«Cuando la funcionaria
judicial me sonrió la mañana del juicio, supe que estaba jodido».
Siempre que aparece en
pantalla un tribunal del «profundo sur», me da la impresión de que Atticus
Finch me guiña un ojo, escondido en algún lugar de la sala. Este es un buen
thriller judicial ambientado en Lousiana, dirigido en 2016 por Courtney Hunt,
quien dirigió también, entre otras, la versión americana de la serie «En
terapia». El guion es de Nicholas Kazan, responsable de la adaptación de la
aclamada «El misterio von Bülow» y autor del guion de «Fallen».
Uno de los puntos fuertes es
la trama: un abogado (Keanu Reeves, con
un aire impasible que recuerda al agente Cooper de «Twin Peaks») debe defender
a un adolescente (Gabriel Basso) acusado de asesinar a su padre
multimillonario. Pero como las cosas no pueden ser tan fáciles, se encuentra
con el obstáculo añadido de que el joven se niega a hablar de lo sucedido, ni
siquiera con el abogado.
Enseguida comienza un puzzle
de luces y sombras sobre la personalidad de la víctima (James Belushi), con los
testimonios de una serie de personajes secundarios que quizá tengan más
relevancia que la que aparentan: la viuda (Renée Zellweger); los vecinos que,
como es natural, saben pero callan; o los empleados del multimillonario
dispuestos a silenciar sus desmanes por no perder el empleo o quizá por otros
motivos. También resulta interesante, y a mi modo de ver un poco
desaprovechado, el papel de la abogada ayudante (Gugu Mbatha-Raw), experta en
detectar cuándo la gente miente. He comenzado hablando de la trama porque en
alguna crítica he leído que la consideran previsible. A mí no me lo ha
parecido, juzgad vosotros mismos.
El arranque de la película es
muy ágil y dinámico. Los juegos de cámara, con planos rápidos desde distintos
puntos de vista, contribuyen a configurar el espacio del juzgado como una
inmensa telaraña, laberinto o, en cualquier caso, un sitio horrible en el que resulta
imposible encontrar la salida. La banda sonora de los hermanos Evgueni y Sacha
Galperine, entra con fuerza e imprime la
dosis de emoción necesaria. El intercalado de escenas del pasado, solo
presentes en la mente de los personajes, proporciona al espectador más datos que
los que posee el juzgador, información que se va completando poco a poco a
medida que avanzan los testimonios y de manera subjetiva, dependiendo que quién
sea el declarante en cada momento. La narración en primera persona del abogado
contribuye a hacernos una idea de las dificultades de esa extraña defensa. Aquí
no se trata de ver si ganarán los buenos o cómo lo conseguirán, sino del juego
psicológico de esclarecer la culpabilidad del muchacho que se niega a hablar,
al estilo de «El juez», «Presunto inocente» o «Anatomía de una caída».
Los personajes, bien
perfilados, quizá no se ajustan al estereotipo de los papeles que acostumbran a
interpretar Keanu Reeves o Renée Zellweger, pero en esta película encajan a la
perfección, con una mención especial para el joven Gabriel Basso que borda su
papel.
Almudena Fernández Ostolaza

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