viernes, 23 de septiembre de 2022

The Good Fight


Esta serie televisiva norteamericana creada por Michelle y Robert King comenzó a emitirse en 2017 como spin-off de la exitosísima The Good Wife, tomando como personaje central a uno de los principales de la serie “madre”: la inefable e inigualable Diane Lockhart, una exitosa abogada de Chicago, demócrata, activista y feminista. Dicen que, en la génesis del personaje de Lockhart, la inspiración vino de una persona real, Christine Lagarde, pero no sé si creérmelo. Puede que una semilla del personaje sí viniera de ahí, pero luego Diane hizo su propio camino y se distanció tanto de su modelo que ambos se volvieron mutuamente irreconocibles.

Con Diana Lockhart viajan de la precuela a la secuela otras dos cracks más: la abogada Lucca Quinn y la todoterreno Marissa Gold.

Vuelvo un momentito a la precuela, a The Good Wife, para contaros que a su actriz protagonista, Julianna Margulies, que encarnaba a la gran Alicia Florrick, la invitaron a aparecer en The Good Fight (en adelante, TGF), pero las negociaciones no llegaron a buen puerto, porque las demandas económicas de Margulies debían de ser desorbitadas.

Con todo, quizás Margulies, más que una faena, hizo un favor a TGF, pues los guionistas supieron valerse de tal ausencia y hacer que planeara magistralmente sobre los acontecimientos, especialmente sobre la primera temporada, hasta el punto de convertir al personaje en una especie de mito, más etéreo e importante por invisible y esquivo.

En el episodio 1 de la temporada 1 de TGF, encontramos a Diane Lockhart en la peor etapa de su vida: por si fuera poco horrible que Donald Trump haya ganado las elecciones y se haya convertido en el maldito presidente de los Estados Unidos,  Diane se descubre víctima de una estafa financiera del estilo de la de Bernard Madoff, que le hace perder los abultadísimos ahorros de toda su vida.

Con semejante arranque, aunque The Good Wife había dejado el listón verdaderamente alto, TGF consigue al menos igualarlo y en ciertos momentos incluso diría que superarlo. No defrauda en absoluto y, al explorar nuevos estilos de narración, incluso  refresca a su antecesora. Sin una gran historia de amor ni tensión sexual ninguna, se arriesga en la originalidad y triunfa al lanzarse de lleno a intrigas políticas convertidas en estupenda ficción televisiva. De hecho, uno de sus grandes aciertos es el de seguir muy de cerca los sucesos de la historia social y política norteamericana (la emergencia de la extrema derecha y el supremacismo, el movimiento #MeToo y las violentas reacciones contra él, el acoso en redes sociales, las fake news e incluso la covid-19), que, sobre todo desde Trump, tienen un toque de irrealidad o surrealidad muy sugestivo y se prestan bien a ser ficcionados.

Además, se adentra de lleno en un ámbito ya apuntado en The Good Wife: la hipocresía liberal, lo que no es oro, aunque reluce, en el compromiso moral de la progresía demócrata norteamericana.

Estoy segura, queridas lectoras y lectores, de que, si conocéis esta serie, coincidiréis conmigo en que el episodio estrella, insuperable, es el primero de la cuarta temporada. Y si no la conocéis, mejor no digo nada y os dejo con la intriga, para que os animéis a verla.

El rodaje de la quinta temporada tuvo que interrumpirse por la pandemia, lo cual no dejó sin reflejos a los guionistas, que, como os decía antes, en su línea de seguir muy de cerca los acontecimientos reales del país, incorporaron a sus tramas la covid-19, las reuniones por Zoom con sus consabidas meteduras de pata más o menos graves, las protestas por la muerte de George Floyd, el asalto al Capitolio y la muerte de la jueza Ruth Bader.

 TGF une el horror y la farsa y se empeña también en mostrarnos hasta qué punto puede ser la justicia absurda y arbitraria. En este apartado destaca, ya desde The Good Wife, un elenco de jueces a cual más extravagante que llega a su clímax en la temporada quinta con el personaje que encarna Mandy Patinkin.

La sexta y, según dicen, última temporada de TGF se estrenó el pasado 8 de septiembre. Aunque estoy deseando hacerlo, todavía no la he visto, sospecho que porque, cuando la vea, se habrá terminado TGF definitivamente y, por supuesto, no deseo que tal cosa suceda.

Noemí Pastor

viernes, 16 de septiembre de 2022

INTIMIDAD

INTIMIDAD Solo se me ocurren razones para ver esta serie, escrita por Verónica Fernández y Laura sarmiento, y dirigida por Jorge Torregrossa García, Ben Gutteridge, Marta Font y Koldo Almandoz. La primera es la combinación de suspense y emoción. Engancha desde el primer capítulo en el que plantea las historias paralelas de dos mujeres muy diferentes entre sí. Por una parte, Itziar Ituño da vida a Malen, una concejala con opciones para convertirse en la futura alcaldesa de Bilbao, con lo que conlleva de fama, estatus social y nivel económico; y, por otra, Verónica Echegui encarna a Anne, una mujer anónima, operaria en una fábrica, que tras varios fracasos sentimentales está al fin ilusionada en su relación con un hombre al que quiere y valora. Las vidas de las dos se van a pique cuando sufren un brutal ataque contra su intimidad al hacerse públicas fotos e imágenes de contenido sexual. En la trama política sobre la carrera por la alcaldía destaca la extraordinaria verosimilitud de los personajes con sus zancadillas, alianzas estratégicas y traiciones. Viene adornada con un vestuario de ensueño de la protagonista y una ambientación preciosa en escenarios muy bien escogidos que muestran Bilbao como es: una ciudad atractiva y singular. La historia de la joven anónima, Anne, –también con una ambientación excelente– revela tal sin sentido que resulta sobrecogedora. Le puede suceder a cualquiera: no es necesario tener grandes enemigos para que tu vida se convierta en un infierno; y lo que es peor, tampoco es necesario que todo tu entorno quiera lastimarte, basta con que no piensen para que tu vida se convierta en un infierno. Y es que, en mi opinión, el tratamiento de los delitos contra la intimidad es fabuloso. Muestra como estos crímenes tienen la fuerza de golpear a la víctima cientos de veces, una por cada persona que reacciona, ya sea de su entorno o desconocida. Por eso es tan importante que se explique que la reacción más habitual cuando al alguien le llegan estas imágenes –verlas– causa dolor. Y que se explique que la víctima no tiene la culpa: es la víctima, con independencia de cómo, dónde, cuándo y con quién se lo monte, porque todo eso no le interesa más que a ella; por eso lo llamamos intimidad. Solo quien roba la intimidad de otra persona publicando, difundiendo, viendo, reenviando, comentando... comete la agresión. Otro acierto es la voz interior de varios personajes. Esa voz que explicita emociones y pensamientos no tan fáciles de plasmar exclusivamente en imágenes, que, por supuesto, ayuda a comprender sus sentimientos y que viene al caso totalmente en una serie que trata sobre la intimidad. Los personajes que más he disfrutado, además de las protagonistas, son los que muestran sus ambigüedades y contradicciones: el marido y la hija de Malen y la hermana de Anne. No tienen las cosas claras. Aman, pero sufren. Sienten una rabia tremenda. Intentan salvarse. Tardan en comprender. Reacciones reales que, más allá del nudo central de las agresiones, plantean un mundo de relaciones nuevas y cambiantes... ¿Qué vale en la pareja hoy?, ¿pactos que deben mantenerse en secreto? Adolescentes, ¿violencia, bulling, redes…? Maternidad, paternidad, ¿qué pasa cuando no se habla de las cosas? Relaciones de dependencia, parejas tóxicas, ¿tener pareja porque es lo normal? Da una pista la frase que le dice Malen a su marido en algún capítulo: “Es muy sexi que seas tan buen tío”. Almudena Fernández Ostolaza.

viernes, 8 de julio de 2022

Tierra de Dios


En la semana del Orgullo LGTBI + ,no podía menos que escoger un título que sirviera también a la causa.

De manera aleatoria, recientemente descubrí "Tierra de Dios" una película del 2017 de Francis Lee protagonizada entre otros por  Josh O´Connor y Alec Secareanu.

En un paisaje inglés tan bello como solitario, la vida de un joven granjero que vive con sus padres y que se dedica al cuidado del rebaño  , da un giro radical con la llegada de un trabajador rumano. 

Johnny Saxby se evade de una vida solitaria y aislada a veces bebiendo y otras a través del sexo esporádico y anónimo. Nada vaticinaba que pudiera salir de ese hastío al conocer a  Gheorghe, un trabajador migrante rumano, que es contratado como ayuda adicional  para la temporada de parto del ganado.


No sabemos si esta historia de amor surge antes con la carne que con la palabra, es posible que el cuerpo a veces tenga un lenguaje más directo y más honesto. 

Esta ópera prima podría recordar a Brokeback Mountain pero aquí el relato es posiblemente más plano y más austero: las labores del cuidado del ganado, los partos, la construcción improvisada de muros para guarecerse del viento o del frío, se convierten en el telón de fondo de un vínculo forjado en condiciones climatológicas duras, frías de una belleza arrebatadora pero a la vez desoladora incluso inhóspita.


Esta "Tierra de Dios" es en parte un reflejo de la vida del guionista y director quien también tuvo que tomar la decisión de quedarse y trabajar en la granja de su familia o ir a la escuela de arte dramático.


Me interesa la evolución del personaje de Johnny, cómo busca la aprobación de su padre, incluso cuando después de una discusión decide ir en busca de Gheorghe. Hay un código no hablado, un mensaje cifrado en cada gesto, camuflando todo propósito con las labores que se requieren en la granja.

"Tierra de Dios" es una testimonio de unas vidas austeras, duras, alejadas de las ciudades pobladas, en contacto directo con la naturaleza, con el paisaje de Yorkshire pero también de una relación homosexual curtida en condiciones desafiantes, adversas, con momentos también cómplices.

Si alguien no la ha visto, es una película que bien merece una oportunidad. 

En caso de que no queráis ninguna pista sobre el final, os sugiero que no leáis el último párrafo de esta reseña.


Se precisan historias de amor dentro del colectivo LGTBI que no terminen en tragedia por sistema, referentes que se bases en hechos reales y que sirvan de inspiración, de guía, puede que incluso en los tiempos convulsos que vivimos donde los delitos de odio siguen siendo noticia , un espacio libre para soñar juntos otros posibles desenlaces.

Feliz fin de semana

Troyana



viernes, 1 de julio de 2022

Nostalgia futura

Hoy se estrena en Netflix el segundo volumen de la cuarta temporada de Stranger Things. La serie, que es uno de los buques insignia del servicio de streaming, empezó en el año 2016, creada por los hermanos Duffer, que nacidos en el año 1984, apostaban por traer al público actual una historia de "coming of age", situada en la década de los 80, basada en las películas de adolescentes y de ciencia ficción que tan populares fueron en esa época, y que todavía forman parte de nuestra cultura popular, por su impacto, entretenimiento y calidad.

La primera temporada fue un bombazo para Netflix, y aunque mantiene sus audiencias en secreto, se supo que fue la tercera serie más vista. Eso junto al éxito crítico, hizo que se siguiera exprimiendo el formato, con dos temporadas más, que aunque podían resultar entretenidas en determinadas ocasiones, se veían lastradas por la repetitividad de la apuesta, los homenajes obligados, el crecimiento desigual de personajes, y en opinión de servidora, de su comportamiento equivocado, más propio de jóvenes de esta época, que de los 80.

En su última temporada, con un giro hacia el género de terror de esa década, y un posible comienzo de cierre de la mitología de la serie (queda aún una quinta temporada confirmada), la serie se ha resarcido, quitando tramas de angustia adolescente más cercana a la actualidad que al momento, y haciendo guiños al desarrollo que había en esas películas que homenajea. Aunque también hay que decir, que pasadas por cierto filtro de nuestra época (como la falta de sexualización, o carencia de la misma, frente a las exhibiciones gratuitas que había en el cine de los 80, aunque sólo fuera en los diálogos). Pero bueno, en general, algunos esperamos con ganas este cierre de temporada, lo cual me hace pensar en esa obsesión por los años 80.

Sí, los 80, donde ¡también se fantaseaba con otras épocas! De hecho, ¿no había una obsesión por los 50? Marty McFly, nos llevó allí en su Delorean, para intentar regresar al futuro. Y no fue el único personaje de esa década, que quería viajar a ese momento de autocines, bandas de moteros, batidos, cantantes de rock y bailes de instituto. Recordemos a Peggy Sue (era 1960, pero casi), a los "jóvenes de Grease", a Baby y su pareja en Dirty Dancing...Había una auténtica obesión por esa época pre-Vietnam, donde se hacía una especie de espejo extraño que había generado la sociedad de los 80, que veía su reflejo fantasioso en los 50.

Pero igualmente, la cosa ocurrió en los 90, cuando fueron los 60 los que se impusieron, con quizá el mayor ejemplo con Austin Powers, el superespía de la época psicodélica que viajaba al final del siglo.

Y es que parece que tenemos una obsesión generalizada por querer pensar que sólo hace unos 35 años se vivía mejor, y se fantasea con una época en la que los jóvenes no han vivido, y los que la vivieron, eran jóvenes y por tanto, tiene un recuerdo en general feliz del momento. Una nostalgia en bucle que podemos ver como se repite una y otra vez.

Lo cual me recuerda a esa gran película de Woody Allen que es Midnight in Paris, en la que un escritor consigue trasladarse a su momento favorito en el tiempo en la capital francesa, y encontrarse así mismo en el proceso, así como enamorarse y hallar el sentido de su vida. Se opta por lo que es la nostalgia, que como dice el film "es la negación, la negación de un presente doloroso". Aunque esto viene con cierto truco, porque como también se dice en la película: "el trabajo del artista no es sucumbir a la desesperación, más encontrar el antídoto al vacío de la existencia".

Y un poco en esto van estos viajes nostálgicos que nos muestra la industria audiovisual, en una huída de la realidad del presente momento, pero para poco sirven si no nos ayudan a sobrellevar nuestro día a día y nos dan esperanza para afrontar el presente, que por supuesto será "nostalgia futura" para otra generación.

Carmen R.

viernes, 24 de junio de 2022

Todo a la vez en todas partes

No sé si os he contado que a mí me gustan las películas de chinos voladores. No exactamente Bruce Lee, más bien Tigre y Dragón o La casa de las dagas voladoras. Son pelis que tiene kung fu y algo más. Por eso, cuando oí hablar de Todo a la vez en todos sitios pensé que me iba a gustar. Imaginad: chinos voladores, una superheroína, una lavandería, humor absurdo e incorrección política. Pensé que sería muy refrescante y fui a verla el día que la estrenaron.
La película está dirigida por Dan Kwan y Daniel Scheinert, a los que llaman “the Daniels”. Son dos frikis de los que no había visto nada hasta ahora y que me sorprende que encuentren productor con las cosas tan demenciales que se les ocurren. Su anterior película, Swiss Army Man’, interpretada por Paul Dano y Daniel Radcliffe cuenta la historia de un hombre solitario que se hace amigo de un cadáver con flatulencias. Creo que asombró hasta en Sundance, que ya están habituados a lo raruno. En esta ocasión cuentan con actrices de la talla de Michelle Yeoh (la protagonista de Tigre y Dragón) y Jamie Lee Curtis y la joven Stephanie Hsu, junto a Jonathan Ke Quan (de niño era el compañero de Indiana Jones en la del templo maldito y también salía en Los Goonies) y James Hong.
La historia empieza mostrando a una mujer desbordada por la vida. Michelle Yeoh encarna a una mujer con una lavandería que va mal y tiene problemas con hacienda; está casada con un hombre de poco fundamento; tiene una hija a la que no entiende en absoluto y un padre aferrado a las tradiciones que critica todo lo que ella hace. Vamos, una mujer normal y corriente. Es un día importante porque tiene que ir a hablar con una funcionaria acerca de sus impuestos (maravillosa Jamie Lee Curtis) y celebrar el año nuevo chino con una fiesta en honor de su padre. Cuando llega a las oficinas de hacienda se encuentra de pronto metida en el multiverso. El personaje de su marido en otra dimensión le explica que solo ella puede salvar al universo, a todos los universos. Para conseguirlo debe desplazarse a esas otras dimensiones y conseguir las habilidades de sus otros yoes. A partir de ese momento entras en el juego del disparate y viajas con la protagonista a mundos paralelos que rinden homenaje a películas como Deseando amar o a otros donde los humanos tienen salchichas de Frankfurt como dedos y hacen todo con los pies. En cada uno de los universos ella es excelente en algo y debe reunir todas las habilidades posibles para enfrentarse a la villana que quiere destruir el mundo, que no es otra que su propia hija en otra versión. Cada una de las decisiones que tomó en cada momento abren la puerta a otra vida y su presente se convierte en un torbellino de idas y venidas.
Hay muchas cosas muy divertidas y también reflexiones sobre las relaciones entre padres e hijos, sobre la importancia de la alegría y la empatía frente a concebir la vida como una lucha constante. Me gusta la idea de elegir como superheroína a una mujer que ha fracasado en todo. Los intérpretes están geniales todo el rato, y no creo que sea una película fácil para ellos. Solo le pongo un pero: 139 minutos. De verdad, qué necesidad de hacer cosas tan largas. Yo me imagino a los Daniels, encantados con todas las tonturas que se les ocurren, siendo incapaces de meter la tijera. Todos los directores de cine deberían tener un amigo armado con unas tijeras enormes que cortara sin piedad cuando ellos se desparraman. Alargar demasiado hace que las cosas pierdan fuerza, hay muy pocas películas que exijan un metraje tan largo y esta, si le quitas media hora, queda perfecta. Con todo, yo la recomiendo, aunque solo para público que sepa apreciar a los chinos voladores, a otros muchos les parecerá una absoluta majadería.

sábado, 18 de junio de 2022

El Rocío, documental maldito (1980)

 Hace ya varios años que vi este impactante documental acerca del fenómeno de la romería de la virgen del Rocío (Huelva) En él se da un repaso histórico y antropológico de cómo se ha llegado a ese álgido punto de fervor religioso popular. Sin embargo, aunque el documental, que costó mucho trabajo filmar y editar, es didáctico y brillante, se convirtió en maldito.

Durante una hora larga sus autores se dedican a explicar el devenir de esta tradición y, para ello se remontan hasta que la iglesia se conforma en la vieja Hispania romana. Histórica y antropológicamente bien documentada, explica cómo el alto clero y la nobleza al alimón con la rica burguesía, que han mandado desde entonces y eso es algo que no tiene visos de cambiar, se han dedicado a enajenar al pueblo llano de tal manera que han conseguido convertirlos en obedientes seres manipulados.  No dice nada que no se sepa ya, como que la romería popular es clasista en realidad, por poner un ejemplo. Este devenir del documental, claro está, molestó tanto a la jerarquía de aquella España "de la transición" que consiguieron arrastrar a los tribunales a su director, Fernando Ruiz Vergara. Esa es su parte maldita. 


El documental se rodó con un respeto impecable, pero diciendo verdades como catedrales, si se me permite el chiste, y eso picó tanto a los pudientes en cuestión que hicieron lo posible por prohibir la exhibición de la cinta y arruinar la vida del director del documental. Estaba visto que, aunque nos vendían "la transición" como si fuera el paraíso, España seguía siendo cuartelera y de misa dominical.

Fernando Ruiz Vergara, el director, y Ana Vila, la guionista, habían vivido la revolución de los claveles en Portugal, y, a pesar de que no tuvieron  impedimentos y de que el ministerio de cultura la seleccionó para el festival de Venecia, cuando algunos "españoles de bien" vieron el documental, se armó tal escándalo que este acabó secuestrado por las autoridades.


El motivo de la indignación de esa gente que manda tanto es que, en un momento del documental, cuando se explica la manipulación de la derecha  del sentir popular durante la República, un vecino del pueblo explica como un alcalde y fundador de la hermandad rociera fue el instigador del exterminio de rojos al ganar los sublevados en la zona. Eso, claro, no gustó nada y se intentó matar al mensajero, el documental, además de sentenciar a Ruiz Vergara a dos meses de arresto y una multa que lo dejara temblando, para aviso a navegantes. El vecino que habla en la cinta y la guionista, Ana Vila, resultaron absueltos al hacerse cargo Ruiz Vergara de toda la culpa, si es que la había, lo cual pongo en duda. Resumiendo: Fernando Ruiz Vergara terminó residiendo en Portugal, dado el maltrato en su tierra. 

La cinta siguió secuestrada hasta que se decidió exhibirla mutilada y el doloroso proceso de tribunales, siempre con sentencias en contra del director, acabó con su carrera cinematográfica. Así es España, me temo, que culpa de atentados contra el honor a directores de cine que plasman en sus cintas narraciones de hechos cuyos autores no ven oprobio en sus matanzas. En fin, zinéfilas todas, no hay mayor argumento para la justicia que el ver el documental con ojos curiosos y desprovistos de prejuicios. Háganlo.  Por cierto, aquí está el documental sobre el documental. Rizando el rizo:


Juli Gan. 

viernes, 10 de junio de 2022

Bosch


 

Bosch es la primera serie televisiva que he visto basada en una serie de novelas: las de Michael Connelly protagonizadas por el detective Harry Bosch. Debo confesar que literariamente la de Harry Bosch no es de mis series favoritas y que a las novelas no les he hecho demasiado caso, pero a la teleserie le eché un ojo y me convenció. Así que este artículo no va a ser una sesuda comparativa entre el texto fílmico y el literario (por cierto, Connelly está implicado en ambos), porque me voy a centrar en la serie y porque, además, ¿cuándo he escrito yo algo sesudo?

De entrada, no me convenció el actor principal, el que encarna a Bosch. Es Titus Welliver, un ilustre segundón de cine y tele, al que yo solo conocía por haberlo visto en la primera temporada de The Good Wife encarnando a Glenn Childs, un cabronazo con pintas que lidiaba electoralmente con Peter Florrick por el cargo de fiscal general del condado de Cook y no dudaba en recurrir al juego sucio ni al muy sucio. Welliver hacía, pues, de malvado peligroso y lo hacía bien.

A veces me pasa que, en un principio, un actor o actriz no me encaja en determinado papel, pero, a fuerza de verlo, acaba por convencerme. Pues bien: en este caso no me ha pasado. Welliver sigue sin gustarme; lo veo monorregistro y nada versátil. Pero debo de ser la única, ya que su interpretación en esta serie recibe elogios por doquier. Quizás porque el papel de Hieronymus “Harry” Bosch exija exactamente eso: un ejercicio contenido que no entusiasme a nadie; tengamos en cuenta, al respecto, que el propio personaje no es precisamente de los que se hacen querer, sino un tipo de poca conversación, obsesionado con su trabajo, madero veinticinco horas al día, que apenas se permite un rato de distensión en su magnífica casa escuchando jazz y revisando viejos expedientes policiales.

Ya que no para Welliver, mis elogios sí van a ser, en cambio, para el resto de intérpretes. Está magnífico y elegantísimo Jamie Hector, sublime Amy Aquino, deliciosa Mimi Rogers y despatarrante el duo cómico de polis de homicidios formado por Troy Evans y Gregory Scott Cummins.

Las seis primeras temporadas de Bosch (la séptima, estrenada el año pasado, no la he visto) se han rodado un poco en Las Vegas y un mucho en Los Ángeles. En el Los Ángeles de verdad, no en el de cartón piedra de Hollywood. La serie le saca todo el partido a esa fascinante ciudad (o anticiudad, como queráis) y hace que luzca radiante con todos sus contrastes, su gloria y su miseria.

A ratos Bosch nos muestra un LA sucio y sórdido, pero a ratos también se descuida y ofrece otro rostro más luminoso, apetecible, variado y habitable; incluso se detiene en los reclamos turísticos y los hitos arquitectónicos de la ciudad: el Grand Central Market, el Bradbury Building, la sala de conciertos Walt Disney, el Angels Flight y esos miles de puestos callejeros, bares y restaurantes mexicanos con mayor o menor índice de salubridad.

El hecho de que la serie se haya rodado en las auténticas calles de Los Ángeles y en la mismísima comisaría de Hollywood Station, incluidos interiores, con agentes de policía de verdad como extras y esa luz blanca de fluorescente de techo tan desabrida ella, aporta al resultado un toque de crudeza y de realidad que nunca se conseguiría en un estudio.

Me gusta, pues, de Bosch que está pensada como una serie de largo aliento, con escenas largas y, en ocasiones, deliberadamente lentas, repetitivas entradas y salidas de vehículos y teléfonos que no paran de sonar o vibrar; diálogos abundantísimos, prolongadas conversaciones, a menudo áridas, pero nunca gratuitas, nunca de relleno.

Las tramas policiales, más que enredarse unas con otras, yo diría que se empujan, se arrastran y estiran las unas de las otras con buen ritmo, como si de una madeja enmarañada sobresalieran varios cabos, tiraras de ellos y salieran hilos de diferentes colores sin parar. El color predominante es, por supuesto, el negro, pero en tantas y tantas horas de film (seis temporadas de diez episodios cada una, más una séptima que, como os digo, todavía no he visto) hay también ratitos de color rosa afectivo, amarillo cómico, verde refrescante y rojo exótico. Hay, pues, mucho de lo que disfrutar.

Os lo dice vuestra amiga


Noemí Pastor


Una versión de este artículo fue previamente publicada en la revista digital Calibre .38.