viernes, 27 de febrero de 2026

La tarta del presidente

Tenía ilusión por ver esta película que se me escapó en el festival de Donostia. A mi compañera de Niudemones le encantó. Me interesan las películas que cuentan historias terribles a través de niños, lo que siempre le añade un toque de inocencia y de ternura que permite soportar los horrores. Recuerdo con emoción Las tortugas también vuelan, de Bahman Ghobadi, que ganó la Concha de Oro en 2004. Esta es la ópera prima de Hasan Hadi, un director de cine iraquí que muestra la dureza de la vida en el Irak de los años 90. Después de la Guerra del Golfo, la ONU impuso duras sanciones a Irak y el país sufrió un colapso económico y, como consecuencia, escasez de todos los productos básicos, corrupción y una población asfixiada por las circunstancias que se busca la vida como puede. En ese entorno, Lamia, una niña de nueve años que vive con su abuela, es la “afortunada” ganadora del sorteo que organiza su maestro y está obligada a hacer una tarta para celebrar el cumpleaños de Sadam. Por supuesto, eso se convierte en una tarea casi imposible. Conseguir huevos, harina y azúcar no está al alcance de la pequeña. Al día siguiente su abuela le propone un viaje a la ciudad donde la niña pasará el día, acompañada de su gallo y de su amigo Said, intentando conseguir los ingredientes para la tarta. Lo primero que me llamó la atención fue por qué el director sitúa la historia en esa época, no parece obedecer a un interés de denuncia. He leído en una entrevista que Hasan Hadi tenía aproximadamente la edad de la protagonista en aquella época y muchas de las cosas que aparecen están basadas en sus propios recuerdos. Cree que esa época de bloqueo cambió la sociedad iraquí y sus efectos aún siguen presentes. Afectó al tejido social, cambió la moral y extendió la corrupción. De hecho, los adultos que aparecen en la historia son, en su mayoría, crueles, malvados o indiferentes. Solo los niños mantienen la pureza, aunque también la situación les afectará y provocará que en algún momento muestren crueldad. Habría que reflexionar sobre utilizar el bloqueo como castigo a gobiernos, cuando quien realmente lo padece es el pueblo. Ha debido ser muy complicado el rodaje. Irak no tiene tradición cinematográfica y conseguir permisos era tan difícil como para Lamia conseguir azúcar. Tampoco resultaba sencillo encontrar técnicos o alquilar los equipos que necesitaban. La fotografía es maravillosa, tanto en las marismas donde viven Lamia y su abuela, como en la ciudad por callejas y mercados. Los actores no son profesionales y los dos niños, sobre todo Lamia, son un hallazgo. Tienen unas miradas que te traspasan y transmiten bien un deambular inocente en medio del caos que les rodea. Por lo visto, los padres de la niña no estaban nada de acuerdo en que su hija apareciera en una película y al director le costó mucho trabajo convencerles. La película ha cosechado varios premios, como la Cámara de oro a la mejor ópera prima en Cannes. Y, con todo, a mí me ha decepcionado. Quizás por exceso de expectativas, me resultaba demasiado naif, como si los actores adultos actuaran como muñecos de un guiñol, no conseguía creerme ninguna de las situaciones. No me he aburrido, he disfrutado de las imágenes y el tema me interesa, pero no ha conseguido emocionarme, me sentía muy alejada de lo que contaban.

lunes, 23 de febrero de 2026

Hermanas hasta la muerte

HERMANAS HASTA LA MUERTE
Me regalaron un móvil de los caros. Yo quería uno chino, pero no; me cayó por navidades un móvil de esos que jamás me compraría motu proprio en la vida. Ya que tenía móvil de esos caros, también me salían tres meses de suscripción gratuita a su canal, así que me veis exprimiendo dicho canal de la manzanita. Y como de Slow Horses ya nos habló la mona Jacinta más de una vez, además. Gracias por ello. Echadle un ojo. Os hablaré de otra serie mucho más modesta pero no exenta de suspense, a la par que de sentido negro del humos. La serie en cuestión se llama “Hermanas hasta la muerte” (En el original Bad Sisters) y cuenta las tribulaciones de cinco hermanas irlandesas. La historia empieza con una celebración familiar y ya, desde el primer minuto, hay un personaje masculino cargante e insoportable que acrecenta su “insoportabilidad” a lo largo de toda la trama. Pero primero presentemos a las hermanas Garvey:
Eva, Grace, Ursula, Bibi y Becka son las cinco hermanas que quedaron huérfanas muy pronto. Eva se encargó de cuidar a sus hermanas y de criar a Becka, la pequeña. Eva no se casó, pero sí lo hicieron Grace, Ursula y Bibi, esta última con una mujer. Becka aún está soltera. Grace está casada con John Paul (Como el papa polaco tenía que llamarse). John Paul es el tipo que he mencionado al principio: Bocazas, machista, aprovechado, dominador...Mala persona, vaya. Es un “cuñao” en todas las acepciones. Las hermanas de Grace lo odian porque a todas y cada una les ha hecho alguna putadita con menor o mayor gravedad.
El “cuñao” al que todas quieren muerto La gracia de la serie es que la historia no es lineal. Salta continuamente en el tiempo. Ahí está su gracia y no os hago spoiler cuando os digo que el odiado “cuñao” muere, porque ese es el origen de la historia que nos narran. La gracia es en saber cómo y quién ha sido el autor de su muerte ¿accidental? Para acabar de liar la cosa, hay dos agentes de seguros que intentan, por todos los medios, demostrar que la muerte fue intencionada porque el seguro a cobrar es una morterada y no están dispuestos a pagar.
Los del seguro, que también son hermanos. Y esta es la gracia de la serie: Líos familiares, paisajes irlandeses, catolicismo irlandés y, como no, pubs y bebidas alcohólicas por doquier. Tópicos irlandeses por todas partes. Hay una segunda temporada que no tiene tanta gracia como la primera, pero que de suspense no está nada mal. Recomendable de todas, todas. Saludos, Juli Gan.

viernes, 13 de febrero de 2026

La buena esposa (The Wife, 2017)

 


Es esta una peli dirigida por el sueco Björn Runge, interpretada por Jonathan Pryce y Christian Slater y protagonizada, en el rol de Joan Castleman, por una magnífica Glenn Close, que se llevó el premio a la mejor actriz en los Globos de Oro de 2019. Se da la curiosidad de que a la joven Joan Castleman la interpreta Annie Starke, hija de Glenn Close.

Está basada en la novela homónima de MegWolitzer, una escritora nacida en Brooklyn y criada en la fe judía,
al igual que el coprotagonista Joe Castleman, interpretado por Jonathan Pryce. La novela The wife se publicó originariamente en 2003. En español podéis encontrarla en Alba Editorial.



La buena esposa del título es la cónyuge de un novelista de éxito. Llevan cuarenta años casados, durante los cuales la buena de Joan Castleman, a pesar de haber tenido una vida más que digna en ambientes de élite intelectual y con un buen pasar económico, ha ido tragando disgustillos y frustraciones que le brotan de golpe cuando a su marido le conceden en 1992 el Premio Nobel de Literatura.

El film se centra principalmente en ese puñado de días que la pareja, su hijo y un periodista tocapelotas (Christian Slater), empeñado en sacar a la luz ciertos trapos sucios, pasan en Estocolmo, un Estocolmo de mentirijillas filmado en Escocia.

Se me ocurría, mientras veía la peli, y lo sigo pensando, que es una obra muy teatral, que se adaptaría muy bien a las tablas, reducida a los acontecimientos que tienen lugar en Estocolmo y prescindiendo de los flashbacks que nos dan pinceladas de esos anteriores cuarenta años de convivencia de la pareja.

También pensaba que había un gran desequilibrio entre esos cuarenta años de aparente calma, en los que apenas sucede nada, y el montón de cosas que pasan de repente en Estocolmo. Pero luego me di cuenta de que eso es exactamente lo que ocurre con las emociones de la protagonista: en cuarenta años soporta malos tragos y luego ese malestar acumulado explota de golpe en unos pocos días.

Esta explosión emocional no la vive solo Joan Castleman, sino también su marido (está muy nervioso con esto del premio y no anda bien de salud) y su hijo, que amontona también unas cuantas frustaciones, ayudados todos por el periodista que interpreta Christian Slater, que se encarga de meter cizaña entre los miembros de la familia para ver si consigue provocarlos y que larguen.

El resultado son escenas de gritos y discusiones, bajo la presión del foco mediático mundial, en las que estos intelectuales de talla se comportan como adolescentes desequilibrados, sueltan un montón de tacos y hacen verdaderas tonterías.

Es inevitable pensar en los hechos reales que pudieron inspirar la novela de Wolitzer en la que se basa esta película. Las referencias son infinitas, pero yo solo os voy a nombrar tres.

En primer lugar, Maite Orduña, en un artículode 2018 en Moon Magazine nos habla del caso de la directora rusa Yuliya Solntseva, que se pasó décadas filmando películas que firmaba su marido.

En segundo lugar, cómo no recordar el caso de María Lejárragaque escribía lo que luego publicaba y cobraba su marido Gregorio Martínez Sierra.

Y la tercera referencia, aunque sucedió, después de la peli (la vida imita al arte), es el caso de Mario Vargas Llosa.

En La buena esposa es muy importante la escena del discurso de agradecimiento que pronuncia Joe Castleman tras haber recibido el Nobel. Aunque su mujer, para entonces ya bastante rebotada, le había pedido que no la nombrara en el discurso ni le diera las gracias, él no le hace ni caso y se pasa casi todo el tiempo elogiando su papel y diciendo que el premio también es para ella.

Pues claro, yo inevitablemente de acordé del discurso de agradecimiento de Mario Vargas Llosa, Nobel de Literatura en 2010, en el que no hizo otra cosa que elogiar a su esposa Patricia, a la que cinco años más tarde abandonó por otra mujer, tras cincuenta de matrimonio.

Para acabar, La buena esposa es una sutil denuncia del mundo hipermasculinizado de la edición literaria y de los premios. Sabed, por ejemplo, que en Estocolmo hay una encargada de las esposas de los premiados, todos hombres, que les propone ir de compras y a salones de belleza.

Me quedo, en fin, con la última escena de la peli: Glenn Close sonríe al contemplar una hoja de papel en blanco. Esa hoja es el resto de su vida, que escribirá ella como quiera.

viernes, 6 de febrero de 2026

Hamnet

Quiero comenzar recomendando a los que no hayáis leído la novela de Maggie O´Farrell que la leáis sin falta. Una singular historia de amor entre William Shakespeare y su esposa, Anne o Agnes Hathaway, en la que, sorpresa, la protagonista es ella. El libro otorga voz y una atractiva personalidad a una mujer fuerte y original, completamente ignorada por la historia, que quizá fuera decisiva en la carrera del dramaturgo. Amor y duelo. Rebeldía y genio creativo. Si le añadimos la maestría indiscutible de O´Farrell y el trenzado con el drama «Hamlet», resulta una de las grandes novelas del siglo. Atrapa de tal manera que importa muy poco cuánto hay de rigor histórico y cuánto ha sido inventado por la novelista. Probablemente casi todo, da igual. El respeto por la novela de la directora del film, Chloé Zhao, fue tan extremo que se negó a dirigir la adaptación si Maggie O´Farrell no escribía con ella el guion y, por suerte, lo hizo.
La película también me ha impactado. Con unas herramientas completamente diferentes consigue transmitir sensaciones muy parecidas. El lenguaje rico y adornado de Maggie O,Farrel, que en la novela evoca un exquisito bordado con delicados hilos y los colores más sutiles, se transforma en imágenes igualmente sensoriales en las que la palabra, sin embargo, tiene poca relevancia. Chloé Zhao apuesta por un sonido evocador e inmersivo a base de trinar de pájaros, zumbar de insectos —la naturaleza es un elemento esencial en la historia—, risas, jadeos, respiraciones y una excelente banda sonora de Max Richter, al que pidió que incluyera un tema que ya había aparecido en «La llegada» y en «Shutter Island», a la directora le daba igual que no fuera original porque era magistral. El segundo elemento mágico es la fotografía, tanto en el tratamiento de los paisajes y verdes de la naturaleza —salvaje pero bienhechora, omnipresente en la cinta—, como en el simbolismo del color en las ropas de los protagonistas: para ella rojo o negro, dependiendo de su momento vital; un elegantísimo azul grisáceo para él, que también se torna en gris oscuro cuando se requiere. Me ha recordado a la impactante fotografía de la película «Emily», sobre la escritora Emily Brontë. El tercer acierto es la elección de la pareja protagonista: Jessie Buckley y Paul Mescal encarnan a Agnes y William no solo con carisma y verosimilitud, consiguen transmitir también el silencio, lo que no se explica, la parte oscura. Es así mismo remarcable la actuación de Emily Watson como madre del escritor y de las jóvenes actrices Bodhi Rae Breathnach, como Susanna, y Olivia Lynes como Judith, las dos hijas de la pareja. Y merecen una mención especial los hermanos Jupe: Noah encarna a Hamlet y el pequeño Jacobi, a un inolvidable Hamnet. La representación teatral dentro de la película transporta a las maravillosas adaptaciones de Kenneth Branagh. ¡Cuánto Shakespeare nos enseñó ese hombre! Tengo que confesar que lloré un montón en el cine porque trata el duelo sin anestesia. Muestra cómo la muerte nos arranca no solo a nuestros seres queridos, sino una parte enorme de nuestras vidas; no nos permite seguir siendo los mismos. Su dolor te atraviesa. Lo vives con ellos, lo sufres con ellos. Pero también su alegría, su romance, su paternidad y maternidad, sus ilusiones, su talento, su capacidad de comprender y de crear belleza… Si salís del cine tan tristes pero arrebatados como yo, os reconfortará el baile que montaron tras el rodaje. No os lo perdáis. Hamlet o Hamnet esa es la cuestión. Almudena Fernández Ostolaza.