Está basada en la novela homónima de MegWolitzer, una escritora nacida en Brooklyn y criada en la fe judía,
al igual
que el coprotagonista Joe Castleman, interpretado por Jonathan Pryce. La novela
The wife se publicó originariamente en 2003. En español podéis encontrarla en
Alba Editorial.
La buena esposa del título es la cónyuge de
un novelista de éxito. Llevan cuarenta años casados, durante los cuales la
buena de Joan Castleman, a pesar de haber tenido una vida más que digna en
ambientes de élite intelectual y con un buen pasar económico, ha ido tragando
disgustillos y frustraciones que le brotan de golpe cuando a su marido le
conceden en 1992 el Premio Nobel de Literatura.
El film se centra principalmente en ese
puñado de días que la pareja, su hijo y un periodista tocapelotas (Christian
Slater), empeñado en sacar a la luz ciertos trapos sucios, pasan en Estocolmo,
un Estocolmo de mentirijillas filmado en Escocia.
Se me ocurría, mientras veía la peli, y lo
sigo pensando, que es una obra muy teatral, que se adaptaría muy bien a las
tablas, reducida a los acontecimientos que tienen lugar en Estocolmo y
prescindiendo de los flashbacks que nos dan pinceladas de esos anteriores
cuarenta años de convivencia de la pareja.
También pensaba que había un gran
desequilibrio entre esos cuarenta años de aparente calma, en los que apenas
sucede nada, y el montón de cosas que pasan de repente en Estocolmo. Pero luego
me di cuenta de que eso es exactamente lo que ocurre con las emociones de la
protagonista: en cuarenta años soporta malos tragos y luego ese malestar
acumulado explota de golpe en unos pocos días.
Esta explosión emocional no la vive solo Joan
Castleman, sino también su marido (está muy nervioso con esto del premio y no
anda bien de salud) y su hijo, que amontona también unas cuantas frustaciones,
ayudados todos por el periodista que interpreta Christian Slater, que se
encarga de meter cizaña entre los miembros de la familia para ver si consigue
provocarlos y que larguen.
El resultado son escenas de gritos y
discusiones, bajo la presión del foco mediático mundial, en las que estos
intelectuales de talla se comportan como adolescentes desequilibrados, sueltan
un montón de tacos y hacen verdaderas tonterías.
Es inevitable pensar en los hechos reales que
pudieron inspirar la novela de Wolitzer en la que se basa esta película. Las
referencias son infinitas, pero yo solo os voy a nombrar tres.
En primer lugar, Maite Orduña, en un artículode 2018 en Moon Magazine nos habla del caso de la directora rusa Yuliya Solntseva, que se pasó décadas filmando películas que firmaba su marido.
En segundo lugar, cómo no recordar el caso de María Lejárraga, que escribía lo que luego publicaba y cobraba su marido Gregorio Martínez Sierra.
Y la tercera referencia, aunque sucedió,
después de la peli (la vida imita al arte), es el caso de Mario Vargas Llosa.
En La buena esposa es muy importante la
escena del discurso de agradecimiento que pronuncia Joe Castleman tras haber
recibido el Nobel. Aunque su mujer, para entonces ya bastante rebotada, le había
pedido que no la nombrara en el discurso ni le diera las gracias, él no le hace
ni caso y se pasa casi todo el tiempo elogiando su papel y diciendo que el
premio también es para ella.
Pues claro, yo inevitablemente de acordé del
discurso de agradecimiento de Mario Vargas Llosa, Nobel de Literatura en 2010,
en el que no hizo otra cosa que elogiar a su esposa Patricia, a la que cinco
años más tarde abandonó por otra mujer, tras cincuenta de matrimonio.
Para acabar, La buena esposa es una sutil
denuncia del mundo hipermasculinizado de la edición literaria y de los premios. Sabed, por ejemplo, que en Estocolmo hay una encargada de las esposas de los
premiados, todos hombres, que les propone ir de compras y a salones de belleza.
Me quedo, en fin, con la última escena de la
peli: Glenn Close sonríe al contemplar una hoja de papel en blanco. Esa hoja es
el resto de su vida, que escribirá ella como quiera.


No hay comentarios:
Publicar un comentario