Siempre me ha sido imposible escribir un guion cinematográfico sin antes escribir un relato. Una película depende de algo más que el argumento: depende de un determinado grado de caracterización, del estado de ánimo y la atmósfera… imposibles de obtener en la neutra taquigrafía de un guion convencional…”

Por ello, aunque sin intención de publicarla, Greene escribió una novela; y sobre esa base, él y Carol Reed trabajaron intensamente para convertirla en el guion. Sobre ese proceso de transformación Greene dijo: “Nadie participó de aquellas reuniones (de autor y director)… El lector descubrirá muchas diferencias entre el relato y el film, y no debe imaginar que tales cambios fueron impuestos a un autor reticente: créase o no, fue el autor mismo quien los sugirió. A decir verdad, la película es mejor que el relato, porque en este caso es la versión final del relato”

Curiosamente, las palabras del escritor destilan un cierto tono reivindicativo, incluso defensivo, que quizás se entienda mejor después de hablar de otro de los pilares sobre los que se sustentó el éxito de El tercer hombre: el reparto.

El norteamericano Joseph Cotten, tan gran actor siempre, fue el perfecto Holly Martins, el mediocre  escritor que acude a Viena llamado por su amigo Harry Lime, y al llegar a la ciudad se encuentra, sucesivamente, que Harry ha muerto, que era un estraperlista involucrado en el más infame tráfico y, tras enamorarse de Anna, la amante de Harry, que Harry vive y él ha de decir si mantener, o no, su lealtad al amigo de la infancia.
Magníficas fueron también las interpretaciones de la italiana Alida Valli, como Anna Smichdt, y, especialmente, del británico Trevor Howard, como el mayor Calloway, al que Graham Greene dedicó el mayor elogio posible: “… el coronel Calloway... siempre posee ahora en mi mente los rasgos de Trevor Howard”.

Sin embargo, a pesar de la brillantez de los actores mencionados, "El tercer hombre" está ligado, por encima de cualquier otro, al nombre de quien aparece poco más de diez minutos en pantalla: Orson Welles. El que la mayoría del público, y muchos críticos, consideraran a Welles como el artífice fundamental del éxito de la película, y no sólo como actor, fue seguramente lo que obligó a Greene a reivindicar su trabajo y el de Reed.

En cuanto a su actuación es, sin duda, magnífica; consigue que el Harry cinematográfico sea mucho más atractivo, en su  ambigüedad moral, que el literario, más plano en su maldad.  Cínico pero encantador, despiadado pero simpático, Harry Lime es para siempre Orson Welles.

Pero ¿hasta dónde llegó la influencia de Welles en otros aspectos? ¿Fue realmente tanta y tan importante? El mismo Welles contribuyó a la polémica; por ejemplo, en una entrevista que André Bazin (uno de los fundadores de Cahiers du Cinéma) le realizó en París el 27 de junio de 1958 (está entrevista figura íntegra en el libro que Bazin le dedicó a Orson Welles):

            —Pensamos que hay algunas secuencias (de El tercer hombre) que ha dirigido usted completamente, por ejemplo, aquella delante de la Gran Rueda.

            —Dirigir es una palabra que debo explicar. Todo el problema estriba en saber quién va a tomar la iniciativa. Primero, no quiero dar la impresión de ocupar el puesto de Carol Reed; segundo, es, sin lugar a dudas, un director muy competente; tercero, nos parecemos en lo siguiente: si algo se produce en el plato, si alguien hace un descubrimiento, Reed opta por eclipsarse ante el autor de esta nueva idea; le entusiasma ver que algo se está creando y no pone el más mínimo obstáculo a ello como demasiados realizadores mediocres suelen hacer. Pero es delicado hablar de este filme: he sido muy discreto y me molesta ahora… Todo lo que puedo decirles es que he escrito enteramente el papel de Harry Lime. No soy el autor del gag del cucú: lo he tomado de una pieza húngara.

            —Hay tan gran parentesco entre Harry y sus otros personajes…

            —Como les he dicho, he escrito todo lo referente a ese personaje, lo he creado totalmente: era más que un simple papel para mí. Harry Lime forma evidentemente parte de mi obra…

Lo cierto es que Welles no escribió "todo" lo referente al personaje de Harry Lime. Es cierto que a él se debe el famosísimo párrafo del cuco, con el que Harry Lime pone al descubierto su implacable cinismo: “En Italia, en 30 años de dominación de los Borgia hubo guerras, terror, sangre y muerte, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza hubo amor y fraternidad, 500 años de democracia y paz y ¿que tenemos? El reloj de cuco. ”

Pero el resto de la secuencia de la Rueda de la Fortuna del Prater, clímax de la película, ya estaba en el relato de Greene. Y el cinismo de Harry ya se mostraba descarnado en estas palabras, originales de Greene, que Harry le dirige a Holly en la cabina de la noria:

“Mira ahí abajo –prosiguió señalando a través de la ventana a la gente que se movía como moscas negras en la base de la noria. ¿De verdad podrías sentir lástima si una de esas manchas dejara de moverse para siempre? Hombre, si te dijera que podías conseguir veinte mil libras por cada mancha que se detuviera, ¿de verdad me dirías que me quedara con mi dinero, sin una vacilación? ¿O calcularías de cuántas manchas podías prescindir sin problemas? Libres de impuestos, oye. Libres de impuestos.

–¿Cuánto ganas al año con tus novelas del Oeste?

–Mil.

–Antes de los impuestos. Yo gano treinta mil netas. Es la moda. Hombre, en estos tiempos nadie piensa en los seres humanos. Si no lo hacen los gobiernos, ¿por qué vamos a hacerlo nosotros? Hablan del pueblo y del proletariado y yo hablo de primos. Es lo mismo. Ellos tienen sus planes quinquenales y yo también.”




El que Greene, siempre sometido a dolorosas dudas sobre la calidad de su trabajo, estaba  furioso con la actitud de Orson Welles se evidencia en que en el prólogo de El tercer hombre, cuando finalmente permitió que se publicara la novela, hacía la siguiente breve mención "Incidentalmente, las populares líneas sobre los relojes de cucó fueron escritas por Mister Welles mismo”. Sin embargo este escueto reconocimiento desapareció ya en 1980, cuando publicó “Vías de escape”, a pesar de que estas memorias recogen y amplían el prólogo mencionado. Para entonces Greene ya debía de estar muy harto de que se le atribuyeran los méritos de su creación a Orson Welles.

La realidad es que Greene fue un gran escritor, con especial talento para tratar sobre los más terribles conflictos morales, como el que tiene que afrontar Holly Martins. Pero también es cierto que Orson Welles fue un genio de personalidad arrolladora cuya sombra tendía a oscurecer a los que trabajaban con él.

Quizás, intentando ser justos con ambos, podría decirse que Greene modelo la arcilla que dio forma de Harry Lime, en la que ya estaba la esencia del personaje, y Welles, asumiendo el papel de Demiurgo que tanto le gustaba, le insufló vida: la cínica sonrisa que aparece en el rostro de Harry, iluminado entre sombras, en su primera aparición; sus dedos retorcidos aferrándose a la vida; el gesto, apenas perceptible, con el que alienta a Holly para que culmine su traición… Porque hasta el final, Harry Lime, como Orson Welles en la vida real,  quiere manejarlo todo.

Y en cuanto a las evidentes influencias que se pueden rastrear en El tercer hombre del Welles director: la utilización de la profundidad de fondo (Harry acercándose en El Prater a Holly; Anna caminando por el cementerio…), del juego de luces y sombras, de los ángulos bajos de la cámara… Es verdad que todo está ya en Ciudadano Kane… Pero también lo es que Orson Welles debía mucho de sus logros a su admirados John Ford  (de quien, antes de rodar Ciudadano Kane, había visto 45 veces en un mes La diligencia) y Jean Renoir (ambos pioneros en utilizar la composición en profundidad y los planos secuencia), así como al expresionismo alemán en el uso de luces y sombras y en la utilización de violentos encuadres inclinados.

Pero también es innegable la influencia del Neorrealismo italiano y, a través de éste, del  naturalismo del cine francés de entreguerras. El impacto que había causado el estreno en 1945 de Roma, ciudad abierta, de Rossellini, se palpa en la película de Carol Reed.
Porque ese fue el gran talento de Reed, secundado por Robert Krasker, excelente director de fotografía: recoger y amoldar a sus intereses las innovaciones cinematográficas que se habían sucedido desde la Primera Guerra Mundial para dotar a su película de verdadera originalidad. Incluso tuvo el acierto, y la capacidad, de aligerar la dureza de la historia con algún momento de genuino "humor inglés" a cargo de Holly y Mr. Crabbin (gran actuación de Wilfrid Hyde-White), el encargado de las Relaciones Culturales Británicas, que confunde a Holly con un escritor de culto.

Y de Reed fue también el mérito del final impecable que impuso contra los deseos de Greene, que había finalizado el relato original de una manera mucho más débil y ambigua porque  “…temía que pocas personas permanecerían en sus butacas durante la larga secuencia en que la muchacha va desde el borde de la tumba hacia Holly… Yo no había otorgado suficiente crédito a la destreza de Reed como director y en esta etapa, por supuesto ninguno de los dos preveía que él habría de descubrir a Anton Karas, el citarista.”

Ese fue otro de los grandes méritos de Reed: la elección de la banda sonora. Apostó por un citarista totalmente desconocido al que casualmente había escuchado en una taberna vienesa, Anton Karas, músico pobre que se había especializado en la cítara porque, aunque hubiera deseado tocar el órgano, sólo pudo acceder a una cítara encontrada en un desván familiar. La melodía, cadenciosa y muy pegadiza, se convirtió en otro de los grandes protagonistas de la película.



Casi 70 años después de su estreno, Anton Karas, con su música inolvidable, cual moderno flautista de Hamelín, nos sigue llamando una y otra vez a ver la película, con la seguridad de que cada vez la disfrutaremos más y apreciaremos nuevos logros de los muchos que, de una u otra manera, la convirtieron en una obra maestra.


Yolanda Noir

viernes, 25 de marzo de 2016

Doc Hollywood

-¿Sabe?, comprendo lo que pretenden hacer aquí y no pienso aguantar sus chorradas pueblerinas.

"Doc Hollywood" Michael Caton-Jones
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Un joven y prometedor doctor de ciudad decide abandonar urgencias y probar suerte como cirujano plástico en Beverly Hills. Para llegar a la entrevista deberá atravesar el país de punta a punta, pero durante el viaje sufre un accidente de tráfico en un pequeño pueblo del sur, condenándole el juez a trabajar 32 horas como médico de familia allí.
De este modo nuestro protagonista accederá a regañadientes, contando las horas para salir del pueblo, sin embargo con el paso de los días (y la aparición de un atractiva lugareña) se irá aclimatando, teniendo que elegir al final entre la tranquilidad y cercanía del pueblo o el impersonal lujo de la ciudad.

Sí, sé lo que parece, y las fechas cuadran. "Doc Hollywood" se estrenó un año después de que la serie "Doctor en Alaska" viera la luz y el argumento, el escenario y varios personajes son idénticos. Pero en realidad "Doc Hollywood" está basada en un libro de 1979, de modo que lo único de lo que se puede acusar a los responsables de la peli es de un oportunismo descarado. Teniendo esto en cuenta resulta curioso que no tuvieran reparos en acusar de plagio a Disney por "Cars", alegando que era una copia de "Doc Hollywood" hecha con coches, aunque ya imaginaréis por dónde se pasó Disney la acusación.

Corría el año 1991, Michael J. Fox acababa de concluir un año antes la saga de "Regreso al futuro" y a sus 30 tacos estaba buscando papeles que le alejasen finalmente de ese eterno adolescente que llevaba interpretando toda su vida. A todo el mundo le caía bien Michael J. Fox y pese a estar condenado a protagonizar comedias románticas nadie podía imaginar cuando se estrenó "Doc Hollywood" que sólo faltaban 5 años para que el actor se retirase por culpa del Parkinson, enfermedad que le diagnosticaron justo antes de comenzar a grabar la peli de hoy.

Amable, simpática y con algún momento divertido, "Doc Hollywood" es una de esas comedias que se rodaban entonces, ni muy graciosa, ni muy original, pero entretenida y con el encanto de su protagonista. El filme consigue además gracias a sus secundarios que el pueblo y sus gentes resulten entrañables, de tal manera que lo mejor del filme son sin duda las consultas que realiza tanto en el hospital como a domicilio, y los rifirrafes del protagonista con el juez o el viejo doctor. Chirría, eso sí, la chica de la película, que resulta demasiado basta e impertinente.

Por lo demás, una de esas pelis de mi infancia que nunca me canso de ver y con una de las mejores intros de la historia del cine, imprescindible cada vez que voy de viaje a alguna parte. Te queremos, Michael.




Doctora

viernes, 18 de marzo de 2016

Cabaret, 1972

Se pueden contar con los dedos de una mano películas que sean mejores que las obras literarias en las que están basadas. Una de ellas, sin duda, es la película “cabaret” de Bob Fosse, por muchos motivos, además.

Cabaret está basada en el libro de Christopher Isherwood “adiós a Berlín”, en el que cuenta la historia de un estudiante universitario inglés que se da una vuelta por la Alemania de la república de Weimar (Los años 30 del siglo XX). Isherwood se pasó una temporadita en aquella Alemania agitada llena de nazis al acecho. Acabó largándose, claro.



Cabaret juega con el paralelismo simbiótico entre los números de la función y la vida real. Cuando comienza el film, el maestro de ceremonias del cabaret nos recibe y nos saluda con un marcado acento alemán (Brillante, Joel Grey) a la par que vemos bajar del tren a Bryan Roberts (Michael York), un licenciado británico de Cambridge que llega a Berlín para continuar sus estudios y acaba en una pensión que tiene de inquilina a una norteamericana que quiere triunfar en el mundo de la farándula. De momento es estrella de un decadente cabaret. La chica, aprendiz de mujer fatal, se llama Sally Bowles (Espléndido papel el de Liza Minnelli).

Atención, porque voy a "espoilear" un poco. Quién no haya visto la peli y no quiera saber nada, que sólo vea los vídeos. Necesito desmenuzar la peli para poder hacer el paralelismo trama-musical.



La historia se conduce mediante los números del cabaret.


El estirado Bryan Roberts y la alocada Sally Bowles se hacen amigos. Comparten vivencias en la pensión y en el cabaret. Con el fin de poder tener algo de dinero, Sally le presenta a algún amigo, Fritz Wendel (papel que lleva Fritz Wepper), un pobre buscavidas que intenta triunfar a toda costa sin conseguirlo, para que aprenda algo de inglés. Bryan, con una carta de recomendación inglesa, también comienza a darle clase a Natalia Landauer (Interpretada por Marisa Berenson), una rica heredera judía. He aquí una subtrama de la peli. El pobre diablo de Fritz se propone seducir a Natalia para dar el braguetazo de su vida, pero acaba enamorándose de ella. Ante el rechazo de Natalia, por las leyes raciales, Fritz, como un kamikaze, confiesa que él también es judío. Toda una osadía en pleno auge del nazismo.




Un día de guardia baja, Sally y Bryan acaban iniciando una relación amorosa. Sally se siente feliz, como así lo canta.



Maximilian von Heune (Helmut Griem) es un aristócrata seductor que pone un poco de chispa a la vida de la pareja. Sally pretende casarse con él a toda costa. Porque el dinero mueve el mundo...



Lo malo es que Maximilian se siente tan interesado por Sally como por Bryan. El tema de la bisexualidad contado y cantado.


He aquí cuando aparece el nazismo, en un bucólico entorno de pueblo. Es terrible, pero muy bien llevado. Todo parece tan inocente, hasta que no acaba siéndolo. El “tomorrow belongs to me” es uno de los momentos más destacados de la peli. “¿Aún crees que podréis pararles los pies?” Pregunta Bryan al aristócrata Maximilian, que cree que el nazismo es bueno porque aleja la amenaza del comunismo.


La historia con Maximilian no acaba demasiado bien cuando la mujer fatal, que no lo es, se entera de la historia entre sus dos amigos varones. Pero aún hay un problema mayor. Sally está embarazada ¿Quién de los dos es el padre? Bryan pide que se case con él, pero Sally acaba abortando. Tiene dudas sobre cómo será el futuro de una pareja tan distinta. Ella, una “artista” alocada y él un inglés estirado y ocultamente homosexual. Bryan decide irse, entonces de Berlín.



Bob Fosse dirigió uno de los mejores films musicales que ha habido nunca. Ganó el óscar al mejor director en 1973 compitiendo nada menos que contra el Padrino, otra excelente adaptación de la novela de Mario Puzo, que, en cambio, ganó a la mejor película. Con todo merecimiento, Liza Minnelli se llevó el óscar a la mejor actriz, y, como no podía ser de otra manera, Joel Grey, el de mejor actor de reparto. La historia narra, bien acentuada por los temas musicales, la extraña época del Berlín de los años 30 del siglo XX. Una época convulsa en la que el Cabaret era uno de las pocas vías de escape colorido de una sociedad gris.

La cinta acaba, como no, con la despedida del maestro de ceremonias que nos recuerda que el cabaret, durante el rato que hemos estado bajo su cobijo, nos ha quitado las penas. Lo malo es que la escena final deja entrever mucho brazalete nazi entre el público que no augura nada bueno.

Ficha técnica:

Cabaret, 1972

EEUU. 

Género: Musical, drama.

Duración: 120 minutos.

Direccción: Bob Fosse.

Guión: Jay Allen (Basado en la novela "Adiós a Berlín" de Christopher Isherwood)

Música: Ralph Burns, John Kander, Fred Ebb

Reparto:


Liza Minnelli:................................Sally Bowles

Michael York:................................Bryan Roberts

Joel Grey:......................................Maestro de ceremonias.

Fritz Wepper:.................................Fritz Wendel

Marisa Berenson:..........................Natalia Landauer

Helmut Griem:..............................Maximilian von Heune

Elisabeth Neuman:........................Frau Schneider

Helen Vita:....................................Frau Kost

Ralph Walter:................................Herr Ludwig




viernes, 11 de marzo de 2016

Zelig

¿Habéis oído hablar de Leonard Zelig?
¿No?
Woody Allen nos cuenta su vida en este… documental.


Título original Zelig
Año 1983
Duración 76 minutos
País Estados Unidos
Director Woody Allen
Guión Woody Allen
Música Dick Hyman
Fotografía Gordon Willis
Productora Warner Bros. Pictures

Reparto
Woody Allen, Mia Farrow, Gale Hansen, Stephanie Farrow, Garrett Brown, Mary Louise Wilson, Sol Lomita, John Rothman, Susan Sontag


Sinopsis
Falso documental sobre Leonard Zelig, el hombre camaleón que asombró a la sociedad norteamericana de la 'era del jazz'. Su historia arranca el día que miente al afirmar que ha leído Moby Dick, sólo para no sentirse excluido. Desde entonces, su necesidad de ser aceptado lo lleva a transformarse físicamente en las personas que lo rodean, convirtiéndose así en un fenómeno mediático, en una celebridad sin esencia. Testigo de algunos de los acontecimientos más importantes de los años treinta, encaja a la perfección en todas partes porque asume las características tanto físicas como psíquicas de las personas con quien está para caerles bien.




Los seguidores del gran Woody Allen sabemos que en sus películas hay muchas cosas que se repiten… por lo que también son muchos los que dicen que el neoyorquino hace constantemente la misma película cada año…. Algo con lo que personalmente estoy en desacuerdo pero sí que en su cine se repiten muchas cosas.



En 1983 realizó una película en forma de falso documental en la que nos cuenta la vida de un extraño y camaleónico personaje Leonard Zelig, al que da vida el propio Allen, que resulta ser un misterio para todos.

Como todo documental, se van alternando imágenes reales en blanco y negro sobre los años 20 en los que se desarrolla la historia, imágenes “reales” de la vida del propio Zelig con “entrevistas recientes” (alrededor de 1968) ya en color con diferentes “testigos” o “estudiosos” del protagonista, logrando con todo ello convencer al espectador de que le están contando hechos reales.



Teniendo en cuenta los medios disponibles en 1983, en Zelig nos resulta verdaderamente sorprendente cómo Woody Allen logra convencernos de que estamos viendo un documental real. Para que las imágenes parecieran reales, es decir, antiguas y sucias, los técnicos ensuciaron y estropearon las cintas logrando así ese efecto. También lograron incluir imágenes de Zelig en secuencias reales de la Alemania nazi o de la época de la Depresión Económica de Estados Unidos.



En cuanto a los diferentes cambios físicos que experimenta el protagonista y el argumento en sí, no dirá apenas nada porque lo bueno es ir descubriéndolo poco a poco con ese sentido del humor característico que caracteriza al director.

La actriz y pareja del director entonces, Mia Farrow da vida a la Doctora Fletcher, que fascinada por Zelig, se encarga de estudiar el caso y tratar de dar una explicación a los hechos que se nos relatan.



Como ya he dicho, no se trata de una película convencional por lo que sólo la recomiendo a los fans de Woody Allen –los que no la hayan visto todavía, claro- o para aquellos que disfruten de ver una maravillosa rareza ya que disfrutarán son esta extraña y diferente propuesta del gran Woody Allen.


viernes, 4 de marzo de 2016

Borgen

¿Ya te gustaban las series cuando no era cool que te gustaran las series?

¿Disfrutabas con Urgencias, Sexo en Nueva York o Friends, aunque no lo habrías confesado en público ni bajo torturas? ¿La ficción televisiva ha formado parte desde siempre de tu colección de placeres culpables?

Pues me juego el cuello a que te va a gustar Borgen, porque es una serie como las de antes, de corte clásico, con unos poquitos escenarios (política, medios y hogar), que acaban haciéndose familiares, y situaciones repetitivas (desayunos en la cocina, ruedas de prensa, reuniones de gabinete…), historias claras, que no simplonas, sin vueltas de tuerca en el guión, sin filigranas narrativas, sin personajes extremos, con conspiraciones creíbles y  tramas de asuntos cotidianos (falta de tiempo, divorcio, conciliación familiar, las mujeres en los círculos del poder, la lealtad, el amor maduro…) y políticos (cuotas femeninas en empresas, intervenciones militares, reformas sanitarias, ecotasas…).


Cuando la realidad imita a la ficción


El castillo de Chirstianborg, en Copenhague (es.wikipedia.org)

Borgen (“el castillo”) es el nombre abreviado y popular del castillo de Christiansborg de Copenhague, sede de los tres poderes del estado danés, donde se encuentra la oficina del primer ministro. En la pantalla, de una manera rocambolesca y televisiva, contra toda expectativa, como corresponde a un buen guión, llega al cargo de primera ministra Birgitte Nyborg en septiembre de 2010, cuando empezó a emitirse Borgen en Dinamarca.

Poco más de un año después, el 3 de octubre de 2011, llegó al cargo, pero de verdad, Helle Throning-Schmidt, como Nyborg madre de dos hijos y de una línea política asimilable; llega también al poder de una manera bastante parecida a la de la ficción, con un gobierno de coalición fragilísimo, cogido con pinzas. Sabed que en Dinamarca no ha ganado un partido por mayoría desde 1909.

Borgen, producida por la televisión pública danesa, es muy danesa y a la vez muy universal. Por eso ha sido un exitazo en cuarenta países y por eso una productora americana (NBC) y otra española (New Atlantis, de Ernesto Sáenz de Buruaga) han comprado los derechos para hacer sendas versiones locales. La americana parece que se titulará The Goverment;  ¿vamos pensando en el título para España? ¿Qué os parece Moncloa?


“Me había prometido no mentir en mis cien primeros días de gobierno”

Borgen comienza con una cita de Maquiavelo y su protagonista, la primera ministra danesa Birgitte Nyborg, suelta perlas como la del título. Podría interpretarse como toda una señal del tono global de la serie, pero no es para tanto. No esperes encontrar en esta serie danesa de 3 temporadas y 30 episodios el cinismo y la abyección de House of Cards, a pesar de ciertos momentos verdaderamente ácidos. Borgen es más El ala oeste de la Casa Blanca, más idealista, más reconocible, más emocional, pero sin pizca de edulcorante.

También tiene Borgen, por supuesto, algo de The Good Wife, con ese jefe de prensa tan a lo Eli Gold. Qué sería de las series políticas sin los asesores de prensa o estrategas de campaña, esos seres diabólicos, sin escrúpulos, tan tan tan profesionales, que dan tantísimo juego narrativo.

También es Borgen algo francesa, pues me recuerda a la vida política francesa real, con altibajos continuos en las relaciones entre política y periodismo. Una recomendación frívola: si un día no tenéis otra cosa mejor que hacer, mirad cuántos políticos franceses tienen parejas periodistas; y digo políticos y periodistas, no políticas y “periodistos”.


Lo que siempre sospeché

Borgen cuenta de las mujeres y los hombres políticos, sus cónyuges y sus familias cosas que yo siempre había imaginado pero nadie me había corroborado, cosas que no se dicen en público y que van en el lado oscuro de las vidas de gentes que no son héroes ni semidioses ni sobrehumanos, sino frágiles y miserables como tú y como yo.

Así, tras la cita de Maquiavelo que abre la serie, esta salta a continuación a la sala de maquillaje de una cadena televisiva. La protagonista, Birgitte Nyborg, todavía candidata a primera ministra y en la recta final de la campaña electoral, se prepara para una entrevista. La acompaña su jefe de prensa, quien le dice a la maquilladora: “Que no parezca que no ha dormido en quince días”.

En esos comienzos es todavía primer ministro de Dinamarca Lars Hesselboe, del Partido Liberal, que cae política y popularmente con todo el equipo por culpa de un episodio en el que se ve envuelta su esposa, una mujer desequilibrada que trata desesperadamente de llamar la atención de su marido.
Sin salir de la primera temporada, cuando Birgitte Nyborg ya es primera ministra, su compañero de partido y ministro de Economía Bent Sejrø pronuncia estas terribles palabras: “Defendemos un modelo de vida en el que las parejas concilian su vida profesional con la familiar, trabajan y cuidan a partes iguales, pero, en realidad, los matrimonios de Borgen solo funcionan cuando uno de los dos se dedica a la casa y a la familia”.

En fin, lo que os decía, lo que siempre sospeché: candidatos exhaustos y empastillados,  esposas locas de abandono y soledad y cónyuges que sacrifican vidas enteras por el proyecto del otro. Tan duro como verdadero.


Momento cumbre

Una de las cosas que más me gustan de Borgen es cómo retrata el poder con imágenes, con hechos, sin grandilocuencia, sin soflamas ni discursos. De manera que, puesta a elegir un momento culminante, me quedo con una escena de la primera temporada en la que dos machos alfa se ausentan de una fiesta, se apartan a un rincón para charlar sin que los oiga nadie, en privado.
Con traje y corbata ambos, salen a un jardín a fumar auténticos habanos de Cuba, a beber auténtico champán francés y a mear en cualquier sitio, porque ellos pueden; y ahí mismo, medio borrachos, conspiran y deciden en un momentito, como quien no quiere la cosa, el futuro del gobierno de Dinamarca.


Prefiero no seguir pensando en esto y no sacar consecuencias. Disfrutad de la serie. Si podéis.

viernes, 26 de febrero de 2016

Nadie quiere la noche





Tenía gran expectación por ver la última película de Isabel Coixet.
Con un metraje de 108 minutos, la directora catalana más internacional que sabe rodearse de actores de gran talla,nos deja con "Nadie quiere la noche" una historia de singular belleza que terminó ganando tres galardones en la última ceremonia de los Goyas 2016: mejor música original, maquillaje y peluquería y diseño de vestuario.


 Isabel Coixet  con un guión de Miguel Barros (Blackthorn), cuenta para el papel protagonista con la actriz francesa Juliette Binoche, la legendaria intérprete parisina, internacionalmente reconocida por títulos como 'La insoportable levedad del ser' (Philip Kaufman, 1988), 'Herida' (Louis Malle, 1992) o 'El Paciente Inglés' (Anthony Minghella, 1996), que le valió el Oscar y con  la japonesa Rinko Kikuchi, que ya trabajó con Coixet en Mapa de los sonidos de Tokyo .Además,completan el reparto :Gabriel Byrne (Los 33, El tiempo de los amantes,serie En terapia) y Matt Salinger (Aprendiendo a conducir, Bigger Than the Sky).


La película nos narra la historia de Josephine (Juliette Binoche), que emprende una expedición al Polo Norte para reunirse con su marido :el explorador Robert Peary,personaje (que no aparece en escena ni en una sola ocasión.)uno de los hombres que se propuso a principios de siglo XX  ser el primer estadounidense en colocar la bandera de su país en el PoloNorte.



En la Groenlandia de 1908,. Josephine Peary (J.Binoche) durante su larga travesía coincide con una mujer esquimal ,Allaka   (Rinko Kikuchi), que esconde un secreto que la víncula a Josephine.Su relación con ella pasa del prejuicio e incluso el resentimiento a la sororidad más insospechada promovida por unas condiciones clímatológicas completamente adversas y prácticamente insalvables: la tundra. Toda diferencia cultural y social pierde relieve y se diluye,y será su unión el último eslabón que puede mantenerlas con vida en una cadena de sucesos más a merced de la naturaleza que de su propio control.



Es un punto de partida puede que sencillo, pero la película cuenta con un telón de fondo hermoso y aterrador,que es el habitat del Polo Norte,que  la dota de un misterio casi inabarcable.Una tierra inhóspita,cruel,inexpugnable que acompaña el designio de estas dos mujeres perdidas,abandonadas prácticamente a su suerte.



Es el encuentro y  la relación de estas dos mujeres tan abismalmente distintas ( una neoyorkina, la otra nativa inuit ,esquimal). lo que más me ha gustado de la película de Coixet.

La directora,tan acostumbrada a no ver fronteras en el cine,se salta también esas barreras que levantamos con el extranjero,el indígena,también las frías barreras que se alzan entre estas mujeres que de alguna manera al principio una se siente rival de la otra.

La evolución del personaje de Josephine es asombrosa, pasa de ser una mujer burguesa y soberbia a convertirse en un ser humano golpeado por la adversidad y  despojado de arrogancia (Juliette Binoche aludía a la transformación de Josephine de pavo real a perro) pero es el personaje que interpreta la magnífica Rinko Kikuchi,Allaka, quien nos deja la lección de vida más generosa y abnegada,es en el personaje de la mujer indígena donde encontramos un código de ética y de moral muy superior al que representa la civilización más moderna en el personaje de  Josephine y por extensión, el mundo de los exploradores colonos en general.


Y no desvelaré lógicamente el desenlace,pero a veces las personas más humildes, las que irrumpen sin apenas levantar polvoreda,son las que terminan con su sensibilidad,su bondad y su lucidez dejando una huella indeleble en nuestro camino.

Estupendas interpretaciones de Binoche y de Kikuchi,un duelo interpretativo fascinante al servicio de una historia de mujeres que luchan por sobrevivir, un retrato de pérdida,dolor y sufrimiento,pero también de amor y generosidad,de cómo hay personas que con su corazón limpio y puro como  la nieve,son capaces de  transformar quienes somos y cambiarnos la vida para siempre.


Féliz fin de semana,zinefil@s,

Troyana

viernes, 19 de febrero de 2016

EL ÚLTIMO REFUGIO O LA FUERZA DEL DESTINO


 “El cine, si se hace bien, regala pequeños fragmentos de vida que nunca olvidarás”  (Amarcord, de Fellini).



“El  último refugio”, dirigida por Raoul Walsh, es una de esas película bien hechas que regala fragmentos de vida. Fragmentos que, en este caso, están tejidos con la historia de Roy Earle, un gánster que, tras ser excarcelado, prepara el que confía en que sea su último gran golpe. Pero una cosa serán los deseos de Earle y otra su destino…

La película se basa en la novela “High Sierra”, de W. R. Burnett, publicada en marzo de 1940 con tanto éxito que, inmediatamente,  se rodó su adaptación cinematográfica, estrenada a principios de 1941.

Los guionistas fueron el mismo Burnett y John Huston. En sus apasionantes memorias, “A libro abierto”, Huston comenta sobre Burnett: 

“Mi siguiente trabajo (tras el guion de “El sargento York”)  fue la adaptación para un guion de la novela negra de W. R. Burnett “El último refugio”. Yo siempre he admirado a Burnett, quien me parece uno de los escritores americanos más olvidado…  Más de una vez (sus libros) me han producido escalofríos”.

Al parecer, Burnett también acabó con algún que otro escalofrío tras trabajar con Huston, pues en cuanto a método de trabajo ambos eran incompatibles; pero, eso sí, según comentó después Burnett, se había reído muchísimo con las ocurrencias de Huston (como también disfrutará cualquiera que lea “A libro abierto”).

Aunque no fue la primera opción, el actor finalmente elegido para interpretar a Roy Earle fue Humphrey Bogart que, tras su triunfo en el papel de gánster en la versión teatral y en la cinematográfica de “El bosque petrificado” (1936), estaba muy bien valorado como secundario, pero todavía no había conseguido ningún papel estelar.

Sobre la elección de Humphrey Bogart como protagonista, Huston también nos cuenta: “Le ofrecieron un papel principal a Paul Muni, y me alegré cuando lo rechazó y contrataron a Humphrey Bogart para hacerlo. Antes de esta película Bogie estaba muy abajo en la nómina de la Warner. “El último refugio” marcó un hito en su carrera."

Y más adelante Huston dice sobre Bogart: “Bogie era un hombre de estatura media, no particularmente notable fuera de la pantalla, pero algo sucedía cuando estaba interpretando el papel adecuado. Aquellas luces y sombras se transformaban en una personalidad diferente y más noble: heroica como en “El último refugio”. Juraría que la cámara tiene una forma especial de ver el interior de una persona y de registrar cosas que el ojo desnudo no percibe.”

Y lo cierto es que el papel de Roy Earle fue perfecto para Bogart y le lanzó definitivamente al estrellato. Bajo la dirección de Walsh, Bogart consiguió crear un personaje con gran profundidad emocional; un malhechor encallecido en el que se entremezclan rasgos de heroicidad, dureza, generosidad y trágico patetismo.

El resto de las interpretaciones fueron también magníficas. Destaca la de Ida Lupino como  Marie Garson, una mujer marcada por la fatalidad en lugar de la mujer fatal típica del género negro. Ella y el perro Pard, unidos ambos en el afán desesperado de querer y ser queridos, son los personajes más conmovedores de toda la historia, por encima de la aparente vulnerabilidad de Velma, la joven lisiada interpretada por Joan Leslie. 

Del perro que interpretó a Pard nada sabemos, sólo su nombre, Zero, pero de Ida Lupino se puede decir que luchó por cumplir lo que el personaje de Bogart decía sobre el de  Marie Garson, “La muchacha es el mejor hombre del grupo”, porque, aunque nunca llegó  a consolidarse como gran estrella,  a partir de 1949 se convirtió en la única directora cinematográfica en el Hollywood de la época y fue la primera mujer en dirigir una película de género negro: “El autoestopista”(“The hitch-hiker”, de 1953), donde dejó claro su talento como directora y también como guionista.


Raoul Walsh, con el vigor que caracteriza a toda su filmografía, supo mantener los matices épicos y trágicos de la historia, utilizando su maestría para condensar en unas pocas imágenes partes importantes de la novela, como cuando, con una sola escena (la de Earle con un lugareño y un niño), resume todas las páginas, las más poéticas de la novela, que Burnett dedica a relatar la infancia de Earle en Indiana. 

Aunque a Raoul Walsh se le suele adscribir al género de aventuras, lo cierto es que logró grandes películas en casi cualquier género: negro, aventuras, western, bélico…  muchas veces mezclando varios de ellos; como pasa en este caso, donde el género de gánsteres está veteado de un fuerte romanticismo y hondura emocional, que le hace destacar sobre la mayoría de las películas de esa temática. 

La película se aligeró de la mayor parte de la crítica social que aparece en boca del Roy literario, mucho más charlatán y filocomunista que su reflejo cinematográfico (hay que tener en cuenta que la historia transcurre en los años finales de la gran depresión, con el aumento de delincuencia que se produjo en esa época). Sí se mantuvo la crítica implícita que suponía el que un delincuente pudiera comprar su indulto.

Walsh fue un pionero en la utilización de exteriores. Precisamente buscando exteriores para “En el viejo Arizona” (el primer western sonoro) sufrió un accidente que le costó un ojo. Su capacidad para sacar gran partido a las escenas  al aire libre queda patente en “El último refugio”, con sus escenas de la sierra californiana o del desierto de Nevada, donde Roy se cruza por primera vez con Velma y sus abuelos  y donde hay una escena que recuerda mucho al accidente que convirtió a Walsh en tuerto.

Y al hablar de Velma y sus abuelos hay que destacar también la buena interpretación de Henry Travers (el Clarance de “¡Qué bello es vivir!”) como papá Goodhue, el abuelo de Velma. La familia Goodhue que, inicialmente representa para Roy la nostalgia de su feliz infancia, será, finalmente, la triste expresión de la mezquindad humana.

Porque ahí radica quizás la grandeza del  género negro, ya sea literario o cinematográfico, que es el que suele mostrar un abanico más amplio de todas las emociones humanas, en su grandeza o en su miseria.

Y como no podía ser menos en una película dirigida por Raoul Walsh destacan las escenas de acción: el robo en el hotel, las huidas en coche y el épico final en la sierra.



Walsh, fue un hombre de vida apasionante (en gran parte mitificada por el mismo en su autobiografía) e indisolublemente unida al desarrollo del cine en EEUU, desde que se inició como actor y luego como ayudante de David W. Griffith hasta que, en 1964, dirigió su última película, cuando las aseguradoras se negaron a cubrir sus rodajes por excesivamente peligrosos. Un hombre con una vitalidad tal que, ya totalmente ciego y octogenario, dictó una novela, “La cólera de los justos”, y su autobiografía,  mientras aseguraba que seguía disfrutando de la vida y no sentía ningún deseo de morirse

En definitiva, “El último refugio” es una hermosa y crepuscular película, a la que Walsh, que se definía como “poeta, borracho y pendenciero” supo dotar de las dosis justas de poesía y violencia como para convertirla en un clásico, del que curiosamente el mismo haría un remake en 1949, “Juntos hasta la muerte” (“Colorado Territory”), esta vez en versión western, con el que lograría otra obra maestra, pero esa es ya otra historia...

Yolanda Noir